
Por Laura Gutiérrez Franco
La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso, alcaldesa de la Comunidad de Madrid, a México no solo dejó saldos económicos, sino que desnudó una profunda brecha en las formas de ejercer la política. Ante los cuestionamientos y el clima de confrontación impulsado desde la narrativa oficial de la Presidencia de Claudia Sheinbaum, la líder madrileña respondió con una “guante de seda” que, por su contundencia, terminó calando más hondo que cualquier insulto.
Díaz Ayuso fue clara y tajante: su presencia en México no tiene como objetivo el ataque personal ni el acoso político. Mientras desde el Poder Ejecutivo Federal se intenta arrastrar la relación bilateral al terreno de las rencillas históricas y personales, Ayuso elevó el nivel del discurso al centrarlo en la confrontación de ideologías y modelos de gestión, no de individuos.
La Presidenta Madrileña recordó una regla básica de la etiqueta de Estado que parece haberse olvidado en los pasillos de Palacio Nacional: la hospitalidad y la diplomacia son el reflejo de la educación de una nación. Su respuesta fue una cátedra de cómo debe comportarse un jefe de Estado ante un visitante que acude a estrechar lazos, independientemente de las diferencias partidistas.
El Espectáculo de Aguascalientes
El incidente en Aguascalientes, donde una regidora local (de Morena por supuesto), intentó reventar un evento bajo el pretexto de demandas sociales como el desabasto de agua, fue calificado por analistas como una exhibición de mala educación y falta de oficio.
Díaz Ayuso, con una elegancia que desarmó a sus detractores, puso los puntos sobre las íes: si una funcionaria está preocupada por el agua, su labor es trabajar en las políticas públicas para que el recurso llegue a la gente, no sabotear un foro de inversión. Utilizar un evento de talla internacional para el “grito y el sombrerazo” solo logra exhibir a sus autores como actores políticos poco hospitalarios y profundamente limitados.
Al final, el contraste fue inevitable. Mientras el oficialismo apuesta por la fricción, Ayuso optó por la altura de miras. La lección para la administración de Sheinbaum es evidente: la política de altura requiere clase, y la diplomacia no es una opción, sino una obligación para quien se dice representar a un país tan grande y generoso como México. Querer “tronar” un evento no es un acto de soberanía; es, simplemente, una muestra de *pobreza cívica.
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