
Por Manuel Gutiérrez.
El aeropuerto de Houston es inmenso, la distancia entre terminales es muy grande lo suficiente para tener un monorriel 24 horas funcionando, una interminable línea automática de caminadoras y una frontera aduanal que se satura.
Cuando tienen la conexión a una hora, lo más probable es que falle, se calculó mal el tiempo. Llegas a la terminalcuando tus maletas ya van volando a Toronto. El avión salió con puntualidad, pero entre el cruce de frontera, revisiones, sumadas a la trayectoria, no llegas a tiempo la simple distancia de la veintena de salas, es kilómetrica. Un Hubcomo el planeado para Texcoco que terminó en modelo Aurrera, en Santa Lucía, el AIFA.
Primero ofertaron un vuelo a las 15 horas, con un solo lugar, pero eramos 4 viajeros. Nuevamente la línea buscó y ofertó los lugares en el vuelo de las 18 horas, a Toronto. Mientras tendríamos horas de aeropuerto, que en Houston pueden ser divertidas.
Una de las integrantes de nuestro grupo, le fue confiado un puesto de revistas, con un “one momento please” arregló todo, “line”, los compradores obedientes se formaron mientras el vendedor regresaba de ír al donde el rey va sólo. Al menos eso dicen. Modelo de orden anglosajón todos los honrados compradores.
Aviones de todos sabores, y de todos colores. El tiempo voló y el clima cambio. Para las 17 horas se cerraron las nubes. Comenzó a llover torrencialmente, pero abordamos por el túnel. El avión un Embraer Crj 170, con 70 pasajeros, con dos turbinas en la cola, alas de flecha libres, hecho en Brasil, siguó su rutina.
Esperamos el turno en la pista, y este fue concedido, en plena tormenta, al despegue a poco comezar a tomar altura, un flashazo, iluminó todo el avión. Nos cayó un rayo. Bien diseñados, no pasó nada, nada se averió, todo siguió su rutina normal, hasta que el avión rebasó el manto negro de nubes y por encima enfiló luego de cruzar el Medio Oeste a Toronto.
Todo parecía normal, en tanto la noche llegó. Un trueno, como algo que se rompe. El avión hizo un descenso apresurado, cambió la altura de vuelo. Muy bajo, demasiado.
El avión volaba cerca del Lago Toronto, las turbinas funcionando, pero la falta de presión regulada afecto de muchas maneras. Una persona de mi grupo, comenzó a quejarse de un intenso dolor de oídos. Eso de bajar de los diez mil metros al raz, en segundos, no es recomendable.
Nada hacía ver el asunto como un percance digno de MayDay, pero lo fue.
Luego una estela de humo, que salió de no se dónde. Que desagradable. Las turbinas seguían trabajando, pero el avión cuyas sensaciones de vuelo, lo hacen más ágil que los grandes aparatos, despegua en menos metros de pista, recuperación de altura, y alcance de techo en un santiamén, también reprodujo las sensaciones de una crisis.
En la negrura de la noche, se observaban las olas del negro lago Toronto, que parecía enorme, lo es. La velocidadaunque disminuida, seguía siendo alta.
La sobrecargo, una afro-americana dio la señal más temida sin decir nada. Se acomodó en su asiento, se ciñó el cinturón, y con una persignada comenzó a rezar nada más elocuente.
Esto está muy mal. –Pense en el trancazo en el agua, que iba a ser como cemento, y luego lo peor…va a estar heladísima, nos va a matar en unos minutos- era otoño canadiense.
“¡Que se estrelle!, que termine, ya basta, no aguanto más” dijo la persona de mi grupo que tenía el intenso dolor de oídos. Una americana con 2 bebes, optó por acercarse a una persona confiable de mi grupo, y en inglés que pareció ser traducido en forma automática, increíble le encargó sus bebés, incluso de por vida, a la par que la aeromoza, vino a advertir que era la pasajera adjunta a la puerta de emergencia, por lo que tendría una misión muy importante:
-“En cuanto acuatizemos, empuje la puerta, no permita que siga cerrada porque se va a sellar y no podrá salir nadie…”se lo encargo-
Y regresó junto a las plegarias que volvieron devoto a los pasajeros del vuelo 3000 a esas alturas bajas, se encuentrauno más rápido con el espíritu
El cielo bajo hasta nosotros. La conversión era total, esplendida, sin catecismos, sin ministro, todos estábamos en la misma sintonía. Todos eramos creyentes. Católicos, protestantes, judíos, agnósticos, de todos sabores.
Nadie salió con dudas o cuestionamientos, un salto de fe completo e inesperado.
En el avión entre los pasajeros iba a Toronto, el equipo nacional de remo, los jóvenes tricolores asistirían a una competencia internacional. Eran vistos como gran esperanza, porque suponíamos que eran buenos nadadores…muchas damas seleccionaron a al que parecía más apto para sobrevivir.
El avión siguió surcando el lago, y finalmente lo superó, comenzamos a cubrir la ciudad de Cleveland, por lo que dijo el piloto.
Pero el problema era que el avión no tomaba altura, y tampoco disminuía su velocidad, que supongo ya no era de crucero.
Cleveland desfiló en segundos debajo de mi ventanilla, creí ver hasta detalles mínimos, de una ciudad que espero volver a ver, con calma, pero podía ver hasta a la gente, y luego pasamos a centímetros de una torre esbelta, de un par de ellas, que supongo es una iglesia importante en Cleveland. Pensé que le cortaríamos la punta.
El avión continuaba su curso, con todos agarrados a mil uñas y se recomendó la posición de choque, se realmente me pregunto si servirá. Pero todos eramos obedientes estábamos cerca de saberlo.
La emergencia fue sensible en el aeropuerto, por lo que vi en la ventanilla luego de anunciar que aterrizaríamos en Cleveland, a los lados de la pista estaban máquinas de bomberos, ambulancias, y el avión aterrizó con un golpe seco, pero seguía rodando a muy alta velocidad.
Pusieron un dispositivo como barrera de cuerda, con forros blancos, porque ví como salió despedida a un lado, en tanto que había lo supe después, una segunda barrera de ese tipo, pero el maldito avión, la volvió a romper.
La pista bastante larga, cedió a la sensación de ser pequeña, cada vez más. El edificio del aeropuerto se veía cada vez más cerca. Y la sensación de velocidad continuaba, el avión dio un giro a la derecha, luego se perfiló al frente. La torre y su edificio lucían enormes.
Luego se detuvo.
Durante más de un minuto todos teníamos ojos de plato. Sin hacer ruido, sin respirar, con miedo a que se rompiera algo. Las puertas se abrieron, y comenzó la evacuación rápida del avión, en orden, hasta eso. Todos nos movíamos como si nos hubieran ensayado en simulacros.
Ya en la pista, mire hacía el aparato, para ver qué era lo que le había sucedido. Aparentemente todo era normal, excepto que el parabrisas de enfrente al piloto ya no existía. Había un boquete. Por eso fue la descompresión. Nunca supimos a ciencia cierta que pasó.
La nariz del avión quedo a unos 3 metros del edificio, antes de chocar con muros de cristal y enterrarse en el interior.Recordé el Expresso de Chicago, del tren descontrolado que embiste la terminal, pero cuando lo haces tú, no resulta divertido. Pasamos a una sala inmediata, todos tirados en la alfombra.
Pasaron minutos, llegó personal médico y al parecer nadie tenía lesiones visibles. Todos estaban completos, funcionales, asustados. Era sólo una escala más.
Luego, vino el piloto, un güero ojo azul que desabotonó su camisa, aflojó la corbata, y nos dijo en su inglés un discurso en que lo quedó claro fue que “security first” sumado a lo que supongo eran disculpas.
Luego llegó una ejecutiva de Continental, para anunciar que habían movilizado otro avión para que los pasajeros del vuelo 3000 lo abordaran, casualmente otro CRJ 170.
Una hora y media después, el avión despegaba de Cleveland, malditos eficientes. No teníamos ganas de volar de nuevo.
Llegamos a Toronto a las 2 de la mañana. El equipaje que dio diez mil vueltas en la banda, seguía ahí, que honrados canadienses. Con deseos de terminar el periplo de un día muy largo, que empezó a la madrugada en Guadalajara, tomamos un taxi más caro que el avión al hotel.
A la mañana siguente comenzamos el tour, habíamos perdido un día completo, sin ver a Toronto, pero podríamos conocer Niagara, Ottawa, Quebec, y salimos por Montreal, ya sin incidentes. Habría sido del colmo, pero al perro más flaco se le suben más las pulgas. Era un viaje en lugar de la tradicional fiesta de XV años en la familia.
Pasaron los meses, un buen día en la insólita correspondencia llegó un sobre de Continental, que contenía boletos para viajar a Estados Unidos o Canadá, en un lapso vigente de ese año. No los usamos, declinamos.
Cosas de suerte, después Continental quebró y la asimilaron otras aerolíneas. Volvimos a volar pero nunca olvidamos el vuelo 3000.
Pero tardamos un poco más en volver a confiar en los aviones, pero seguimos siendo turistas y volando, es parte de la época, pero sabemos que aunque sea corto el vuelo, te pones en manos del Destino.
Después de todo, si te toca, aunque te escondas y no te toca, aunque te pongas.
Y no hay manera moderna de cubrir grandes distancias que volar, menos con la inseguridad de las carreteras mexicanas, entre retenes de los señores seguidores de la santa muerte, barreras de la Guardia Nacional, y contenciones de campesinos que buscan en la carretera soluciones ejidales,que terminan en dinero como todo, o de normalistas sediciosos, si es el caso. Pero pueden ser extraterrestres, en el camino, es lo único que falta.
Pero cada vez que lo haces hipotecas tu vida en los protocolos de seguridad y mantenimiento de esos aparatos, que mueven a millones y que ocasionan menos muertos que los automóviles, que son más millones en el mundo, todo es probabilidad.
Fascinantes, pero siempre, sujetos la probabilidad muy baja, pero real de un May Day, de menos es más glomoroso, que un asalto terrestre sin pena, ni gloria. Pero a decir verdad, ya son autobuses llenos, camiones voladores, nada glamorosos la igualdad llegó, a no ser que pagues la primera clase.
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