Por Manuel Gutiérrez.
Rareza. Zelensky habló directamente con Putin. El fondo del asunto, porque no se tienen datos de la llamada, fue: “Este es el peor invierno que hemos tenido en muchos años, quiero que dejes de atacar zonas habitacionales por una semana. Una tregua. Tú sabes lo que es un invierno así”.
Putin: “Acepto. Una semana. No habrá misiles ni drones, ni bombas voladoras”.
Por primera vez desde hace 4 años, los dos líderes acordaron algo. Porque estar en guerra a menos 30 grados bajo cero es algo infernal para los dos pueblos.
Ciertamente los ucranianos salen a jugar en el hielo y la nieve, encienden fogatas, asan lo que pueden, pero regresan a sus casas, que son bloques de hielo que cubren todo.
De menos queda una débil esperanza para la paz.
Porque van 2 millones de muertos. La proporción es de 1 millón 200 mil muertos de soldados de Rusia y sus aliados, que han perecido en la operación especial, que ya dura más de lo deseado.
Porque Ucrania tiene 600 mil muertos, es decir, mueren dos rusos por cada combatiente ucraniano, dado que usan mejor la tecnología y mejores estrategias de guerra.
Los 400 mil muertos restantes, de menos no se quejan del frío. Pero son civiles que perdieron un brazo, o una pierna, o toda la vida. Estando en el interior de su casa habitación, simplemente una explosión y el perro y el gato vuelan con los moradores, aun siendo niños; luego se incendia el domicilio y la muerte trabaja, y la lluvia de escombros cierra la última probabilidad de escape, y así por 4 años.
La guerra de desgaste está en todo su esplendor. Por ejemplo, en la guerra aérea, Rusia comenzó con una proporción de 8-1, es decir, contaba con 8 cazabombarderos modernos y personal con experiencia de guerra (Siria y otros escenarios) y una supuesta formidable defensa antiaérea que, en los noventa, era temida por la OTAN, por un avión ucraniano anticuado y ruso.
En el inicio, la fuerza aérea rusa volaba en formaciones, lanzaba ataques como en las películas, pero fue entonces cuando se dieron los mejores combates aéreos entre Mig-29 por Ucrania y los Mig de Rusia, más la línea de aparatos Sukhoi.
Así nació la leyenda del “fantasma de Kiev”, un Mig-29 que enfrentaba y derribaba todo lo que había en el cielo. Pero la realidad define que ni era un solo fantasma, sino varios: eran los pilotos de Ucrania, una historia épica de la aviación reciente.
Rusia esperaba neutralizar las defensas de Ucrania (ellos se las habían mandado), sabían todo el software, las ubicaciones, las limitaciones de los S-300. Pero sorpresa: los defensores las modificaron y con ello se convirtió en letal el volar para bombardear. Luego ingresaron nuevos equipos europeos y el aire se volvió un peligro.
En una batalla perdieron de golpe 10 aviones modernos en combates en el aire, y los antiaéreos hicieron su éxito sobre los helicópteros y aviones de Rusia. Entonces optaron por lanzar bombas desde más lejos; este giro se dio en 2022.
Rusia entonces cambió la estrategia y alejó sus aviones, pero introdujo el uso generalizado de bombas voladoras: las hay inteligentes, con guía, con control y operación a distancia desde el avión que las lanza, o planeadoras bobas, muchas de ellas de hasta 3 mil kilogramos; aunque no son precisas, por la fuerza de la explosión dañan el edificio o blanco elegido.
Las respuestas de la aviación de Ucrania vinieron con los F-16 y los Mirage, y los Mig restantes, pero tampoco los exponen a perderlos en escaramuzas.
Recientemente los rusos han destruido unidades de mando de dos unidades Patriot y lanzadores S-300, lo que significa grandes avances, porque con la carencia de unidades, la falta de ayuda norteamericana, los similares europeos no bastan y se consumen a gran velocidad.
Por otro lado, también Rusia pierde equipos antiaéreos de defensa y se abren brechas para que entren aviones o drones de ataque, y todo eso cuesta una fortuna y no es fácil de reemplazar.
Rusia tuvo que implementar medidas aéreas defensivas, ya que blancos profundos —aeropuertos, refinerías— eran dañados por drones, bombas voladoras o por incursiones de los F-16, en menor grado.
La guerra aérea está en un impasse; en tanto, la naval en el Mar Negro, digamos que va 3-1 a favor de Ucrania, que controla la mayor parte y hostiga bases y suministro de petróleo, con pérdidas grandes: dos cruceros de guerra e incluso el daño a dos submarinos y otros barcos diversos.
Sin embargo, la verdad, nada está resuelto para nadie.
El 20 % del territorio perdido por Ucrania no permite dejárselos nada más. Crimea sigue siendo un escenario, pero en general toda la geografía es de combates constantes.
Ucrania resiente la falta de misiles y de personal para reemplazos en sus tropas. Rusia sí tiene reservas, pero sus bajas no son menores, y los daños de contragolpe de Ucrania han reducido el suministro de petróleo y, en menor escala, han tenido muertos civiles por drones o misiles.
En resumen, los dos bandos se han desgastado en extremo. La actuación mercurial de Trump no permite hacer planes de largo plazo. Rusia, aunque oficialmente no lo reconoce, solo un 30 % de su población cree y quiere seguir con el juego de la guerra, pero todos han sufrido molestias.
Por ello, tal vez se dio un entendimiento parcial y temporal entre Zelensky, que adicionalmente lucha contra la corrupción. Rusia tiene el mismo problema, porque en las guerras hay recursos que fluyen y que son aprovechados por vivales que los desvían.
Las respuestas de Ucrania han llegado también a golpear al mando ruso, y las operaciones audaces como Telaraña pasaron a ser de antología para desbaratar caros bombardeos en sus bases. Por tanto, también Rusia se encuentra fatigada, con presiones económicas enormes y problemas mayores, que el hecho de ocultar no los resuelve.
Esa situación real puede ser la oportunidad para la paz. Ambos perderían. La seguridad de Ucrania solo puede darse dentro de la Unión Europea, y eso es decir la OTAN. Simplemente necesitan un respiro, renovar cuadros, reconstruirse y tal vez pensar de otra manera, pero el plan imperial del zar Putin es invariable.
La extensión a otros frentes europeos no resulta conveniente por ahora, pese a las provocaciones y el discurso de Putin. Europa sostiene a Ucrania, pero se ha notado la falta de los Estados Unidos.
Estamos como antes de la operación especial. Todo dependerá de sus análisis y resoluciones. Ucrania, en tanto, considera que es necesario tener la paz, pero esto puede ser una tentación irresistible, porque muchas guerras se hubieran ganado de haber continuado dos o tres días más… y esa es la tentación de Rusia. La diferencia entre la victoria o la derrota pueden ser 72 horas de resistir más para un bando u otro.
En tanto, para comprender el frío de esas regiones, ingrese a una cámara frigorífica bien abrigado y luego de 5 minutos nos cuenta qué sintió, pero póngale 30 bajo cero.
Intente dormir, comer, estudiar, trasladarse y producir en esas condiciones. Lo bueno del caso es que no solo afecta a Ucrania, también a Rusia, y tal invierno puede enfriar los ánimos de guerra, pero la tentación de aguantar y ganar es grande.
Después de todo, han llegado muy lejos en costos de equipos, vidas y resultados adversos para las economías. Ucrania, por ejemplo, tendrá que ser reconstruida en un 80 %, y Rusia ha sufrido daños terribles en estructuras claves; pero el invierno, de menos, los hizo aceptar cierto grado de tolerancia y, por primera vez, pactar algo en forma directa, mostrando respeto por la fuerza de Rusia y la resistencia increíble de Ucrania.
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