
Por Amaury Sánchez G.
Que alguien le quite el celular a Trump, por el amor de San Ronald Reagan. Apenas empieza el fin de semana y el expresidente más naranja que la Fanta aparece en Truth Social (esa red donde la realidad es opcional) anunciando, con el pecho más inflado que pavo en Acción de Gracias, que “con gran éxito” bombardeó tres instalaciones nucleares en Irán. ¿Cómo se mide el éxito? ¿Por los likes o por las explosiones?
Este nuevo capítulo de la telenovela “Guerra Santa, petróleo y egos nucleares” viene con un giro de libreto digno de Hollywood: el ejército gringo se une oficialmente a Israel en su cruzada para desmantelar el programa nuclear iraní. Ya no es un “me lo contaron”, ahora es “sí fui, y qué”.
La Casa Blanca (o lo que quede de ella después de tanto tuitazo bélico) aún no da parte oficial, pero Trump —que no sabe estarse quieto ni en misa— ya prendió la mecha, y Teherán está que trina.
Desde Irán responden como siempre: amenazas, fuego prometido y un par de referencias religiosas para adornar el comunicado. La diferencia es que ahora tienen muchos más amigos de esos que uno no invita a la cena, pero que tienen misiles hipersónicos y petróleo que huele a chantaje.
El club de la bomba: membresía dorada
El programa nuclear iraní, que Israel jura ver en cada rincón, desde las alfombras persas hasta los kebabs, ha sido motivo de paranoia desde hace décadas. Pero ahora, con Trump de por medio, el asunto sube de nivel: de thriller diplomático a comedia bélica.
El bombardeo no es solo un mensaje. Es una carta de amor con aroma a plutonio para Netanyahu, que venía rogando a gritos que alguien más metiera las manos en el avispero. Y Trump, siempre dispuesto a jugar al sheriff del mundo, le cumplió el capricho.
Implicaciones mundiales: cuando la pólvora no se queda en casa
El misil cayó en Irán, pero la onda expansiva llegó hasta Bruselas, Moscú, Pekín y hasta la sede del Oxxo de la esquina (vía el precio de la gasolina).
Europa está con el tic nervioso, porque cada vez que hay un zafarrancho en Medio Oriente, llegan más refugiados que turistas a sus costas. Alemania llama al “diálogo”, Francia pide “contención” y el Reino Unido, como siempre, no sabe si mandar soldados o hacer un documental.
Rusia, encantada de la vida. Mientras Washington juega a Rambo, Putin se pasea por Asia Central ofreciendo gas, paz y propaganda. De paso, le vende drones a quien se deje.
China, experta en no ensuciarse las manos, ya prepara una nueva ruta de la seda… pero blindada. Eso sí, en la ONU pone cara de preocupación mientras compra petróleo a descuento.
La ONU, por su parte, convoca una “reunión urgente del Consejo de Seguridad” que servirá —una vez más— para lo de siempre: discursos, sanciones simbólicas y la foto oficial.
Los mercados, por supuesto, hicieron lo que mejor saben hacer: entraron en pánico. El petróleo subió más que la inflación en Argentina, las aerolíneas temen cielos cerrados y Wall Street se debate entre el dólar fuerte y el miedo escénico.
Entra el elefante: los BRICS
Y mientras EE.UU. se lanza a jugar al justiciero cósmico, aparece en escena un bloque que ya no se queda callado ni en las cumbres: los BRICS.
Ese club de países que empezó como experimento económico y ahora se comporta como el G7 de los no invitados al G7.
China y Rusia, como los padrinos del grupo, ya levantaron ceja y voz. Condenan el ataque, exigen “moderación” (léase: “nos están quitando clientes”) y aprovechan para denunciar el intervencionismo gringo con más entusiasmo que Canciller latinoamericano en foro de paz.
India, como siempre, haciendo equilibrio de yoga entre Oriente y Occidente, porque no quiere perder ni contratos con Washington ni descuentos con Teherán.
Sudáfrica y Brasil, por su parte, aprovechan la crisis para pedir “una arquitectura multipolar de la seguridad”, lo que en lenguaje común significa: “ya basta de que EE.UU. haga lo que se le pegue la gana”.
Y Irán, nuevo socio BRICS desde enero, se siente más protegido que sobrina en quinceaños con cuatro tíos militares.
Los BRICS no lanzan bombas, pero lanzan mercados, gasoductos, criptomonedas alternativas y narrativas antioccidentales que ya tienen más fans que los discursos de Zelensky.
¿Y América Latina?
México mira de lejos, pero preocupado. Cada misil que vuela en Medio Oriente también puede volar el precio del gas, la inversión extranjera y hasta las remesas. Y cuando el conflicto escala, los discursos pacifistas no pagan la factura del petróleo.
Y ni hablar de Brasil, que entre Lula, los BRICS y las plantaciones de soya, ya piensa en si vale la pena seguir siendo neutral… o inventarse su propia bomba, pero de samba diplomática.
¿Y ahora… quién podrá defendernos?
Esto no es solo una travesura de Trump ni un berrinche de Netanyahu. Es la antesala de un posible incendio regional, donde Siria, Líbano, Arabia Saudita y hasta Qatar podrían decidir entrarle al pleito, aunque sea por el rating.
Y en medio del polvorín, el expresidente vuelve al ruedo con una estrategia de campaña que mezcla pólvora con populismo, patrioterismo con reality show.
Trump no necesita debates. Necesita guerra. Una buena, de esas que venden banderas y suben encuestas. Total, los muertos siempre son de otro país.
Final con advertencia
La historia lo ha dicho mil veces: cuando los gringos dicen “éxito militar”, el mundo termina apagando incendios, reconstruyendo países, o fundando nuevas ONGs.
Así que guarde este periódico, prepare su pasaporte y no se ría tan fuerte…
Que la próxima bomba puede traer GPS activado.
Y no distingue entre Oriente Medio y la gasolinera de tu colonia.
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