Por Mariana Navarro
Iban de blanco y paliacate azul y estaban por doquier en este tres de octubre pasado, de todas las edades y de todos los niveles socio económicos. Ellas eran más de cien mil por la vida e iban las más escoltadas por sus familiares. Sumando un contingente de más de doscientas mil personas.
Ahí también iban los hombres vestidos de blanco. Ahí también las abuelas y las niñas adolescentes.
Ahí también iban las embarazadas. Ahí también estaban los creyentes, los que aman las familias tradicionales.
Ahí estaban todas y todos sin temor.
Había pues decidido ellos todos, que no importaba que fuese domingo y que las que portan el otro paliacate, (el verde y morado) las juzgaran anticuadas, mojigatas o hasta imbéciles.
Iban a construir y edificar. Iban a proclamar y defender a los que no tienen voz.
A los que aún no están, a los que aún no nacen. A los que cargarán en los vientres.
A lo lejos se escuchan los que odian complicarse la existencia y lo resuelven con iniciativas de ley cubiertas de sangre.
Una que otra de verde y morado se atrevía a filtrarse entre la marcha. Gritaban improperios: ¡Míralas marionetas de iglesia!, ¡Míralas mujeres agachonas!
¡Viejas taradas! ¡Abran los ojos, hagan valer sus derechos pendejas…!
Pero ellos, los del otro paliacate avanzaban tapándose los oídos.
Ruth Aguayo tembló de rabia ante las palabras hirientes.
Apretó los dientes, me miró y agarró una piedra que traía en la mochila.
Creí que debería escribir mi crónica con un incidente de sangre. Pero no, ella agarró la piedra blanca entre sus manos, se las mostró y les gritó:
– “Aquí llevo esta piedra blanca re te pesada por si la salvaje que llevo dentro se despierta, así le recuerdo que vengo a cargar mi conciencia, no sus leperadas”-.
Me asusté mucho, pero la otra mujer de paliacate morado se quedó callada. Y se fue.
A palabras necias oídos sordos.
Así hacían todas. Avanzaban en silencio sin contestar provocaciones.
También ellas, las abuelas, los hombres, esposos de las mujeres que marchaban, las niñas que alegres preguntaban si al final de la marcha habrían salvado a los próximos mexicanos bebés.
Don Salvador Anaya,
Me vio vestida de blanco sin paliacate.
Me riñó, ” oye tu periodista… ¿a dónde el paliacate azul? ¿No traías los 20 pesos pa pagarlo?
¡Yo te los presto! Vaya y póngase el paliacate.
¿No ve que eso la distingue? ¿o es de las otras? El verde inmaduro, esas las de golpeada conciencia morada”.
Le mostré la cámara y ahí estaba el paliacate azul.
Me miró con esos ojos de abuelo sabio y me dijo: “Onde te lea y no hable usted a favor de la vida
Voy a creer que usted no entendió nada de nada”.
– “Aquí vengo yo renco y jodido. A apoyar a mi hija que murió de cáncer. Fue su última voluntad venir y ya no pudo.
Pero aquí está su padre que no se raja…Toda su vida lo dedicó a ser niñera… Nana pues de las mujeres de más de dos hijos. Se consoló con los hijos de otras.
No pudo ser madre, siempre lo quizo. Siempre luchó por serlo…”
…- “Era mi única hija. Y le prometí venir, a ver si se despiertan las que nada más abren las patas.
Esas que prefieren que se mate a un inocente. Esas viejas modernas que no entienden ni madres.
Esas que no tienen madre, aunque nacieron de una.
¡Malparidas!”
Me atreví a preguntar: ¿y los derechos de ellas, no cuentan? Eso es lo que ellas, las del otro paliacate reclaman.
Una cara diferente le vi. Sus ojos eran dos llamas encendidas.
“-¿Cuáles derechos si están chuecas de la mente las viejas esas? .
¡Primero que les enderecen las tuercas del cerebro!
Los niños si son derechos, no andan chuecos. Luego los enchuecan. ¡Y hasta los voltean! -“
Su voz ya era gritos.
Alguien me llama a los lejos y me separa de Don Señor.
-“No le haga caso mujer. Déjelo que se desahogue sólito “-.
“Ya ve lo que el dolor le hace a algunos, no lo juzgue. Es mi vecino, es buena gente. No lo juzgue mujer”.
No puedo.
Yo soy un testigo mudo de lo que acontece en esa marcha.
Solo tengo mi pluma y mi cansancio. Y luego tendré mis recuerdos para escribir mi crónica.
Estoy cansada tengo sed y mucha.
Veo a los demás marchar solemnes llenos de orgullo y Patria. Me mareo un poco.
Decido alejarme del contingente.
Me acerco a un árbol, ahí me resguardo. Pongo mi cabeza entre el tronco.
A lo lejos veo venir a dos mujeres hacia mí. Una me ofrece un dulce, otra más me ofrece una botella de agua fría.
Les digo que yo traigo mi agua en la mochila.
(Me dijeron los otros marchantes que no aceptara nada de personas extrañas).
Pero ambas están ahí conmigo. Solidarias y prestas a ayudar.
Se presentan conmigo: “Soy María Fernanda Gutierrez. Y yo Alejandra Malpica”
(Tienen un acento raro).
¿De dónde son?, les pregunto.
-‘De aquí y de allá. Me responden y les da risa”.
Ya menos encandilada les veo sus rostros sin gota de maquillaje. Y alcanzo a ver dos crucifijos de plata entre sus manos.
Me dicen entre sonrisas: “¡Somos misioneras del Espíritu Santo! . Venimos a apoyar la marcha por la vida. Aquí andamos, ayudando a mujeres y a sus familias para crear conciencia del peligro del aborto”.
-‘¿Ya está bien?¿Se siente mejor ?”- Me preguntan verdaderamente interesadas .
Yo lo estaba, solo me cansé mucho.
Es que acabo de salir de una enfermedad larga. Les explico un tanto apenada.
Ambas me abrazan.! ¡Pues que bien que vino a dar gracias en la marcha por la vida! Me dicen al unísono.
Mis parlanchinas salvadoras se levantan de un brinco.
Ni cuenta me di cuando una me puso en la cabeza un paño azul mojado para la insolada.
“Pues a seguirle muchacha que viniste a marchar y no estar sentada”, me dicen mientras se alejan.
Y como llegan, se van.
Ante mí, familias completas llevan pancartas. Pasa un contingente con flores blancas y pancartas de no nacidos. ¡A favor de la Vida gritan a todo pulmón!
Artesanos de todos lados están aquí. ¡Muchos, muchos mexicanos!
Veo a dos señoras muy arregladas. Quiero entrevistarlas, pero van absortas en su platica.
-“Mi marido hablará con el Góber. ¡Mira que hacernos esto! ¿Cómo puede hacer oídos sordos?
Mira cuántos somos y de todas las zonas de aquí de Guadalajara . Creí ver a los Ferreira. También andaban los Toledo y los Domínguez. Si los vi bien.
¡Si también los Lucke!
Yo creí que solo vendrían monjas, curas y abuelas, -le dice la otra-.
Jajaja, (ambas ríen).
-“Nombre comadre si estamos de todo. También estamos aquí las empresarias”-.
“Si comadre. No podemos estar ausentes de esto”.
-“No comadre, no podemos “.
Voltean a verme y me siento apenada.
¡No nos saque foto por favor!, me dicen educadamente.
-“Venimos a apoyar y no hacer publicidad de nuestras causas, aquí somos solo mujeres a favor de la vida” .
No señora, les aseguro que no.
-“Isabel lucke y doña Sara Pulido de Souza. Eso sí ponga porque queremos que cuando muramos estén en los periódicos nuestros nombres.
Y que sepan que ya viejas entendimos que los nietos son el mayor regalo de Dios”.
-“Si, que sepan comadrita , que sepan”-.
Se ríen conmigo y se alejan.
Ya casi llegamos al lugar del cierre de marcha.
Dos jóvenes oficiales hablan:
-“¿Sin incidentes comandante?”
-“Sin incidentes”.
¿Saldo blanco entonces?
-“Saldo blanco”.
¿Eso pongo en el reporte?
-“Ponga eso”.
Ni me ven. Absortos están. Me alejó y miro a lo lejos el contingente blanquiazul.
Ese mar de héroes anónimos que hoy marcharon por la vida, para darle a la nación un poco de esperanza.
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