Por Manuel Gutiérrez
Era un domingo extraño en 1971. Ese día no hubo futbol y algo cubrí temprano de deporte, y fui a la redacción de El Diario, a la zona industrial, periódico de la familia González, que estaba en lo que hoy es una sede de la Fiscalía del Estado y fue también destilería. Extrañamente, estaba ahí el jefe de deportes, Jaime García Elías, que también fue a anticipar algo, aunque solo en la tarde/ noche terminaríamos la edición.
Jaime era el maestro de Héctor Huerta, el talento de ESPN, de Eduardo Corona, ahora convertido en un cronista del periodismo Jalisciense, así como del reportero Daniel Rodríguez, que me sorprendía porque era capaz de hablar a Nueva York para traer nota directa de Flushing Meadows,NY o a Cuba en dónde estaban concentrados atletas mexicanos y traía todo el rollo del futbol, era alter ego de JJ. Morfín, talentoso reportero del Esto que falleció en doloroso accidente truncando una exitosa carrera.
Jaime García Elías, disciplinado, serio, concentrado, era un jefe exigente y preciso, pero tenía paciencia porque entonces escribíamos en cuartillas de papel, con pasante, y corregía mis errores gramaticales de todo tipo llenado de corchetes, elipsis y enlaces las hojas que quedaban irreconocibles, que pena. Si sufría pena, pero nunca pude corregirme, escribir mucho y malo, rápido y emocional es lo mío, más que analítico yo me decía: Lo rápido disimula lo malhecho.
Jaime tenía paciencia con nosotros, con Héctor Huerta, la estrella, hoy talento hoy de ESPN se vinculó hasta el compadrazgo. El Diario murió un buen día, Jaime emigró a Notisistema en que se hizo estrella, pero ya era un cronista de futbol consagrado, corresponsal nacional de Ovaciones y otros diarios nacionales.
Ese domingo sin fut me invitó a asistir al Teatro Degollado, y acepté. Fuimos en su legendario VW verde pálido con motor de 1.2 un sedán legendario que estalló, cuando Jaime fue a cubrir un partido a León, Guanajuato. Puso un pistón de recuerdo, para cenizas.
Jaime, dominaba muy bien el portugués, el inglés, y realizó un viaje prolongado a Brasil, adquiriendo mucha cultura de futbol, de Armando Nogueira, y Ney Blanco era un interlocutor frecuente en la redacción. Una cultura precisa y enciclopédica.
Ciertamente era exigente en sus notas de futbol, pero nunca como era de crítico de música, que tal vez como un plus, hizo para El Informador, en que fue diariamente columnista de asuntos de la localidad y de cultura.
Jaime era un experto en ópera, fan de Luciano Pavarotti, y era inevitable cuando te daba raid porque terminábamos noche, hacer los trayectos con música clásica u arias de óperas de Donizetti, Gunod, Verdi, Puchini, el conocía a todos.
Su verdadera debilidad era el barroco, con Arcángelo Corelliy Albinoni, un experto que vivía su día rodeado de música. Su casa estaba tapizada de dos cosas: todos los discos alemanes Gramofón, de Alemania, con todas las obras de Von Karajan, Zubin Metha y miles de libros de todo, incluso de ciencia jurídica, porque hizo la licenciatura en derechopero prefirió el periodismo.
Por tanto ese domingo sin futbol, estaba el concierto de la Sinfónica del Estado de México, en 1971 con Enrique Bátiz, Jaime estaba determinado a asistir.
Llegamos al teatro. Me impresionó hasta la búsqueda del tono de los diferentes instrumentos, era como un concierto disperso.
Finalmente llegó la hora. Pero fuimos unos treinta espectadores en el Teatro ese día.
Enrique Bátiz, salió y optó por ser Enrique Bátiz: Tocó como si el teatro estuviera lleno o fuera el Royal Albert Hall, de Londres. Mi memoria fotográfica no falla todavía como si hubiera sido hace una semana.
Mi referencia fueron las expresiones siempre adustas de Jaime García Elías, tras de sus gruesos lentes horizontales,estaba satisfecho, entre lo que recuerdo del programa estuvo La Danza de las Horas de Ponchielli, e hice referencia a “Fantasía”, de Disney por las corretizas de Cocodrilos y gordas Hipopotamos. Jaime me corrigió y dijo que era un error asociar filmes u otros factores a la música, pero era mi naturaleza torcida y no imaginamos el mundo del futuro.
Terminó el programa. Bátiz se dirigió al escaso público, luego de haber felicitado a sus ejecutantes que se pusieron de pie, y señaló los méritos de cuerdas y de alientos. Y dijo: “Somos pocos los asistentes, pero tenemos el corazón lleno de música, así por ustedes ofreceré la obertura Fantasía de Héctor Berlioz”.
Pese a que eramos pocos, eramos entusiastas y tal vez eso le agradó.
Regresamos, y la música seguía sonando, en el interior de mi cabeza, porque el impacto de sonido de una orquesta sinfónica en vivo nunca lo había sentido, me dio Jaime un viaje a mi casa cerca de la vieja central.
Hoy Enrique Bátiz está en la eternidad y el Centro de Artes, escribió una esquela sobre su carrera notable: “Enrique fue un apasionado que se entregó a la música, en cada nota que tocó, en cada alma que inspiró”. Es cierto, yo soy una de esas almas. Comprendí que la cultura necesita que te la enseñen, que te introduzcan en ese mundo.
Y hoy a los años debo agradecer a Jaime, su deferencia sumada a sus enseñanzas que nos marcó a todos por siempre.
Luego nuestro periódico murió, y nos separamos, por distintos caminos, Jaime fue estrella de la radio en Notisistema, hizo humorismo entre Bromas y Veras, como crítico hacía reseñas de tal o cual presentación del Degollado, de los solistas y directores invitados y titulares que escuchaba, ya en El Informador en que llegó como columnista consagrado.
Sus columnas eran en extremo exigentes de calidad. Una vez criticó a una sinfónica visitante, que tocó sin ningún error. Pero para Jaime faltó algo importante: El fado. Es algo así como la sensibilidad y la emoción del interprete y del director, y recuerdo que lapidó el asunto: Tocaron las notas, no la música, faltó el fado. –Sopas-
Nunca en futbol, y era severo… llegó a exigir tanto, aunque alguna vez dijo de un empate cero a cero: “Fue un poema de partido” porque ninguno cometió un error y fue un dechado de táctica y estrategia, pocos lo habrán entendido así.
Porque la música para él es un tesoro de vida, fui afortunado de conocerlo, en merecer abundantes amonestaciones y miles de correcciones que no alcanzaron a cambiarme, aunque algo mejoré y todavía sigo y es de nobleza, dar las gracias a ambos, a un director que nunca volví a ver y al maestro Jaime, de vida y periodismo.
Ya me completaría Don Juan Sánchez Medina, un diletante y artista y gracias a ellos pude vivir de esto un buen tiempo.
Bátiz siempre estuvo vinculado a la OSEM, y logró dirigir laReal Orquesta Sinfónica de Londres, en una larga estanciacomo director huésped. Y eso en Europa es superlativo. Su segundo apellido es Cambell, hermano de Javier tambiéncélebre en rollos culturales.
Fue un niño prodigio y debutó con un concierto de piano a los 5 años, nacido en 1942, siempre con un sello de excelencia y ayudó a cimentar la Orquesta Sinfónica de la U. Autónoma del Estado de Hidalgo.
Su amor fue la OSEM con la que estuvo de 1971 a 1983, y de 1990 al 2018, en que el Parkinson lo obligó a retirarse. Su batuta muy respetada y temida por su alto nivel de exigencia, desde su debut con la Orquesta Sinfónica de Xalapa, que dirigió 1968. Enrique estudió música en Francia y Polonia.
Dijo a la Jornada: “Llegué a la madurez sin importarme quién se dé cuenta. Quiero que esa experiencia quede plasmada, entiendo mucho mejor ahora que hace 30 o 40 años para que es un ensayo, y he tenido que trabajar mucho para lograr eso, porque soy producto más del trabajo que del talento”.
Creo que fue muy trabajador, constante y exigente, pero estaba tocado del don especial que hace comprender ese arte especial era un privilegiado de alto nivel.
Por Jaime entendí que cada concierto es único, es irrepetible porque son tantas las variables que pueden cambiar su ejecución, aunque la obra siga siendo la misma, no hay dos conciertos iguales, lo que en la pintura queda para siempre igual, si no se altera por el paso del tiempo. Armando Morquecho me puso a escribir de pintura y entrevistar artistas plásticos…otro maestro.
Y gracias a ello, comprendí a Enrique Bátiz.
Mi primer inolvidable concierto y mi alma había quedado perturbada, nunca aprendí de música, pero me atreví a escribir de músicos, no de música, porque de entrada mi oído no es tan fino y admiro mucho a los músicos escribo de los seres humanos no de los pentagramas.
Pero eso se convirtió en parte del equipaje de mi vida, por eso ahora que 11,500 espectadores corean a los Alegres del Barranco, con sus corridos tumbados, me entristezco, pero ellos no tuvieron la fortuna de ser discípulos de Jaime García Elías, maestro de cine, de futbol, de elevada cultura, humanismo y selectas posiciones de vida, de estudiar y de querer ser alguien preparándote para llegar, aunque no llegues, la cultura te da felicidad.
Ellos no aprendieron nada, aunque vayan a la escuela, les falta mucha riqueza personal de civilización, de cultura, de muchos libros no de texto. Y así, el que no conoce a Dios a cualquier burro se le hinca.
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