
Por Mariana Navarro
“La IA promete abundancia material. Pero nadie nos garantiza abundancia humana.”
NO ES CIENCIA FICCIÓN. ES AGENDA GLOBAL.
La escena no ocurrió en una película, sino en Davos, en el Foro Económico Mundial, donde se discuten —sin metáforas— las decisiones que moldean el futuro inmediato del planeta. Ahí, Elon Musk afirmó que la inteligencia artificial superará la inteligencia humana individual antes de que termine 2026, y que hacia 2030 o 2031 será más inteligente que la humanidad entera.
No se trata de una predicción futurista. Se trata de una hoja de ruta: robots humanoides, centros de datos en órbita, energía solar ilimitada, automatización total de procesos productivos, domésticos y sociales.
La IA ya no es una herramienta.
Es una infraestructura de poder.
Y como toda infraestructura de poder, no es neutral.
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DE LA INNOVACIÓN TECNOLÓGICA AL REORDENAMIENTO SOCIAL
Durante años hablamos de tecnología como progreso. Pero pocas veces nos detenemos a observar lo que realmente está ocurriendo: no solo estamos digitalizando procesos, estamos reorganizando la forma en que nos vinculamos como sociedad.
La llamada “economía de la atención” fue apenas el primer capítulo. Hoy entramos en una fase más profunda: la economía del apego. Sistemas diseñados no solo para captar tiempo, sino para generar vínculo emocional, dependencia afectiva y sensación de compañía.
Investigadores del Center for Humane Technology lo llaman attachment hacking: el hackeo del sistema de apego humano. Chatbots que escuchan sin cansancio, que responden sin juzgar, que recuerdan lo que nadie más recuerda de nosotros.
La pregunta ya no es qué tanto nos observan las máquinas.
La pregunta es qué tanto las estamos dejando ocupar el lugar de los otros.
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EL DATO INCÓMODO: SOLEDAD EN LA ERA DE LA CONECTIVIDAD
Mientras se celebra la eficiencia, los indicadores sociales muestran otra cara: aumento de depresión, ansiedad, aislamiento, vínculos frágiles, comunidades cada vez más fragmentadas. Nunca estuvimos tan conectados, y nunca nos sentimos tan solos.
La inteligencia artificial promete resolver la escasez material. Pero no está diseñada para resolver la escasez relacional. Puede responder, pero no puede cuidar. Puede acompañar, pero no puede sostener. Puede simular presencia, pero no puede asumir responsabilidad.
El riesgo no es que las máquinas piensen como humanos.
El riesgo es que los humanos dejemos de necesitarnos entre nosotros.
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¿QUIÉN CONTROLA A QUIÉN?
Aquí aparece la pregunta verdaderamente política, la que rara vez se formula en los discursos tecnológicos: ¿quién controla esta nueva arquitectura? ¿Quién define los algoritmos? ¿Quién posee los datos? ¿Quién decide qué tipo de vínculo es el que se está promoviendo?
Quien controle la IA controla información, economía, guerra, cultura y subjetividad. No es una exageración. Es la nueva forma de poder global.
La tecnología dejó de ser un sector.
Se convirtió en el sistema nervioso del mundo.
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CONCLUYENDO
EL VERDADERO DILEMA DEL SIGLO XXI
El dilema no es técnico. Es ético, cultural y profundamente humano.
No se trata de si la IA será más inteligente que nosotros.
Se trata de si nosotros seguiremos queriendo mirarnos, escucharnos, tocarnos, sostenernos sin intermediarios algorítmicos.
Porque una sociedad puede sobrevivir sin escasez material.
Pero no sobrevive sin comunidad.
Y ninguna inteligencia, por más sofisticada que sea, puede enseñarnos a cuidar lo que una cultura entera empieza a dejar de practicar: el arte de estar con el otro, sin optimizarlo.
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