Por Manuel Gutiérrez
Definitivamente Morena y la 4T son el PRI antiguo, no solo por la mutación de los priístas, panistas y otros oportunistas que se integraron a ese partido populista. Ahora, como sello del estilo de la dictadura perfecta que denunciaron Mario Vargas Llosa y Octavio Paz, nos presentan el regreso de los tiempos del charrismo sindical: era gran motivo de odio para las fuerzas de izquierda que no estaban en el poder en aquellos años en que juraban que cuando tuvieran el poder habría sindicalismo libre.
Un líder charro —lo que raspaba al emblema nacional del deporte de caballo y reata sin deberla— era la designación de un líder normalmente corrupto, negociante de plazas y prebendas, que encabezaba a un sindicato. Este, a su vez, obtenía por su sometimiento a las políticas económicas oficiales y su solidaridad al dedazo funciones de diputado o senador, o incluso podría aspirar a ser gobernador de su entidad, y a cambio garantizaba arrastre efectivo a la hora que lo pidieran.
Pero este tipo de corporativismo, más propio del orden fascista de Benito Mussolini en la Italia de los camisas negras, fue un recurso de control que en forma muy eficiente administró el partidazo de ese entonces.
Las llamadas centrales obreras, la CTM y la CROC, y la CROM, con líderes notables como Fidel Velázquez, o en el SUTERM, Leonardo Rodríguez Alcaine, y así otros sindicatos como los telefonistas, educación y del Seguro Social, entre otros, se sumaban a la comedia del poder y en que cada sector revelaba el nombre del nuevo salvador de la patria, mientras el Zócalo rebosaba de seguidores con sus pancartas y razón social sindical, patentizando el acto.
Don Fidel, con sus puros que hoy cuestan mil pesos cada uno, tenía incluso su mañanera los lunes para determinar la agenda nacional. Los líderes obreros y también los campesinos de la CNC eran convocados al momento de decir las “palabras mayores”, como decía Luis Spota, es decir, a respaldar el anuncio del destape, que por dedazo presidencial recaía en algún candidato agraciado para el poder, no para el pueblo, al que se vendían las adhesiones y como los sindicatos celosos y vigilantes habían escrutado y decantado por el más brillante, el más revolucionario, el de mejor olor, de sonrisa y carisma de animador famoso de la TV, sumando todas las virtudes posibles en un humano.
Este esquema también, en momento de apuro, de vacilación nacional, permitía que las fuerzas vivas de los obreros y campesinos combatieran, por ejemplo, a la huelga nacional estudiantil del 68, incluso con acciones que los voceros oficiales calificaron de heroicas.
Un contingente de la CTM arrió el trapo rojo con el emblema de la hoz y el martillo que puso el CNH de la huelga estudiantil en 1968 en el Zócalo, con una fuerza de choque que le abrió paso a los nuevos Juan Escutia, que volvieron a poner en su sitio el lábaro patrio. Por radio se transmitió en vivo la gesta; no recuerdo si era cadena nacional, estuvo bien narrada, incluso emocionante. Entonces estaba en secundaria.
Las fuerzas corporativas obreras eran un mazacote: los había líderes masones, católicos a ultranza, capaces de rezar un rosario de muchos misterios antes de entrar a la minuta del día; incluso izquierdistas probolcheviques, pero nada que los relacionara con las actividades o protestas de la otra izquierda, la real, la que salía a gritar a las calles.
Incluso caía en gracia que muchos de ellos se habían pulido con base en lecturas, asesorías y esfuerzo personal por lucir mejor los tacuches, por mejorar su léxico; incluso los hubo artífices de interesantes trabajos de sindicalismo y de estudios obreristas.
Eran talentos naturales que se hacían a sí mismos, no como ahora una mediocridad e ignorancia rampante; pero no dan para más, aquellos sí se superaban.
Los sindicatos siempre han buscado salir de la orfandad y aceptar a papá gobierno: representa impunidad, oportunidades de hacer negocios en el mercado negro, presupuestos, beneficios para su grupo laboral, como preferencias en dotaciones del INFONAVIT, prestaciones diversas.
A cambio, los sindicatos, incluso los de supuesta izquierda, combatían ferozmente al comunismo que quiso manejar a los obreros como ariete revolucionario según las tesis de los años 40 al 60 del comunismo ruso. Toparon con pared.
O sea, eran aparentemente revolucionarios, pero profundamente fascistas, aunque no lo supieran y, si lo sabían, les valía. Detentaban el poder, era una escalera a los congresos, a los títulos, y la iniciativa privada negociaba con ellos los contratos ley, colectivos con prestaciones avanzadas; la economía reposaba en ellos. Esos viejos líderes buscaron economistas y especialistas que los ilustraran antes de abrir la boca; nada hacían a la ligera. Cuidaban todos los detalles.
En ese tiempo no jugaban a lo tonto con el mito de subir el salario mínimo que se observa genera presiones inflacionarias en muchos sentidos. Un acuerdo de este tipo era consensuado y su lema era “no matar a la gallina de los huevos de oro”, es decir, al sector privado, porque los aumentos al mínimo presionan la escala de salarios, haiga sido como haiga sido.
Pero permitir divergencias, corrientes nuevas o críticas, sindicalismo verdadero, innovaciones, debates, programas novedosos, todo eso salía sobrando hasta que lo marcara la agenda del líder oficial, y entonces se realizaban vistos congresos, con manifiestos de principios de conciencia doctrina constitucionalista, citando a Flores Magón, incluso a José Vasconcelos o, si el caso lo demandaba, a Luis Cabrera, Felipe Ángeles o alguien del santoral recomendable y políticamente correcto y obvio con las ideas del presidente en turno.
Gente como Emilio Uranga les confeccionaban base filosófica, y luego venía el aparato de propaganda. Todos tenían sus libros de nacionalismo revolucionario, dando sopapos a la izquierda y a la derecha, quedando bien al centro.
Los sindicatos tenían su desfile de primero de mayo, un festivo popular por estrenar uniformes de ley, día de asueto. Pero respondían cada que era necesario que en el Zócalo se viera el músculo del sistema, lleno completo.
Pancartas de electricistas, telefonistas, maestros, de sindicatos de empresas oficiales, etcétera, todo un mosaico colorido y delirante y ruidoso para aclamar; acarreos que salían más baratos que las movilizaciones de Morena actual. De hecho, ya estaban pagados.
Si los líderes estaban manchados de corrupción, cuando llegó López Obrador eso no le importaba, sino la adhesión: Napoleón Gómez Urrutia tenía un pasado más negro, millonario, líder aplastante de los mineros, fue elevado a la cima del poder. Otro caso fue Pedro Haces, el millonario que más se asemeja al nuevo Fidel Velázquez.
Pedro Haces, líder de CATEM, fue acusado por los empresarios de la región de La Laguna; se le mencionó por asuntos de extorsión y algunos cercanos salieron del crimen organizado. Silencio total y velo de impunidad, como toda la 4T.
Incluso estos líderes tendrán membresías en las cámaras por la vía plurinominal, con todo y amenaza de reforma política gracias a Morena o a la presidenta.
Alfonso Cepeda, líder del SNTE, heredó la estructura de control del magisterio oficial; la otra es la CNTE, que financia y tolera el propio gobierno con sus paros y plantones, incluso invasiones al Zócalo.
Cepeda, una hechura de los moldes de doña Elba Esther Gordillo, ahora somete humildemente al magisterio que controla 7 millones de alumnos de educación básica, somete a 1.2 millones de maestros afiliados a ser incorporados a Morena, porque el líder decidió por ellos, como menores de edad o personas dependientes.
Una descomunal fuerza política. Cualquier pecado así queda perdonado. ¿Diputado o senador, o mejor gobernador…? ¿Mínimo embajador? Pero es cuando vas de huida.
Y el clásico sindicato del sector salud: el del IMSS, representado por el SNTSS del Seguro Social, Rafael Olivos. Estos sindicatos operaron desde la elección pasada para imponer a Claudia Sheinbaum, pastoreando y actuando como estructura. El sindicato de Salubridad y del ISSSTE van por la misma carretera. Joaquín Ayala fue eterno líder, manejando recursos fabulosos desde las cuotas hasta presupuestos y el poder de recomendar funcionarios o de inclinar licitaciones en todos los rubros, hasta cuando era representante de los trabajadores, o mejor dicho, mi rey, porque eso son sobre los trabajadores.
Entre los plurinominales que desean desaparecer con la reforma política, por el comunista Pablo Gómez, que lo fue también, está Arturo Ávila, por favorecer con recursos la campaña. Claudia de menos recuerda a quienes le dieron apoyo y lo devuelve con nombramientos como antes. Con este método tendrá Morena una membresía de unos 3 millones de miembros afiliados no voluntariamente, voto corporativo.
Lo siento por los genuinos comunistas, los izquierdistas del EZLN y otros pocos que andan por ahí, con sus asambleas y poéticos comunicados; los sindicatos no tienen más conciencia que sus intereses y esos inician con sus líderes.
Nada cambió, todo siguió igual, un caso de gatopardismo, táctica que aparenta un cambio para perpetuar un sistema; por ello Peña Nieto no sintió traición alguna, aseguró la supervivencia del sistema “dictadura perfecta”, solo disfrazada con AMLO y sucesores. Peña fue leal al sistema que le devolvió la credibilidad AMLO y con ello nueva vida; todos son de la misma raíz.
Para un revolucionario genuino, la estructura charrista actual le causaría vómito. Pero prevalece el sentido pragmático y el poder.
Los soñadores seguirán pensando en sindicatos libres, en líderes independientes, en causas y programas que no terminen en el control oficial; en todos lados brotan los luchadores sociales, hasta que les llegan al precio normalmente o los excluyen.
Por ello la 4T tendió un gran puente a estos organismos: ya tienen el sector militar, muy descuidado al campesino, pero buscarán los sectores que faltan o que no están identificados. Para eso tienen la estructura del Bienestar en los Siervos de la Nación, que a corto plazo no harán falta porque serán redundantes; el control es de quien trabaje y esté afiliado, será un hecho, y los sindicatos lo tienen. Viva el corporativismo.
Al inicio no los tenían, ahora ya los están tomando, pero ellos se entregaron solitos; adoran al poder y a quienes lo detentan.
De acuerdo con el librito, lo que hace la 4T es perfectamente lógico y entendible, con efectos de consolidar un poder presidencial descomunal, perpetuo, fincado en muchos rubros de control.
No es nada novedoso, solo resulta paradójico que un gobierno populista, de una presidenta de izquierda en el poder, en lugar de cambiar las estructuras, las confirma.
El único pecado actual es la oposición, la diferencia de opinión; con ellos, a darles duro. ¿Verdad, rector de la Universidad Autónoma de Campeche, José Antonio Abud Flores, titular de una universidad pública, pero Layda Sansores quiere aplastar a la educación superior campechana y la presidenta se hace ganso o pato?
Y el primero en seguir este camino fue el señor de las flatulencias, el cabeza maligna de algodón, que mostró el camino con el compañero Napoleón, uno de los más grandes millonarios actuales de México, pero purificado por el Peje por haberse sacrificado por sus compañeros mineros, y así todos los demás se han quitado el bocado para dárselo al compañero más pobre. Ni la Madre Teresa de Calcuta; sean serios, por favor.
La transformación no pasa por el sindicalismo mexicano. Napoleón, en lugar de rejas, recibió más poder.
Todo suma para la dictadura, no para la libertad en México: sindicalismo libre, así como la libertad de expresión y las elecciones ciudadanas, luego de la pretendida reforma política…
¿Entonces alguien sabe en dónde quedó la izquierda genuina? ¿Alguien ha visto un ovni? Es más fácil que ver que la oposición esté organizada en México, incluso de derecha supuesta.
Bueno, ya regresan los charros, pero los buenos son los del béisbol, en las series grandes como la del Caribe y la nacional; también los charros del caballo y deporte nacional. Los otros son una condición emanada de la Revolución mexicana de 1910, aunque no lo crean, un mal necesario y un cáncer para la democracia como costo. Borreguitos del mundo… uníos.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.








