Por Laura Gutiérrez Franco
Si algo hay que reconocerle al proyecto de la Transformación es su maravillosa capacidad para convertir los sueños nórdicos en comedias absurdas con presupuesto de superproducción. Hace unos años nos prometieron que seríamos Dinamarca; hoy, la realidad nos demuestra que ni a la farmacia del pueblo llegamos. La joya indiscutible de este milagro logístico es la Megafarmacia del Bienestar, ese majestuoso e inservible templo de concreto ubicado en Huehuetoca, Estado de México.
Huehuetoca: El supermercado más grande y vacío del mundo
Emplazada con bombos y platillos en los colosales almacenes que alguna vez pertenecieron a la cadena Liverpool, la Megafarmacia fue vendida como la panacea universal: un centro logístico tan avanzado que cualquier medicamento, por más raro que fuera, llegaría hasta el último rincón del país en un plazo máximo de 48 horas. Una maravilla de la ingeniería estatal.
Sin embargo, tras una inversión pública que ya supera los 17 mil millones de pesos —gastados entre la compra de la nave industrial, la flota de camionetas, la tecnología de punta y la burocracia de Birmex—, el súper almacén funciona como todo, menos como farmacia. Es, en los hechos, un museo del espacio vacío. Los 90 mil metros cuadrados lucen pulcros, impecables y perfectamente iluminados para guardar aire.
Reportes y solicitudes de transparencia han dejado al descubierto la amarga verdad: la Megafarmacia despacha apenas un puñado de recetas al día. Atiende menos folios que una droguería de esquina en domingo por la tarde, pero eso sí, les costó a los mexicanos lo equivalente a construir varios hospitales de alta especialidad.
La lotería del IMSS: Urgencias en el suelo y una aspirina de consuelo
Mientras en Huehuetoca los empaques de cartón cobran polvo en anaqueles desiertos, en la vida real la tragedia del desabasto aplasta diariamente a millones. En la primera línea de fuego, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ofrece un espectáculo digno de otro siglo.
Su director general, Zoé Robledo, reaparece periódicamente en las pantallas para prometer “nuevos procesos digitalizados”, “sistemas de trazabilidad” y “rutas optimizadas” que suenan muy bien en las presentaciones de Power Point, pero que en las salas de urgencias nadie ha visto jamás. La realidad de la atención médica en México es aterradora:
Salas de espera convertidas en dormitorios: Cientos de personas pernoctan en el suelo, sobre cartones o amontonadas en las sillas de plástico, esperando días enteros por una cama, un diagnóstico o una cirugía que se pospone indefinidamente.
El viacrucis del desabasto: Familias completas empeñan lo que no tienen para comprar por su cuenta los insumos más básicos —desde gasas y jeringas hasta quimioterapias y fármacos para la hipertensión o la diabetes— porque en la farmacia de la clínica la respuesta estándar es un seco: “No hay”.
La panacea del sistema: Si el derechohabiente demuestra una paciencia heroica tras diez horas de espera, el sistema de salud lo recompensa con el remedio definitivo para cualquier mal conocido por la humanidad: una pastilla de paracetamol o una aspirina. ¿Dolor agudo? Aspirina. ¿Cáncer en etapa avanzada? Paracetamol y regrese el próximo mes a ver si llegó el cargamento.
La fría indiferencia del Poder Ejecutivo
Ante esta crisis humanitaria cotidiana, la respuesta desde el Poder Ejecutivo es el silencio o el desdén. A la Presidenta Claudia Sheinbaum la crisis del sistema de salud le llega como un trámite engorroso que prefiere no priorizar en la agenda. La narrativa oficial exige que la ciudadanía crea que el abasto roza el 99% en el papel, pretendiendo que las salas de urgencias colapsadas son una ilusión óptica de la prensa.
A poco más de un siglo de que se prometiera justicia social en este país, el sistema de salud mexicano se resume de manera magistral: 17 mil millones de pesos enterrados en un almacén del Estado de México para que, en las clínicas de todo el país, al pueblo le toque dormir en el suelo y curarse con una aspirina.
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