Por Manuel Gutiérrez
Al terminar la anterior entrega, una línea me golpeó: Como Stalin, Putin trata de restaurar el imperio soviético. Es un hallazgo, porque es la verdadera causa de la guerra: la codicia de anexarse territorios, de volver a ser el principal país del mundo y controlar la economía, la guerra, la política en todo el planeta.
Vladimir Putin desea recuperar parte de Europa que perteneció al antiguo imperio soviético, aunque sin “soviets”, con consejos de trabajadores armados que ejecuten la revolución en todo el mundo. El origen de todo está en el ultranacionalismo que abrevan los rusos en sus historias, símbolos, en sus guerras pasadas, en las grandes zarinas y zares terribles como Iván, que fomentaron el sentimiento de grandeza, aunque cimentado en tragedias propias o ajenas.
Putin se aleja del concepto de la Internacional que propagaron Marx y Lenin, y los profetas menores o desviados. Lo que le importa es el DOMINIO MUNDIAL; se considera a sí mismo un iluminado de un nuevo orden que solo puede ser justo si Rusia lo controla.
Las intenciones territoriales son tres por ahora: primero Ucrania; luego la zona rusa del mundo árabe-islámico de Kazajistán, que hará un efecto dominó en toda esa lejana zona del centro y estilo europeo de Rusia, pero que consideran parte de su herencia. El resto es volver a tener a Europa en su puño, como en tiempos del Pacto de Varsovia.
Las diferencias culturales no obstan; para ello Putin reescribió la historia de Rusia, hizo su versión de “grandeza”, pero resaltando el protagonismo moscovita, su afán de unión, de destino universal y de destino manifiesto, dicen el Norte.
Es exactamente lo mismo, solo que el sistema de gobierno es de un caudillo y un aparato que unifica criterios por la fuerza, o los extermina, cosa que no tienen los Estados Unidos. Incluso carecen de una clara visión de imperio; han reaccionado con oportunismo y sacado gran tajada de dos guerras mundiales, de su poder militar-naval, de su capacidad para reconstruir a Japón, Asia y Europa a su imagen, pero media Europa estaba del otro lado de la Cortina de Hierro.
Entre los creyentes de ese destino manifiesto curiosamente no solo están los rusos, sino los vecinos de los países bálticos, los nórdicos y de Europa próxima, léase Polonia y Alemania, que consideran que eso es algo tan esencial como el trigo para el pan y que por ello dudan de las buenas intenciones de paz de Putin, que son inverosímiles, y toda su historia está forjada de confrontaciones territoriales con la Santa Madre Rusia, en un sentido u otro, desde los Caballeros Teutones hasta las guerras que sostuvieron en su turno con Suecia, Finlandia, Polonia y Alemania, en episodios que van a más de un milenio de historia.
EL HOMBRE, LA KGB Y SU IDEA
Putin nació en 1952, en el rojo mes de octubre, con una carrera de abogado que combinó con su adhesión total al aparato de control de fronteras, espionaje y contraespionaje, guerra psicológica, híbrida y sintética de entonces, la versión heredera de la NKVD convertida en tres siglas temibles: la KGB, con capacidad oculta pero operativa en todo el mundo, con infiltrados en el mundo árabe, en los ministerios de los países, con agentes activos entre los intelectuales y científicos, muchos de ellos sometidos por chantaje por sus debilidades morales que serían públicas. Se valieron de todo y sus operaciones llenarían de relatos sorprendentes a los amantes del género.
La lista de espías, colaboradores y traidores en Estados Unidos, Canadá, Francia, Inglaterra, Italia, España y México sería interminable, pero llegaba al corazón del mundo árabe, así como al Lejano Oriente. La KGB era una telaraña mundial con una araña devoradora de poderes.
Putin practicó judo a alto nivel. Las destrezas que le enseñaron en la KGB le añadieron cualidades; incluso habla varios idiomas, entre ellos alemán e inglés.
Pero su familia fue algo especial. Su madre era una obrera soviética, empapada de la gloria aparente que tenía ese rango en la URSS y sus discursos; su padre, en 1930, era marinero de submarinos y pasó a pertenecer a la NKVD. Probablemente fue comisario político en el submarino. Luego pasó a la Unidad de Destrucción de la NKVD, lo que significa que era parte de una orden mortal de eliminación de opositores, desafectos o sospechosos, en forma total.
Aquí entra otro factor poco estudiado por los analistas: se llama Eugeny Victor Prigozhin, su mejor amigo, que se dice “le salvó la vida” en un atentado no de Occidente, sino de otros grupos en disputa de poder en el Kremlin.
Eugeny (lo escribo así para facilitar la lectura) influyó mucho en la visión de Vladimir Putin, y él mismo hizo en escala la misma iniciativa. De proveedor de catering en banquetes oficiales, alardeó ante militares y oficiales de la KGB de tomar medidas radicales, dado que escuchaba temas confidenciales en las sobremesas y ofrecía soluciones normalmente violentas y ejecutivas para todo caso. Como reto lo probaron y resultó un monstruo, por lo que lo tomaron en serio. Dejó el catering.
Eugeny se enriqueció con su armada privada, a la par que siguió teniendo contratos clandestinos de la KGB, destacando su eficacia. Su concepto de poder, paralelo al de su casi hermano Putin, lo elevó al máximo, pero desató en él la misma ambición.
Con gran visión creó un ejército privado con capacidad operativa mundial y con recursos de la URSS y armas. Ellos eliminaban lo que podía darle mala fama a Rusia. Un grupo tipo Misión Imposible, incluso negado oficialmente, que actuaba en todo el mundo. Un poder descomunal que daba dinero a las arcas de Rusia y resultados sin mancharse las manos oficialmente.
Reclutó talentos de perfil inadecuado para la vida del ejército, pero mortalmente efectivos. Con ello llevó la bandera del interés ruso a conflictos tribales de África, a regentear minas de oro, pozos petroleros y diamantes, y a poner gobernantes al mejor precio y lealtad a Rusia. África sufrió ese azote, pero el alcance era mundial.
Con la invasión a Ucrania, el grupo mercenario de Prigozhin se destacó en diversos combates, pero los resultados no fueron los esperados. Incluso fueron adversos y, al perder más de la mitad de su gente especializada, puso el grito en el cielo.
En 2023, Prigozhin criticó abiertamente al secretario de guerra de Rusia y a otros altos funcionarios, acusándolos de ser culpables de sus pérdidas en Ucrania, porque finalmente le fue mal a Wagner. Culpó al Ministerio de Guerra y los llamó idiotas y traidores, y rozó el nombre de Putin.
Putin quedó incómodo, pero era su gran amigo. Lo aguantó, pero comenzó a vigilarlo más que nunca.
Pero en agosto de 2023, Eugeny se lanzó por la grande: con un grupo de 13 generales, algunos de ellos muy destacados, se lanzó a tomar el poder y a destituir a su amigo Putin, un golpe militar para cambiar a los ineptos, ganar la guerra y hacer a Rusia grande otra vez.
La situación propició duros combates en los que los Wagner y otras unidades rebeldes lucharon contra tanques, helicópteros rusos e infantería, ocasionando severas bajas, y marcharon rumbo a Moscú, que tembló al carecer de fuerzas cercanas para su defensa. Era un momento ideal, pero los aliados de Prigozhin no supieron ver la oportunidad.
Cuando estaba a punto de cambiar la historia, vino la traición. Generales clave, como Surovikin, jefe del Comando Aéreo y Terrestre, lo abandonaron, pidieron perdón a Putin y fueron retirados; otros siguieron el mismo camino. De los trece no quedó ninguno, solo Prigozhin. Los refuerzos llegaron y fortificaron Moscú; el momento se había perdido.
Eugeny comprendió que había fracasado. Putin se la perdonó por corto plazo, permitiéndole seguir al frente de Wagner, lo que hizo en África. La amnistía le duró menos de tres meses.
Pero a su regreso de operaciones sangrientas en África a su mansión en Leningrado, su ciudad natal, luego de repostar en Moscú, su avión jet privado Embraer 600 intercontinental fue alcanzado por un misil antiaéreo. Sabían quiénes estaban a bordo. Asunto terminado; incluso insinuaron que era un misil de Ucrania.
La versión oficial fue un accidente aéreo en el que el avión explotó por sí solo, por alguna falla desconocida. Putin cobró así el riesgoso momento en forma implacable. La historia estuvo a punto de cambiar para siempre; Prigozhin había enseñado sus cartas y era peligroso. Putin no deja grandes enemigos vivos nunca, lo cual es toda una lección de terror político, como Stalin.
Esta formación mental y anímica es lo que hace a Putin ser como es: un duro comandante, ajeno a la suerte de sus tropas, capaz de pedir sacrificios a cambio de alguna palmada en el hombro. Lo guía una férrea concepción de ser hombre del destino, algo parecido a lo que pasaba con Hitler.
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