Por Manuel Gutiérrez
En el interior de la prisión de Landsberg, luego de un fallido golpe de Estado contra la República de Weimar, en Berlín, Alemania, un activo preso escribía, recibía visitas diversas y convertía su reclusión en una pausa de reorganización mental y política. El preso era Adolf Hitler; su estancia la aprovechó para escribir Mein Kampf (“Mi lucha”), libro que alcanzó fama mundial, pero ahora es una guía hacia su interior mental y político de su movimiento histórico.
Parte era autobiografía, de su lucha personal, sus frustraciones, pero encierra un programa político. El libro, que aún es leído por curiosidad o para complementar trabajos de estudio del nacionalsocialismo, presenta la vida del fracasado pintor en la Viena cosmopolita, capital del Imperio austrohúngaro, repleta de migrantes extranjeros, judíos, eslavos, lo que para él era la Babilonia del pecado.
Luego narra su cumplimiento del deber, incluso de ganar la Cruz de Hierro por valor y disciplina, y presenta la Primera Guerra Mundial como resultado de una traición del judaísmo internacional y sus políticos anglosajones contra Alemania, a la que no derrotaron. Saca la tesis de la puñalada por la espalda, que no fue sino traicionado por los comunistas, los judíos, los políticos parlamentarios de las potencias extranjeras, y fue Alemania cercenada y condenada a millonarias reparaciones por la derrota ficticia.
Luego narra su presencia en la cervecería de Múnich, que atiborraba pese a ser sobrio contumaz, para, como miembro número 7, convertir al Partido Obrero Alemán en el Partido Nacionalsocialista de Alemania. El libro pasa a explicar el programa político, que resultó exitoso en la demencial inflación, la violencia e ingobernabilidad de la democrática República de Weimar, que por la vía electoral se encargaría de destruir totalmente.
Ahí divide al mundo en grandes razas: a la aria la considera creadora, en tanto a la raza judía la considera destructiva y corruptora. Luego ofrece el crecimiento poblacional y geográfico de Alemania a costa de Rusia y sus tierras baldías, rechazando competir con Inglaterra y Europa en ser una potencia de ultramar.
Otros contenidos que dinamizaron el movimiento nazi fueron la crítica total al marxismo-leninismo, considerado instrumento judío para destruir a la nación, y al sistema parlamentario, electoral y de partidos, sistema débil, confuso y deficiente. Propone el principio del Führer, un guía consagrado al país y su pueblo, que gobierne en forma autoritaria para lograr la política exterior deseada.
Inicialmente y siempre consideró una alianza con Inglaterra e Italia. La derrota de Francia, como rival histórico. La creación de un Estado totalitario basado en bienestar efectivo, militarismo, propaganda nacionalista, educación efectiva, salud y pureza racial.
El libro no desató polémicas porque era una era de muchos materiales antijudíos de la época, tales como los Protocolos de los Sabios de Sión o El judío internacional, de Henry Ford; pero desde 1933, con la llegada al poder, era la Biblia que debería estar en cada casa, Mi lucha, determinando el origen del nazismo hasta llegar a la guerra mundial, el Holocausto y el nuevo orden mundial en que todos los regímenes autoritarios fueron derrocados, excepto Franco en España, que sobrevivió a la segunda guerra pese a la invasión popular contra Rusia, la Falange con la División Azul.
PUEBLO, EL LIBRO ACTUAL
El movimiento nacional populista se fundamenta en Hacia el 2018, A 50 años del 68: ¡Gracias! y Pueblo, así como otros escritos de López Obrador. Como nuevo mesías, fulmina al neoliberalismo, la alternancia democrática PAN-PRI; todo es visto como fracaso, pese al crecimiento económico, el avance social y la buena tasa del PIB en esos años del desarrollo estabilizador con control del Estado, en una economía cerrada que protegía al consumo interno del mundo global.
Mientras Mein Kampf diseña sus enemigos, López Obrador propone los suyos, la “mafia del poder”; los tacha de conservadores, neoliberales, fifís; sin embargo, no se juzga su sexenio, no analiza sus fracasos y decisiones colosales fallidas, su cerrazón ante el mundo con un nacionalismo de consumo interno que pinta como comunista, solidario con Cuba, y que entromete a México con las dictaduras bananeras.
Mientras Mein Kampf habla del pueblo y de la raza, obviamente López Obrador apela al mismo centro del populismo. Quiere un retorno a las tribus prehispánicas o aztecas, propone la destrucción de la civilización colonial como estructura civil, arquitectónica, productiva y de transferencia al mundo europeo en la Nueva España. No le importa descartar idioma, raza y culto religioso, y altera la historia a su antojo para propiciar el advenimiento del nuevo orden mesiánico en que el mesías es solamente él, que representa, dice, al pueblo bueno y sabio.
Total consenso, no el progreso material, desarrollo industrial y avance científico logrado en el III Reich en Alemania, como lo demuestra el economista Cesare Santoro en su obra Socialismo nacional contra socialismo internacional; acá se suple el avance con dádivas clientelares, subsidios absurdos, y se pretende el Estado dictatorial coincidente con Mein Kampf.
Aparentemente, la 4T, el Reich de López Obrador, mantiene la democracia, el órgano electoral arbitral ya controlado y copado, los partidos y la simulación electoral. Avanza en un militarismo, no de desarrollarlos tecnológicamente, sino de administrar negocios públicos tales como aduanas, aeropuertos y puertos, con el resultado del huachicol, el tráfico de combustible orientado a formar fortunas y lograr recursos para aplicarlos a las contiendas políticas por personajes del círculo cercano a López Obrador.
Esa omisión en Pueblo es notable, como tantas otras en su basura literario-doctrinal. Todo apunta a la hegemonía del partido oficial, a la imposición. Hitler, en tanto, aplicaba el principio de autarquía, es decir, total autosuficiencia de su país sin depender del extranjero, la lucha por el territorio y tierras para tener recursos agrícolas y energéticos. A la vez, anticapitalista, anticomunista, antijudío.
El nacionalpopulismo propone la hegemonía y control de las empresas estratégicas, y no tanto, del Estado, que compite con el sector privado local. Pemex y CFE se convierten en empresas del gobierno, subsidiadas y sostenidas por los impuestos del pueblo; los programas sociales son una forma de menguar el descontento. Pretende una economía mixta, pero en que dos terceras partes del control estén en manos del Estado, pese a sus insolventes resultados, baja rentabilidad, corrupción y otras cosas similares o peores vividas en la era neoliberal con el PRI y PAN, llegando a una crisis de inflación muy alta y estancamiento económico actual.
Los libros de AMLO, los de texto gratuito, el pasquín Regeneración, todo el sistema de televisión y radio oficial, la mañanera, son elementos del nuevo Estado nacionalpopulista. Idealiza la Insurgencia, la Reforma y la Revolución mexicana, y llegamos a la 4.ª Transformación.
Igual que Hitler, propone la idealización del pasado germánico; aquí son las tribus y ritos ancestrales que en dialectos originales nadie comprende, se retorna al culto religioso prehispánico, con ritos oficiales en invocación como en la Suprema Corte, cooptada y controlada por el movimiento nacionalpopulista mediante tómbolas, listas predeterminadas e injerencia autoritaria.
Hitler solo buscó la lealtad al movimiento nazi y dejó a los jueces en sus competencias oficiales sin perturbar la calidad del aparato judicial; en México se degradó, pero está alineado a la 4T.
Las similitudes del nacionalsocialismo y nacionalpopulismo son evidentes. Un caudillo, un líder atemporal que pasa por encima de los sexenios, protegido por una mujer sucesora que protege todo el legado; la lealtad es al caudillo López Obrador, para todo caso. Este corresponde elogiando a la mejor Presidenta del mundo. Pero se alinea a la obediencia del principio del líder permanente.
Ambos sistemas desembocan en una forma dictatorial: la de Hitler como instrumento para llevar adelante su guerra mundial contra el marxismo en Rusia; la de México, en hacer obras que no funcionan pero que se sostienen míticamente sin admitir su fracaso para no debilitar al Estado.
Uno es un movimiento histórico que terminó en 1945; el otro pretende llevarnos al camino de la izquierda latinoamericana y sus fracasados episodios de Cuba, Nicaragua, Venezuela.
En ambos casos existen diversos medios pero una sola verdad oficial, que se impone y se hacen campañas incluso contra las sátiras del sistema. Son dos populismos de siglos diferentes, pero el nacionalpopulismo nace con Luis Echeverría, sigue con López Portillo y acaba en López Obrador, con los mismos vicios de la dictadura perfecta descrita por Mario Vargas Llosa: todo es apariencia y un control estatal absoluto.
El nacionalpopulismo es el nacionalsocialismo reciclado y tardío, adoptado de un sistema que nació a principios del siglo XX. López Obrador cerró el siglo importando una idea política del siglo XX, con modelos fascista y nacionalsocialista que le inspiraron el control total, que ha logrado casi en su perfección, y del que solo queda una ventana para la democracia: las siguientes elecciones.
Sin embargo, lo que no le ocurrió nunca a Hitler, pese a las adversidades de la guerra, es que la narrativa cayera en contradicciones, en fracasos económicos, sociales y políticos. Los actos del Zócalo son similares a la concentración de Múnich, con las esvásticas y las águilas nazis.
Todo es similar, pero Claudia Sheinbaum es ante este tipo de escenario anticlimática, demasiado fría e inoperante. Por ello regresa el caudillo, para regentear las elecciones como jefe real de la continuidad del nacionalpopulismo. El resto es solamente un guion repetido hasta el cansancio en miles de mañaneras, en la propaganda oficial, un Estado de bienestar capaz de regalar dinero a cambio de tu libertad. De hecho, a Hitler eso no se le ocurrió; hubiera sido una negación de su partido y de su interés nacional. Aquí jugamos más con la realidad tropical, bananera y tercermundista, una 4T de opereta, una narrativa de engaño que se ha desgastado, pero que con la fuerza del Estado y sus recursos amenaza con sellar en definitiva el cambio que intenta el nacionalpopulismo.
Las contradicciones de corrupción célebres a la fecha, desde Amílcar y Andy a todo el clan con Pío López Obrador y sus sobres, todo, sin embargo, así como el señalamiento exterior de ser narcoinstitución (no dijo narcopartido, INE), sigue pesando demasiado, y la pobreza de los resultados de una administración diluida, en que una mujer no tuvo un estilo personal de gobernar, todo juega en contra del sueño de un Estado nacionalpopulista.
Lo grave: el nacionalpopulismo ya tuvo su primer pogromo antijudío en Polanco, CDMX, en que se atentó con insultos raciales a la comunidad hebrea y sus negocios, todo ello por agrupaciones políticas que responden a la 4T, el nacionalpopulismo. Fue su noche de las vidrieras rotas; tal vez el destino del campo de concentración para judíos y no judíos en el nacionalpopulismo no esté tan lejano como suponemos. Lo cual resulta difícil de entender: tenemos una presidenta de origen judío y tolera y permite expresiones en su partido, y en el bloque negro del 2 de Octubre, de marcado origen antisemita, antipatronal, anticapitalista… es probable que el nacionalpopulismo se radicalice para ganar.
Por tanto, Sieg Heil, Andrés Manuel López Obrador: eres el pueblo y el pueblo es tuyo… por eso acusa de fascismo y neonazismo a personajes tan respetables como Carmen Aristegui, que en ejercicios pasados democráticos lo defendiera en razón de la justicia. Hoy la cataloga exactamente como lo que el caudillo dice representar: un movimiento totalitario, entre marchas en guayaberas con motivos mayas y grecas y, sí, también un escudo militar absoluto, porque son parte de los intereses que se protegen con el almirante en retiro Rafael Ojeda, pero en que altos personajes del Ejército y la Marina están involucrados con políticos y empresarios amigos del círculo del poder de López Obrador.
Una diferencia es que Hitler nunca pretendió absolver a sus compinches de sus errores, y la falta de resultados era inadmisible. El Führer de Macuspana, en cambio, absuelve, protege incluso de la justicia extranjera a Rocha Moya en nombre de la soberanía nacional; la perversión del nacionalpopulismo hace ver que le faltaba malicia a Hitler, con todo y los campos de concentración, que ya los tenemos y los administra la SS del sistema, el crimen organizado, integrado como sector con el gobierno oficial, o de otra manera por qué protegerlos tanto. Será que el caudillo es el más manchado con todo esto; eso es el agujero negro del nacionalpopulismo.
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