Por Amaury Sánchez
¡Ah, Trump! Ese hombre que parece salido de una película de los 80, con su peinado imposible y su eterna cara de “yo tengo la razón”. Pero detrás de sus arrebatos en redes sociales y sus amenazas a diestra y siniestra, hay un plan mucho más elaborado que simplemente querer “ganar” una guerra comercial. No, amigos, lo de Trump no es solo una cuestión de tarifas y acero; lo que él realmente quiere es regresar a Estados Unidos a su época dorada de producción industrial, cuando las fábricas echaban humo y los trabajadores estadounidenses llenaban los suburbios con sus Chevrolets recién comprados.
Porque, seamos honestos, el tipo no está loco (al menos no completamente). Los aranceles que impuso al acero y al aluminio no son simples berrinches proteccionistas; son parte de una jugada maestra para forzar a las empresas a decir: “¿Saben qué? Mejor regresamos a fabricar en Detroit antes de que este hombre nos cobre hasta por respirar”. Y ahí está el truco. Trump no quiere solo proteger industrias; quiere revivir la manufactura estadounidense a golpe de tarifas y amenazas.
Veamos el tablero: Canadá y la Unión Europea reaccionaron rápido con sus propios aranceles. Canadá le dijo a Trump: “¿Nos vas a cobrar por el acero? Pues ahí te van tarifas sobre computadoras y equipos deportivos”. La UE hizo lo mismo, pero con ese toque elegante y frío que solo los europeos saben dar. Y Trump, lejos de asustarse, salió con su típico “pues ahora se aguantan porque les voy a cobrar más”. Vamos, esto es una especie de guerra de “a ver quién parpadea primero”… pero con miles de millones de dólares en juego.
Pero Trump sabe lo que está haciendo. No es casualidad que haya puesto la mira en la industria automotriz canadiense. Si logra que las fábricas de autos empiecen a mudarse de Ontario a Michigan o Ohio para evitar los aranceles, habrá ganado mucho más que una pelea comercial: habrá logrado reindustrializar Estados Unidos. Si las empresas empiezan a ver que es más barato producir en casa que importar, Trump se pondrá la corona de “el salvador de la industria americana” y, créanme, eso pesa en las urnas.
Claro, esto tiene sus riesgos. Para empezar, los precios de productos básicos van a subir. Si las empresas estadounidenses tienen que pagar más por el acero y el aluminio, ese costo se trasladará a los consumidores. ¿Resultado? Un auto más caro, una computadora más cara, una lata de cerveza más cara (¡esto sí es una crisis nacional!). Y si Canadá y la UE siguen devolviendo el golpe con sus propios aranceles, las exportaciones estadounidenses podrían estancarse. Pero Trump está apostando a que el beneficio de traer la industria de vuelta a casa será mayor que el daño a corto plazo.
La clave aquí es que Trump está jugando a largo plazo. No le interesa solo el intercambio comercial de este año o el siguiente; le interesa dejar un legado donde Estados Unidos vuelva a ser un gigante industrial. ¿Que se enfadan los canadienses y los europeos? Bueno, siempre habrá una manera de “negociar” después (con más amenazas, claro). Lo importante es que las fábricas regresen, los empleos vuelvan y las barras de acero vuelvan a relucir en las fábricas de Pittsburgh.
Entonces, ¿es una guerra arancelaria o una estrategia industrial encubierta? Pues las dos cosas. Trump ha encontrado en los aranceles la manera perfecta de presionar a sus rivales comerciales y, al mismo tiempo, de convencer a las empresas de que el mejor lugar para hacer negocios es en casa. Es una jugada arriesgada, pero si le sale bien, Trump no solo habrá ganado la guerra comercial… habrá cambiado las reglas del juego económico global.
Así que, mientras el resto del mundo intenta descifrar qué demonios está haciendo Trump, él sigue con su sonrisa de “yo sé algo que ustedes no”. Y quién sabe, tal vez al final del día, cuando veamos las fábricas funcionando de nuevo y las chimeneas echando humo, descubramos que este loco… no estaba tan loco después de todo.
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