
Por Laura Gutiérrez Franco
El escenario actual de PEMEX es el reflejo de una institución en ruinas, marcada por un desastre ambiental sin precedentes: una fuga en el ducto Old AK C, en el campo Cantarell, que ha contaminado cientos de kilómetros de costa. Lo más grave no es solo el fallo técnico, sino la cadena de mentiras oficiales.
Inicialmente, la narrativa gubernamental fue la negación sistemática; trataron de ocultar la magnitud del evento y, cuando la evidencia fue innegable, admitieron el hecho pero minimizando las cifras de forma burda. Solo después de que la presión de la prensa y las imágenes satelitales expusieran la realidad y lo señalado por Green Peace, el gobierno aceptó la responsabilidad, intentando proteger a la cúpula política bajo el argumento de que fueron engañados por subordinados. Esto revela una omisión de seguridad nacional alarmante o una estrategia de desinformación deliberada.
En cuanto a la responsabilidad y los castigos, la impunidad debe terminar. Los castigos no pueden quedarse en el despido de tres funcionarios de bajo nivel. Se requiere una responsabilidad penal por daños ambientales y omisión de funciones para los altos directivos. La sanción debe ser la inhabilitación definitiva y procesos judiciales que incluyan la reparación del daño con el patrimonio personal de aquellos que permitieron que la infraestructura llegara a este punto de colapso. En la administración pública, la ignorancia de los hechos bajo su mando no es defensa, es causa de despido por incompetencia manifiesta.
A este panorama se suma el desastre de Deer Pack, una verdadera catástrofe que no se arregló bien y que hoy es otro lastre más. La gestión deficiente de este caso es el ejemplo perfecto de por qué PEMEX no avanza: se prefiere el parche político a la ingeniería de fondo. Esto ocurre en una empresa asfixiada por la deuda y por personal en puestos clave que no sirve para nada, priorizando la lealtad sobre la capacidad técnica.
Expertos como Gonzalo Monroy han sido contundentes al señalar que lo que no se mantiene, falla, y lo que falla en el sector petrolero, explota. Monroy enfatiza que la falta de inversión en mantenimiento preventivo y la opacidad en los reportes son problemas estructurales que no se resuelven con cambios cosméticos.
Por su parte, Ramsés Pech,otro gran experto, advierte que PEMEX enfrenta una crisis de flujo tan grave que impide la renovación de infraestructura crítica, convirtiendo las instalaciones en bombas de tiempo. Para los especialistas, la caída en la producción y los accidentes constantes son la consecuencia inevitable de haber agotado los recursos para exploración y mantenimiento.
El papel del sindicato petrolero también es crítico. Es criminal obligar a los empleados a laborar en instalaciones peligrosas. El sindicato debe pasar de la gestión política a la exigencia técnica; no puede permitir que se trabaje sin equipo moderno ni protocolos actualizados. Trabajar en PEMEX hoy es una labor de alto riesgo y la narrativa de soberanía energética queda vacía frente a una operatividad tan precaria.
Este desastre salió a la luz gracias a un frente periodístico que se negó a callar. Entre las voces que mantuvieron la presión destacan:
* Manuel Gutiérrez en Jalisco, quien denunció las inconsistencias de los datos oficiales frente a la realidad del litoral.
* Sergio Sarmiento en la Ciudad de México, cuestionando el impacto financiero y la opacidad de las cifras.
* Carlos Loret de Mola a nivel nacional, exponiendo la falta de mantenimiento en las plataformas.
* Ana Lilia Pérez, documentando las fallas estructurales y la corrupción interna.
* Jared Laureles y Jessica Xantomila en La Jornada, detallando las exigencias de los ambientalistas.
* Periodistas locales en Veracruz y Campeche, que fueron los primeros en mostrar el crudo en las playas mientras el gobierno lo negaba.
En resumen, PEMEX enfrenta una crisis operativa por infraestructura obsoleta, una crisis ambiental de gran escala, una crisis política basada en el deslinde de responsabilidades y una crisis económica agravada por la ineficiencia. Sin castigos ejemplares a los altos mandos y una limpieza de la gente incompetente, la paraestatal seguirá hundiéndose en su propio caos.
Cada rato nos enteramos de que hay fugas en las tuberías. Eso no es nada nuevo. Están destrozadas, pero se trata sobre todo del robo del combustible, del famoso “huachicol” que se volvió enorme desde que llegaron los de Morena al Gobierno Federal. Tan es así que se estima que hay un “piquete” en los ductos cada 50 metros y nadie hace nada.Imagínense, la red de ductos de Petróleos Mexicanos cuenta con una longitud total estimada en más de 68,800 kilómetros.
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