
Por Manuel Gutiérrez
Inmersión a tiempos pasados. En el automovilismo se denomina objeto de culto a los vehículos cuyos desempeños, registros o hazañas deportivas, o calidad superior merecen ser resguardados, buscados por los coleccionistas, pero mejor aún utilizados en las pistas, carreteras y calles, con hazañas inolvidables, unos de ellos fue el SuperBee, pero también estuvo el Ford, con el Thunder y el Mustang, y por otro lado, Renault 12TS, porque desde entonces escogías: Poderío brutal americano, masa y rugido, o tecnología europea, rápida, ágil, con un canto más refinado pero con desempeño total.

Eran los 70 en México. Un bisoño reportero fue invitado por el Club Automovilístico Santiago AC (CASAC) a asistir acompañando al organizador, presidente, y adicionalmente control de tiempos del evento, un hombre orquesta que además atendía al único de la prensa que respondió al llamado, a una competencia de ese género muy desconocida para mi entonces, y ese era César Coll Carabias.

Cesar se presentó a recogerme puntualmente en La Minerva, con un SuperBee Naranja, y me comenzó a explicar que un rally se conforma de etapas de velocidad pura, otras de regularidad se determinan por la precisión de paso a un tiempo dado por un punto determinado, lo que se regula con controles en cada etapa, y finalmente etapas libres, que por logística sirven para mover todo un circo rodante que tiene que reubicarse para seguir el evento.
Primero enfilamos a la carretera a Saltillo, y César comenzó a manejar a 90-100 en ese descenso, confieso que era fascinante, preciso. De hecho se hizo un recorrido bastante largo hasta más álla Ixtlahuacán y luego de regreso, otra vez Guadalajara y salimos a Vallarta.

Poco a poco comencé a comprender lo que pasaba.
Primero con radio de onda corta sintonizaban una estación de Hawaii, que daba el tiempo al segundo y hasta con décimas. Con ello sincronizaban todos los relojes, todos los cronómetros, la hora oficial del rally, todos los odómetrosinstalados en los autos de competencia, más la libreta de ruta, daban un control por metro de recorrido si lo deseabas.
En ocasiones ser control te obligaba a correr más que los competidores porque tenían que aprovechar las ventanas para adelantarte y esperar al rally y registrar con cronómetro hora de paso. De los retrasos, adelantamientos, sancionados o paso preciso, iba generando el ganador.
La ruta a Vallarta se convirtió en una carrera de 24 horas, a un ritmo frenético, en que solamente comíamos empanadas y refresco. César, pasó a explicarme del automovilismo sus teorías personales: La importancia de los mandos intermedios en las empresas – entonces trabaja en Euzkolacomo gerente-, llegaría a Alcalde de Guadalajara por el PAN, sus teorías capitalistas de economía factibles de aplicar en el México en el campo para una productividad, y un entorno favorable a la iniciativa privada, a la libertad frente a los totalitarios de siempre, así que lo entendí perfectamente.
En realidad coincidía con todo con César excepto en un detalle mortal: Era Pan y yo era PRI, y yo tenía un trabajo gracias a Gamaliel Ramírez, del PRI, muy inquieto en la Liga de Economistas, y en Educación Física del Estado, que regenteaba unidades deportivas, deporte de alto rendimiento y incluso el INDE, un instituto creado en la era López Portillo, para apoyar estos eventos, todo el universo deportivo se manejaba ahí antes de crear el CODE.
Dado que pasaba de un escenario deportivo a redactar boletines políticos en cierto momento, yo era víctima de Emilio Uranga, el gran filósofo, con sus teorías de “Nacionalismo Revolucionario” que dominaba para comer cuando cambiaba el escenario.
En todo estuve de acuerdo con César, pero para miingenuidad integral y ética, estábamos distanciados, en esa época era pecado cambiar de camiseta deportiva, mucho más de colores políticos. Así que sentí que no podía fallarle a quiénes me dieron empleo.
El rally se corrió durante todo el día, bajamos y subimos Plan de Barrancas no se cuentas veces, el SuperBee se convirtió en 6mil rpm y 240 kilómetros por hora, con paisajes borrosos a los lados, un despliegue de maestría, de liberación, de un sentimiento de placer, de seguridad.
En los altos estratégicos, conocí a los monstruos sagrados del rallismo: Roberto Arnstein, Nacho Lulka, Sergio González (Rolando el Furioso) Luis Vázquez Lecanda, un navegante preciso más que una computadora y que aguantaba la presión de todo, Frank Name, todos los nombres de leyenda de esa época del rallismo, de los aristocráticos CAF y RAC, de la Ciudad de México y muchos más.
Arnstein usaba un Chevy Rallye amarillo, pero si levantabas el cofre. “No se veía el suelo” era un NASCAR disfrazado. Y así otros modelos como Javelin AMX, Rambler Cola Mocha Rally, Mustang o Fairmont, de Ford, y uno que otro SuperBee, pero comenzaban a surgir los Renault 12 luego que suplieron el básico 4 ojos de R-8, una máquina de guerra barata de la época.
Esos pilotos imprimían un ritmo infernal y la competencia era a un nivel que no podía creer.
Lo que soñaba lo estaba viendo. Lecciones de ritmo, control, trazo, con esas fabulosas máquinas. Posteriormente en otro rally Agustín Melgar Fluchaire, se convirtió en el hombre que más rápido en bajar y subir a San Cristobal de la Barranca, con un Bee amarillo, poderoso que manejaba como en otra dimensión el auto era percetible desde lejos, aullaba, rugía, algo poético no creo que nadie haya logrado su tiempo en ese etapa nunca.
Llegó la noche, y estábamos en la sierra, porque subimos de Melaque a Puerto Vallarta, los rallyes de la época era agotadores, extremos, maravillosos.
Nos detuvimos en medio de la selva, Coll uso los hielos derretidos para lavarse la cara, estirarse y despertar. Preguntó la hora, y dijo, tendremos que cancelar esta etapa, no alcanzamos a llegar ya viene el rally.
Nunca supe porque dije lo que dije: “Estamos a tantos minutos –dado que estamos a tantos kilómetros, si promediamos unos 100 KMH, creo que si alcanzamos…” Me habían contagiado de ese virus incontrolable de la velocidad. César lo ponderó y dijo: “Vamos a darle. La soledad de la selva con el sonido del SuperBee devorando asfalto en la noche, nunca la voy a olvidar. César parecía fresco, si, si, vamos a alcanzar, luego encontró donde parar y procedimos a montar el control.
Llegamos al Holiday Inn Vallarta, probablemente uno de los mejores de esa época. Confieso que no había visto hospedajes de 5 estrellas. Coll me ofreció usar la tina ( Loque nunca había hecho, y me quedó dormido como 2 horas, hasta que el agua estaba fría) luego de retire a dormir.
Muy temprano, Coll tocó a mi puerta armado con su traje de tenis, y sus raquetas para invitarme a pelotear. Pero no sabía nada tenis, y decline, para lanzarme sobre el buffet, tampoco muy usual.
Había gente amistosa en el CASAC uno de ellos era Joaquín Koloffón, con quién hicimos posterior una presentación de F-1 en Holiday Guadalajara, pero confieso que me dejéllevar por mi mente famélica, y me quedé con su parte de lo recibido como gratificación. Sin él, hubiera sido un estruendoso fracaso siempre lo lamentaré, gran persona me deje llevar por ideas proletarias.
Koloffon hizo un rally memorable, uno a Mazatlán, que comenzó con una etapa en el autódromo Jalisco, en que desde las 9 de la noche y en la oscuridad se hicieron etapas de velocidad, para salir por la terracería rumbo a Mazatlán, pero encontraron una tormenta tropical, que ya amenazaba esa misma noche, pero todos salieron a la aventura sin dudar,y se dice que fue el rally más complicado de correr que hubo sobre la faz de México, pero todos volvieron desafiaron la selva de Nayarit, se metieron no se dónde, pero nada doblegó a los rallistas dijeron que era un Camel Trophy, en referencia a los rallies salvajes de la época por tierras agrestes.
Regresé al Diario, con un mar de datos sobre la vivido, hice una narración emocional, en que figuraban las empanadas que nos mantuvieron 24 horas. Algunos rallistas me la muestran entre sonrisas. No sé si llorar.
Pero era muy verde. Y lo peor no había resultados porque en ese tiempo se tardaban en integrar los resultados. Hoy las compus, hacen más simple todo. Es decir, cubrí un evento sin saber quién lo ganó y eso no lo entendía ni Jaime García Elías, que consideraba que el automovilismo era medio loco. El presidente del Club Zapopan, Javier Reynoso Schmidt y Mario Gómez Llanos, que organizaban carreras en el Jalisco, acabó de convencerlo el períodico patrocinó y tuve “All Acess” para ver todo por dentro, Jaime decía que todos estaban locos. El Zapopan tenía un escudo de Alfa Romero, con fondo verde, morado y amarillo.
Sobreviví a Paco Fierro, al ODAAC, AMPAC y al naciente imperio de Michel Jourdain.
Seguí en contacto con ello, luego CASAC se dividió y nació el ARCO, en que estaba Oscar Sólorzano y otros amigos, finalmente no había tantos rallistas así que todos al final se apoyaban. ARCO organizó un rally Ruta del Sol a Barra de Navidad, llegando a Cabo Blanco, fui, fue una sinfonía de alto rendimiento, pero a lo europeo, dominaban los Renault, y se manejaban con un arte.
Oscar me explicó: “En esto tienes que demostrar que eres piloto, no charlatán, no mecánico, eres PILOTO y que estamos en otra liga, somos la parte alta de las especie, por encima de todos. Si piensas así, puedes ganar. Aquí en el rally no hay público, pero me juzgo compito conmigo mismo”.
La mañana siguente, vimos en tele abierta en el desayuno, la F-1, eramos pocos, los que nos importaba. Eramos iniciados.
Había comenzado un camino, que abrió Guillermo “Ciego” Domínguez, que se invitó a subir a su infernal GTS, y a escuchar sus narraciones, exageradas graciosas, pero me hicieron sentir que era un mundo al que no debía ser ajeno y sólo conocía por lecturas, posters, cine como Le Mans.
Vendrían después, Miguel Angel Romero, me dejó manejar su Cheyenne 440 en el Jalisco, Claudia Fregoso, El Socio, Alfredo Castillo, Juanito Ramírez, Jorge Cisneros, CaffazoGaribay, Salvador de Alba “Copetón” que me dejó manejar su Golf “Pro”, una constelación de gente amiga, buena, que no puedo citar, todos grandes, que fue nutriendo a un nivel reportero que se volvió adicto, todavía no surgía la leyenda de Hugo Desdier.
Conocí a los Jaime, incluso vi la más mortal carrera en el Internacional, entre Toño Garibay y Roberto Rocky, una carrera de alarido, con los areneros, al borde de la muerte y que terminó en un accidente fuerte para el padre de Checo.
Vino Tomás López, y su era internacional y de organización. Lo cierto es que el rallismo hizo profesionales a los pilotos de pista, todos cambiaron para bien.
Todos se profesionalizaron en un deporte que demanda mucha seriedad en cada detalle, concentración y ciertamente hay un punto en que olvidas el miedo y no te importa pasar como cohete entre abismos porque vas absorto disfrutando la física de la curva sin miedo con el tiempo como detenido.
Muchos probaron los rallies, si, también estaba Sebastián Ocaranza,y Jorge de la Huerta, infaltables Maestros.
Hoy, César Coll , Luis Vázquez, Nacho Lulka, Arnstein, Sergio, campeón nacional Ford, con un Thunder, llevando a los objetos de culto, al máximo, gozando, arriesgando, viviendo, son parte merecida del Salón de la Fama delRallismo de México, hoy son leyendas con las que conviví. Un honor que no sabía.
Incluso conocí a los próceres Hermanos Julián y José Abed, que siempre contestaban el teléfono de noche. Fueron condecorados al máximo por la FIA, grandes pilotos rallistasy organizadores, amables gentes, también están en la Fama.
Hoy veo la Congoja y el Rally de las Naciones, el rallismosigue siendo el mismo, la forma de evitar que la vida moderna te consuma con tonos grises, porque la velocidad llena todo de color, sólo que ahora lo televisan y es fenómeno increíble en Guanajuato o en su versión de la Panamericana, un rally de velocidad de una semana,
A ese extremo, Guillermo Domínguez, ingeniero, por su sabiduría de artes marciales y armas, y ser piloto paso a la PFC con su Bee y después a la PGR participando en lances que no vienen al cuento. Todavía hace poco lo veías en domingo enfilarse a los altos, remolcando su inseparableGTS para buscar alguien con quién apostar algo, pero sobre por correr arrancones, una estrella errante del automovilismo, con primer anuncio de Tintorería Texas, que por gratitud siempre dejó en el fuselaje. “No es el carro, es el mono, siempre el mono y la varilla eskanderian” dijo y tomó mi carro un Chevelle 65, y ante mi espanto lo convirtió en un bólido, la varilla iba del acelerador al huevo derecho del conductor, yo temía quedarme a pata.
Ellos me hicieron. Esto es reflejo de lo que me dieron,fustigué a Ernesto Zoydo, pero me gustaría honrarlo, o mi pasión por la Copa Marlboro, con la FK a la que asistía saliendo de madrugada con Romero, en un Tsuru Pony II, para regresar a tiempo a la redacción, parece un sueño, domingos largos. César Coll comenzó todo cuando fue al Diario por un reportero bisoño.
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