
Por Manuel Gutiérrez
La F-1 tiene un panteón de enormes figuras del automovilismo, muchos pilotos notables, algunos de ellos en pleno triunfo, otros estaban recibiendo la herencia de la corona cuando el Destino jugó sus cartas y siempre ha tenido la mano definitiva. Esta la historia de Francois Cevert.
El rey Sir Jackie Stewart, el escocés monarca de la F-1, había encontrado a un digno sucesor. Este fue el refinado piloto Francois Cevert, una promesa del deporte galo y un aspirante a la corona mundial de la F-1. Cevert no corría por dinero, aunque era profesional. Era heredero de una aristocrática familia judía- francesa con bastos recursos y una cultura espléndida.
Personaje del renacimiento, Cevert pasó su vida desarrollando sus capacidades como un diamante, pero una de ellas era el gusto por la velocidad, su calidad así como sus recursos lo situaron en la F-1, en que Jackie Stewart, con su corona escocesa regía el mundo de las carreras en plena era de los Tyrrel, que comenzaron como March-Ford.
Cevert llegó sin apuro a la Fórmula Uno, paso con 8 autos F-2 a completar una parrilla en el GP de Alemania. Llamó la atención, luego ganó una promoción “El Volante Shell” que la petrolera ofreció de dar una temporada al ganador al lado de Stewart, todo caído de arriba.
No sufrió como otros temeridades o privaciones para llegar, el puesto vino a él, tuvo un toque dorado. De hecho, un adivino leyó las cartas y le dijo que ganaría la oportunidad Shell, pero que moriría antes de los 30 años y acertó por desgracia.
Su fama, su carisma, una imagen de modelo varonil, que hubiera podido hacer pasarelas para Dior o para Hermes, o cualquier casa de alta moda masculina, era la conjunción del humano que había recibido todo: Salud, perfección, dinero, idiomas, familia, arte, una actitud educada en su trato y era un solicitado amante de las más bellas mujeres.
Fue un pianista consumado, con más de una década de estudio riguroso y sus biógrafos aseguran que podría presentarse en cualquier renombrado sitio de conciertos, por su maestría en el piano, al que dedicó más de una década de estudio riguroso y placentero, hacía sonar divino a los grandes maestros como Beethoven, Rachmanninof y obviamente esto impactó naturalmente al sector femenino que encontraba que en las carreras estaban compitiendo seres angelicales, su carisma vencía todo. Otro ángel sería Helio de Angelis, la F-1 era pletórica de apuestos pilotos.
Nunca le quiso ganar a Stewart por respeto, aunque era más rápido. Cevert respetaba las formas y creyó que podía esperar su tiempo.
Por ello no acumuló más grandes triunfos en F-1. Pudo pasarlo en Nurburgring, Alemania pero no lo hizo.
De su actitud, el escocés le tomó gran afecto, no rivalidad, su relación y su confianza crecieron, era un amigo, un discípulo, en quién podía creer en un mundo tan cruel como la F-1 en que todo es ganar.
Cevert iba a recibir el trono, en forma elegante y suave, así de afortunado: La F-1 se rendiría al Príncipe.
Ya le había confiado Steward que se retiraba en la carrera número 100 en Nueva York, ya era campeón en Monza, y Tyrrell quería sumar el título de equipos así subió a Chris Amon, en un tercer auto para ganarlo todo.
Stewart lo describe en su libro “Ganar no es suficiente” escribió: “Tenía una presencia impresionante, era una persona especial que todo mundo quería conocer. A su encanto natural sumaba una férrea determinación para trabajar muy duro y convertirse en el mejor piloto que podía ser.
“Algunas gentes lo consideraban un play boy, le gustaba vestir con estilo y una vez llegó a mostrar una presencia espectacular con un abrigo de piel hasta las rodillas y un collar de peces. Pero era mucho más que eso. Era mi hermano pequeño”.
Jo Ramírez, el mecánico mexicano también fue impactado por su personalidad, aunque estaba en McLaren lo admiraba.
Cevert no era blando, era sereno, enfocado, profesional y competitivo, el reino de Tyrell, la escudería azul, que se hizo famosa en los años 70 por usar un modelo con un doble eje en la dirección. Tyrell gozaba de un futuro prometedor y hasta Ferrari quería contratar al prodigioso Cevert que era leal a la causa azul.
Cevert ganó en Watkins Glen, N.Y. en Gran Premio en 1971 único en su vida y en 1973 se preparaba para hacerlo nuevamente.
Era un sábado por la mañana, del 6 de octubre, el Príncipe Cevert salió en el Tyrrel, dispuesto a dar todo, que manejaba sus modelos con un doble cero y otro digito, 006 con el motor 066 de serie y con número 6 de competencia, y se lanzó ya que deseaba lograr el cetro real que era para él, estaba en 4 lugar de la parrilla. Stewart y Tyrrell se retiraron de las carreras, Stewart con 99 participaciones, un doble seis invertido, nunca llegó al centenario.
En las eses se estrelló desbaratando en forma impresionante su persona y el Tyrrel partido en dos, las barreras de metal de contención del circuito que se usaban entonces en circuitos y carreteras, actuaban como cuchillas. Stewart investigó a fondo la causa del accidente, también años después Lauda que se impresionó por esta muerte.
Cevert entró en tercera, a altas revoluciones para tener una salida con todo, hubo un bache y el Tyrrel se volvió inestable, de hecho en Tyrell todos lo sabían, pero de todos modos lo hicieron auto ganador, pero podía ser imposible de controlar.
Bastaba un leve exceso, o darle demasiada confianza, para que el auto azul, cobrara caro el lance.
Entró la física y el resultado inevitable. Stewart no alcanzó a decirle que esa curva la tomara en cuarta, suavemente, pero no liberando todo el poder, como lo obtenía en las revoluciones en tercera en que obtuvo más velocidad, pero se perdió el control y la estabilidad, no era humano dominar un Tyrrel que construía sus propios autos, perdido en unas curvas, rebotó hasta tocar la otra barra, en que todo quedó en pedazos y fuego.
Ken Tyrrel se quedó sin el piloto número dos de una trayectoria que estaba diseñada humanamente para hacerlo rey y la personalidad brillante y el bólido azul, se redujeron a una columna de humo negro, el príncipe elegante se fue, sin haber sido coronado.
Calidad la tuvo, ganó un segundo lugar en Le Mans, con Matra Simca, en 1972, con un equipo neozelandes. No sería el último en la tragedia. Fue nombrado en forma póstuma “El atleta del año”.
Francois Cevert, fue un gran golpe para Stewart, por sus grandes cualidades humanas nunca lo pudo olvidar. En Zandvort, Holanda, Cevert lo alcanzó pero frenó bruscamente y se puso detrás de Stewart cuyo vehículo apenas podía terminar la carrera.
En la meta Stewart, le dijo “Idiota, porque no me adelantarse, cometí un error, era tu carrera” y Cevert contestó “No puedo ganarte de esa forma”. Ahí nació una amistad y respeto que hicieron que Stewart entregara el reino de la F-1 a Cevert, pero el destino dijo que no.
Watkins Glen, una pista nacida en 1948 y habilitada para la F-1, comenzó mal con un accidente en que murió un niño de 7 años atropellado. Había quedado el circuito para el olvido cuando la F-1 se alejó y sólo quedó para prácticas privadas como sede del equipo Glickenhaus, del Mundial de Resistencia, pero NASCAR lo consideró adecuado como sede y regresó al calendario. Watkins Glen en Nueva York, sigue vivo, como el recuerdo de Cevert.
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