Por Laura Gutiérrez Franco
El agua que llega a los hogares de la Zona Metropolitana de Guadalajara ya no solo es un riesgo sanitario; es el monumento más visible a la negligencia institucional. El líquido sale de los grifos con una coloración que oscila entre el chocolate y el óxido, pero lo que realmente apesta en el SIAPA es la gestión política que ha permitido este colapso.

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Lo que hoy vivimos no es un accidente, es el resultado de un “lavado de manos” colectivo que ya raya en lo cínico. Resulta fascinante, por no decir indignante, observar cómo las y los alcaldes de la metrópoli han perfeccionado el arte de la ceguera selectiva.
Laura Imelda Pérez Segura, alcaldesa de Tlaquepaque, es el ejemplo vivo de esta indolencia: se limita a señalar al Estado o sea al SIAPA; mientras el Río Seco arrastra agua podrida y denuncias ciudadanas que ella simplemente ignora. Por otro lado, en Guadalajara, Verónica Delgadillo parece creer que el problema es el envase y no el contenido; su respuesta ante la crisis ha sido prometer la entrega de tinacos, una solución que roza el insulto. ¿De qué sirve un tinaco nuevo si lo que se va a almacenar en él es lodo con bacterias? Es como regalar una copa de cristal para servir veneno.
En este tema, Movimiento Ciudadano y Morena se están dando un “tú por tú” de irresponsabilidad. Ambos bandos, a cuál más, han convertido una crisis de salud pública en un tablero de ajedrez electoral. Mientras unos regalan depósitos de plástico y los otros se lanzan acusaciones desde el cabildo, ninguno abre la llave para que salga agua limpia.
Toman la foto en la inauguración de una luminaria, pero se vuelven daltónicos ante el foco de infección que corre por las tuberías. ¿Desde cuándo el bienestar de los ciudadanos dejó de ser competencia de un alcalde solo porque el logotipo del recibo es de otro color político?
Como ya lo hemos señalado, la crisis finalmente cobró su primera cabeza de alto nivel. Este lunes, el gobernador Pablo Lemus anunció la salida de Antonio Juárez Trueba. En su lugar llega Ismael Jáuregui Castañeda, un perfil técnico que viene de la dirección de Obras Públicas de Zapopan. Pero cuidado: el relevo en la punta de la pirámide no garantiza agua limpia si la base sigue podrida. El nuevo director no solo llega a reparar fugas de agua, llega —o debería llegar— a limpiar las “cañerías” de la nómina y a exigir cuentas claras a los “aviadores” que heredó.
Ahí está el cinismo administrativo. El caso de Elizabeth “Eli” Castro es apenas la punta del iceberg: una “asesora técnica” de más de 70 mil pesos mensuales que admitió públicamente ser una comisionada invisible. ¿Cuántos “aviadores” más recibirá Jáuregui en su escritorio? El error no es solo de quien cobra sin trabajar, sino de la mano que firmó esos nombramientos; una irresponsabilidad que Juárez Trueba se llevó consigo sin dar explicaciones.
Ante este inmenso riesgo de salud en toda la metrópoli, surge una duda razonable: ¿Dónde están la Secretaría de Salud y la Cofepris? Su silencio es ensordecedor y cómplice. Es incomprensible que, ante una emergencia sanitaria evidente y documentada por miles de ciudadanos, no interfieran de manera fuerte y decidida para auditar la calidad del líquido y sancionar a los responsables. La omisión de las autoridades sanitarias es tan turbia como el agua que sale de las llaves.
Es momento de plantear soluciones de fondo. ¿Por qué no pensar en una concesión al estilo de los aeropuertos? Que el Estado mantenga la propiedad, pero que la inversión, la tecnología y la obligación de cumplir metas de salud y eficacia recaigan en un concesionario privado. Necesitamos disciplina y capital, no favores políticos ni cuotas partidistas.
Finalmente, el SIAPA no puede seguir siendo un club privado de burócratas ni un botín de guerra entre partidos. Urge un Consejo de Administración con representación ciudadana real, desde los sectores industriales hasta la propia Arquidiócesis de Guadalajara. El nuevo director tiene una oportunidad histórica, pero si solo viene a administrar el desastre y a proteger las estructuras de poder, el resultado será el mismo: agua sucia y promesas rotas.
El SIAPA necesita una cirugía mayor, y la necesita ya. De lo contrario, lo que hoy es una crisis de servicios, mañana será la tragedia de salud más grande en la historia de nuestra ciudad, porque el silencio también contamina.
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