
Por Jaime García Medina*
En su camino a la gubernatura, Enrique Alfaro se adueñó de un discurso transformador -refundar Jalisco- y de sanitización de la política. Como consecuencia, su oferta de practicar la asepsia del Gobierno del Estado fue bien vista. Ofreció además ampliar la participación ciudadana y, en suma, anticipó un cambio de fondo en la forma de hacer política. Pero en realidad solo usó la figura del gatopardo: todo cambió para seguir igual, o peor.
Hoy la administración pública estatal es más corrupta que antes, la sociedad no puede participar en los asuntos públicos, el patrimonialismo vive uno de sus grandes momentos y se ha instaurado la etapa de los mini cacicazgos en Jalisco que hoy vemos por doquier.
Estas anomias administrativas y políticas no fueron casuales pues así fueron concebidas para su pretendido proyecto transexenal y así fue conformado el aparato administrativo político gubernamental en el sexenio. Se crearon 4 coordinaciones para que los secretarios pudieran despachar y responder por las tareas encomendadas, pero se suprimió toda relación política de ellos con el gobernador, al tiempo que se anularon sus potestades administrativas para que nada pudieran comprar o contratar. Eso, las adquisiciones, las concentró la jefatura de gabinete, a cargo de su gran amigo y viejo colaborador, Hugo Luna.
Por otra parte, a todos los actores políticos se les ordenó que se dedicaran exclusivamente a sus tareas y esferas, de tal manera que los que escogieron seguir en ayuntamientos o Poder Legislativo estatal o federal, de ahí no pasaban. Jamás se pensó en apuntalar carreras políticas, en generar nuevos cuadros, ni partido. Por tanto, las tareas de gestoría fueron suprimidas y hoy nadie puede retornar a sus distritos a pedir el voto sin que algo les reclamen.
Los resultados están a la vista. Han hecho su aparición con más fuerza que hasta el inicio del maximato alfarista el tapadismo y el sospechosismo. Apretó tanto el gobernador Enrique Alfaro, que actores políticos como Arturo Dávalos en Puerto Vallarta -municipio que las encuestas indican que su ayuntamiento pasará a manos de Morena-, María Elena Limón en Tlaquepaque -los pronósticos casi van para allá-, y ahora Pablo Lemus en Zapopan, después de ser tratados con despotismo, están a punto de imponer candidatos a presidentes municipales. Son los neocacicazgos que, sin querer, generó Enrique Alfaro.
Y hablo en pasado porque en esas condiciones se encuentra el alfarismo. De partido y fuerza hegemónica pasó en solo dos años a ser fuerte candidato a gobierno dividido. Ya no gobernará el mismo número de pobladores; ya no retendrá los mismos distritos; ya perdió aliados como el PAN; ya no está con él el grupo UdeG porque Hagamos, el partido local de universitarios debe emprender su esfuerzo electoral en solitario este 2021; varios prospectos de Morena provinieron de MC al que dejaron porque no tenían ninguna opción de participar en la cosa pública; Pedro Kumamoto se dio cuenta que ya está en edad de merecer y va a apretar Zapopan; Morena, será el partido que rija el futuro inmediato.
Sin duda es el principio del fin de lo que pretendía ser un maximato.
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