
Por Manuel Gutiérrez
Las lecciones aprendidas en la guerra de Ucrania y en la de Irán —causadas por este último país— consistieron en plantear el conflicto con drones baratos y abundantes, así como con misiles económicos. Esto condujo a que los países árabes miren a Ucrania como una autoridad en la defensa contra drones; sin embargo, esto ha desatado una competencia comercial para que dicho país no se adueñe de la totalidad de este nuevo mercado.
Irán cambió la guerra con sus armas baratas, combatidas con misiles complejos y costosos. El solo hecho de usarlos somete al país defensor a un desgaste inevitable que puede obligarlo a utilizar aviones de alto costo y a urdir escudos defensivos que representan un fuerte gasto del PIB nacional.
Ucrania, por ahora, vende la experiencia sufrida en la guerra y propone a sus clientes soluciones baratas y accesibles. Todo esto ocurre porque los Estados Unidos, en su ceguera estratégica, no consideraron desarrollar equipos de esa naturaleza; sintieron que ya competían con su oferta de misiles Patriot o de otros sistemas defensivos y, adicionalmente, descuidaron el campo.
Lo original de Irán fue aplicar esa novedad y llevarla a Rusia para usarla contra Ucrania. Cuando las divisiones de tanques, la aviación rusa y los “supermisiles” fracasaron o representaban un alto costo para Moscú, llegaron los drones iraníes baratos: los Shahed.
Hoy, este sector depende de dos factores: la capacidad de innovación y la producción a gran escala con costos mesurados. Ucrania incluso logró desarrollar un dron barato interceptor y, de hecho, lo aplica con éxito. En los cuatro años de guerra, los drones han pasado de la simplicidad y casi “bobería” operativa a una sofisticación técnica, pero tratan de no alejarse de la premisa esencial: muchos y baratos.
La presencia de Ucrania en todo el mundo árabe muestra que esos países se sintieron vulnerables y alarmados por el alto costo de su defensa antiaérea. Lo mismo le pasó a Israel, supeditado totalmente a la industria militar estadounidense. Irán puede gastar 100 dólares en un dron barato, pero provoca que sea neutralizado por un dispositivo que cuesta cien —o incluso mil— veces más. La desproporción es notable.
La polémica actual radica en si el dron debe ser estático e inerte y solamente dirigido a un blanco, o si debe tener capacidades analíticas para decidir objetivos, elegir acciones e incluso defenderse en la consecución de la misión. El problema es que a mayores capacidades, consumen más sensores y más unidades de computación microscópicas, lo que de alguna manera eleva el costo.
Hoy, la empresa estadounidense llama a las puertas del mundo árabe y de los propios Estados Unidos con una propuesta: el Coyote, un sistema antidrones barato en comparación al Patriot. BAE Systems, la mayor productora de tecnología militar del Reino Unido, propone misiles compactos de 2.75 pulgadas de diámetro con sistemas guiados de precisión que eviten que se agoten los sistemas defensivos diseñados para una invasión del espacio exterior, no para las guerras domésticas y reales. Esta es toda una revolución.
Incluso para el caza Typhoon (el Eurofighter), ya se propone —con vuelos de prueba realizados— un sistema de caza de drones, ya sean caros o baratos; de cualquier tipo, ya hicieron los primeros ensayos.
Brasil, sorpresivamente, se llevó las palmas con su Embraer Super Tucano de turbohélice, tan barato y rentable como simple, capaz de derribar con un sistema sencillo nubes de drones atacantes a bajo costo. Hoy todos estudian el regreso al turbohélice en las guerras modernas.
Al calor de los conflictos han surgido nuevas soluciones. Nuevas startups, incluso en Ucrania, como Wild Hornets, proponen sistemas baratos y funcionales. Pero no son los únicos: en Múnich surgió, casi de un taller doméstico, Tytan Technologies; otra en el Reino Unido se integró con ingenieros y científicos, como Cambridge Aerospace; Letonia, ante la presión de un posible problema con Rusia, desarrolló una nueva empresa, Frankenburg Technologies, y la pone a la orden de los pueblos del Báltico y de Europa.
Esta revolución ha pasado a los radares. Ahora hay propuestas de sistemas de 20 millones de dólares, una décima parte de lo que cuesta un radar moderno completo. Una startup estadounidense, Echodyne, está involucrada en desarrollar sistemas de detección baratos. Rheinmetall, de Alemania, ya entró en la danza apoyándolos. Bill Gates no dudó en invertir en este nuevo campo; todos trabajan sin descanso en una carrera total.
Holanda también se sumó a esta competencia de radares con una versión de corto alcance capaz de detectar drones tipo Shahed. Son nuevas tecnologías que van desde identificadores acústicos hasta rayos láser. Robin Radar Systems, de Holanda, está inmersa en esto y suministró a Ucrania los nuevos prototipos de radar para usarlos con los misiles europeos Iris; cuando el “sapo merece la pedrada”, los ucranianos los disparan a grandes blancos que valen la pena.
Todas esas empresas reciben ahora llamados, les ofrecen recursos financieros y les compran o financian patentes. A los nuevos radares los llaman “radares de última milla” y todos quieren uno. El punto es que los sistemas caros serán para cuando los marcianos nos invadan, porque las guerras terrícolas no demandan tanto costo ni tanta tecnología compleja; esto hace ver que el error estuvo en no observar las “pequeñas guerras”.
No se estudió a Vietnam con sus SAM antiaéreos, tampoco los conflictos regionales ni la realidad de que los países se equipan como pueden, pero no van a empeñarse por tener misiles Patriot. Y lo peor: nadie estudió lo sucedido en Ucrania. Hoy, este país es la maestra y la vanguardia tecnológica del tema, y defenderá su punto y su negocio como un león hambriento, a la par que a su nación.
Después de todo, han logrado una eficacia del 80% en la detección y destrucción de drones y misiles enemigos. Rusia, con el aliado de Irán, comprendió muy pronto el tema. Hoy, Ucrania y Rusia juegan una carrera loca por producir más y mejores drones, y Ucrania incluso creó industrias de ese tipo en la misma Europa.
Quien tenga más y mejores drones ganará la guerra, que por ahora se le estancó a Rusia (perdió 400 kilómetros cuadrados), todo por no tener un sistema satelital aplicado y propio en el conflicto, lo que aprovecharon los defensores para “colarse hasta la cocina”. Lo peor es que todos los que están en guerra aprenden muy rápido: los drones actuales son irreconocibles frente a los de hace cuatro años.
Esto va a provocar una crisis de enfoque en los Estados Unidos. Los golpes comprobados en sus bases militares en Kuwait dicen que no todo está saliendo como narra la administración. Habrá que preguntar cómo les ha ido a los portaaviones.
La destrucción en tierra de un avión de observación y coordinación AWACS, sin duda, dolió mucho en el Pentágono; lo peor fue que ocurrió con un misil barato que arruinó un sistema volador de millones de dólares.
Ucrania era su aliado principal; hoy ya es más de Europa que de Washington, culpable de un “gigantismo” en guerras a escala mundial que no suceden. Nadie les hizo caso, pero en Medio Oriente sí los escuchan y en Europa atienden sus recomendaciones: es la hora de la guerra hormiga.
(Con datos de Financial Times en Milenio, 28 de marzo
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