
Por Manuel Gutiérrez.
Esto es historia popular, del siglo XIX en la era de Porfirio Díaz. Se trata del bandido inteligente Jesús Arriaga, apodado “Chucho el Roto” que marcó una historia real de aventura, injusticia, amor y finalmente tragedia.
“Chucho el Roto” significaba que Jesús, era un paisano bienvestido, incluso elegante. Los “Rotos” eran por antagonismo, el significado contrario a ropa impecable, que diferenciaba en la ciudad de México a los clase medieros, a los aspiracionistas, a los ricos, generalmente gente con un “trabajo seguro” máxima aspiración del pueblo en la época.
“Chucho el Roto, tampoco obedece al perfil torvo, vulgar y criminal del delincuente violento, asesino sino todo lo contrario. Su carrera delictiva se finca en la dramaturgia, esdecir en su habilidad de hacerse pasar por personajes de otras clases, ricos, extranjeros, obispos, incluso jueces o funcionarios de alto nivel.
Esta faceta, tal vez un don natural del susodicho, estaba respaldada por un sólida preparación de la escuela racionalista, positivista de Don Porfirio, a través de sus ministerio de Educación que se tomaba muy en serio esa labor y en el intermedia y avanzada, aplicaba criterios de exigencia mundial, en un ambiente perfilado en la meritocracia, es decir desde las aulas avanzaban los mejor dotados, los más aprovechados, que entre los talentos, obviamente facultaban a los mejor posicionados económicamente al éxito profesional, pero este era entendido como una responsabilidad muy grave, con la sociedad, los valores éticos, y con sus congéneres.
Chuco mínimo fue bachiller y me inclino a creer en que hubo paso por escuelas religiosas, tal vez un seminario, por su dominio del latin, un poco de griego, y humanidades bien asimiladas. Era también conocedor de la disciplina religiosa, de las jerarquías, sus modos y sus ritos.
Buen observador, tampoco se le acapó el modo militar. Con una personalidad varonil, agraciada, elegante, estaba puesto el actor principal del drama. La capa alta de la riqueza de la Ciudad de México aportaría el resto, la familia era una descendiente de la rama francesa, los Frisac, cuyo abuelo crió a dos nietas, una de ellas Matilde, hermosa, sensible culta a la maasí cnera de la época, generosa. La otra Carolina, menos agraciada, era clasista, racista, más fea un poco Claudia en lo estirado, pero de alguna manera, envidió a su hermana.
Jesús por su buenos modales y presencia, fue aceptado en el interior de la mansión Frisac, para desempeñar trabajos de ebanistería fina, porque sabía de muebles de la época. El francés era la segunda lengua nacional entonces, antes que el inglés y todo miraba a Europa, de donde Don Porfirio nos traía calidad, obras, arte, así como una marcada preferencia entre lo francés, los prusiano en lo militar, lo inglés en términos de finanzas.
Un mundo ordenado, con barreras establecidas, pero el amor no conoce de este tipo de distinciones. Y este floreció en el trato de Matilde y Jesús, que comenzaron a plantearse salidas furtivas al parque, tomarse de a mano, pero la pasión se encendió en serio. La salud, la riqueza y el amor, no son fáciles de ocultar: Carolina actuó de judas, y denunció la relación de su hermana con el carpintero, oficio dignificado por Jesús, el Redentor. El drama se armó en serio y Don Diego, el abuelo emprendió una campaña contra tal sentimiento. Reclusión domiciliaria, -burlada por la complicidad de la servidumbre de la casa- luego el normal viaje a lejana distancia, de preferencia Europa, porque Estados Unidos, no era visto como algo cool.
La tenacidad de Chucho, sus habilidades de cerrajero le abrieron como a Romeo el balcón de Matilde, sus hazañas trepadoras, lograron que trepara en la cama. Y ardió Troya o la Ciudad de México, con el escándalo. La buena sociedad se enteró por Carolina del chisme, y creó condiciones de exilio y ocultamiento de Matilde. Pero Carolina sugirió a Don Diego que lo acusaran de robo de algunas prendas, joyas.
La policía de entonces, el Inspector Arfucht, emprendió pronta campaña y cuando la madre de Jesús estaba en cama, lo aprenden con lujo de violencia, excesos, golpiza –gratis, desde entonces- y lo recluyen en la cárcel de Belén, la Fiscalía, tipo Gertz, le hincó el diente con más de la cuenta y le sumaron delitos que no cometió, total que la prensa de la época, convirtió a Jesús Arriaga en un pillo contumaz, cuando no tenía delito alguno.
Parece novela de Dumas, o de Paul Feval, pura Capa y Espada. En ratos es como El Caballero de Lagardere y Aurora de Nevers; pero fue un asunto real. Las salidas de Belén, rumbo a las diligencias judiciales, fueron oportunidad para que el pueblo bueno y sabio afinara insultos, contra el cangrejo trepador, que quería subir más alto, en la cubeta y lo arrastraron a lo más bajo, por lo que fue objeto de la invectivas populares y nació el apodo de “Chucho El Roto” que se hundía en Belén, mientras su madre y su hermana Guadalupe, desamparada, padecían repudio social y miseria, y la enferma falleció tristemente.
Matilde en tanto pasaba días con desgano en las Europas, y Chucho cayó en la celda, donde fue respetado gracias a sus nociones de pugilato. De ahí se le acomodaron sus secuaces, la Changa, el más leal, el Tigre, un asesino, y el Rorro, un bandido sentimental, fieles a muerte pero sin Chucho no eran nada.
Jesús aprendió la mecánica penal, y logro tramar su fuga mediante suplantación de personal, para luego fingir ser visitador oficial de la CNDH y facilitarles la salida a sus secuaces. Ahí nació la banda de Chucho que llegaría ser enemigo público número uno.
Jesús comenzó a dar golpes a los usureros, a ricos piratas inmobiliarios, y seleccionaba sus víctimas entre los quemenos conciencia social tenían o que abusaban de su poder sobre los pobres porque se creían divinos.
Pero la reversa al sentido popular vino cuando dio con el secreto de la popularidad actual, repartir dinero. Chucho repartía el botín en terceras partes, una ahorro para el retiro –era muy responsable con su gente, otro para disfrute y pecunio privado de cada uno de los integrantes, y la otra tercera parte…se repartía entre los necesitados, de los cuales con sus caracterizaciones de méndigo, escuchaba casos de necesidad y procedía ayudarlos.
No repartía el dinero a discresión, a lo loco como en nuestros tiempos, es decir no le devolvía a los ricos, lo que les quitaba. Hacia caridad en donde era necesario, aunque originada en el robo.
Los golpes se hicieron osados, falsifaciones de arte, de moneda, túneles, robos a bancos, disfraces, juegos de prestidigitación, golpes sonados, y Chucho frecuentaba en sus personalidades ficticias los entornos del Jockey Club, del Club Francés, de lo mejor de México, como un respetable rico de provincia se enteraba y alternaba con sus futuros clientes.
Sus recursos operativos ascendieron, pero no aprobaba las ejecuciones, así que tuvo que despedir y luego eliminar al Tigre, por ser proclive a la sangre, a la violencia irracional. Ese no era su estilo.
Matilde regresó y hábilmente Chucho desde méndigo que pedía caridad, afuera del templo que acudía a misa, o visitada por un rico nuevo en la sociedad y hasta disfrazado de virtuoso sacerdote guía espiritual para la descarriada Matilde, tuvieron oportunidad de seguir con su romance, entre las contingencias de sus vidas.
Tuvieron una hija que en exvoto le pusieron Lolita, por Dolores. Un amor perseguido que desafió al mundo de entonces.
Sus aventuras lo llevaron al norte, a Guadalajara, a Puebla,al trópico, a los puertos, dado golpes refinados de robo a gente de mala leche o hígado de piedra. Lo mismo contra explotadores inconscientes en minas, o en cañaverales, en que se infiltraba, conocía la injusticia y paz, el golpe vengador, humillante a la sobervia, y duro en el castigo al bolsillo, siempre con la codicia como gancho de los insaciables.
Pronto se hizo legión la que exigía a Don Porfirio que se le pusiera fin a tanto atrevimiento. Cuando usurpó la condición clerical, y despelucó un alto clérigo malvavisco y simoniaco, fue el colmo del arrojo, de menos no fue excomulgado.
Don Porfirio puso a los mejores sabuesos a perseguirlo, ofreció recompensas, y los lances que estos duelos con policías más malos que Pemex, generaron confrontaciones de inteligencia que hacían las delicias de los narrativos de las tardes entre la gente que ponía una lumbrada para ver llegar las estrellas en las noches de los pueblos, o en las cantinas de los barrios.
De tanto que el cántaro va al agua, hasta que se rompe.
Cayó presó por delación y fue refundido en San Juan de Ulúa, última fortaleza de España, cárcel de coral inexpugnable, rodeada de mar veracruzano, de crueldad propia de la época en política penitenciaria, -que no hacían ningún caso a la readaptación, para Antonio Sánchez Galindo, o que Michel Focault, ni que las arañas, era duro el castigo como venganza social- Chucho que no cayó con su banda fue rescatado por ellos, dirigidos desde la celda y logró una fuga tipo Montecristo, de San Juan de Ulúa, supliendo un muerto amigo, y luego a nadar y esperar que los tiburones hubieran cenado atún ese día, toda una hazaña.
La celda es presumida como anécdota con orgullo cuando recorres San Juan, pero Chucho salió para seguir con más aventuras y su destino trágico.
(Si hoy le pareció interesante, espere la segunda parte, para que revisemos juntos como se debe ver a Chucho el Roto, su trascendencia, y algunas otras telarañasJ)
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