
Por Manuel Gutiérrez
La respuesta militar de Ucrania ha sido plena de creatividad, un avance tecnológico a un paso que ningún otro país del mundo tiene, considerando la guerra que soporta; pero, aunque los avances en diseño de nuevas armas van hacia adelante, la guerra sigue igual que antes de Cristo, con un sabor marcado de tradicional venganza.
Rusia ha atacado durante 5 años con jornadas sobresalientes de violencia, incluso con 500 drones y 70 misiles, incluyendo hipersónicos Kinzhal que valen una fortuna; pero, si no en una noche de rutina, mínimo dispara 40 misiles y un centenar de drones, buscando impactar en la profundidad de las zonas de vivienda de las ciudades de Ucrania. DW habla de constantes ataques de Ucrania, en una guerra sin resolución.
Una bloguera rusa en Mónaco, Victoria Bonya, insinuó en Instagram que la censura en Rusia puede ocasionar un estallido social y que ya basta de guerra. El mensaje también llegó al Kremlin, que observó que el llamado de la modelo rusa tuvo aceptaciones y repeticiones, y eso mostró que la censura oficial es un error político aun para las dictaduras. Simplemente no se puede callar a un pueblo.
Rusia, en tanto, muestra otro rostro que era habitual ver solamente en Ucrania: Starobilsk, en una región de Ucrania ocupada por Rusia, se produjo un ataque con drones contra un liceo la noche del 24 de mayo, en la región de Lugansk, llegando ya a la cifra de 71 las víctimas rusas por ataques contra la población civil. El Kremlin, que ha usado esas tácticas criminales, ahora se afana por mostrarse como víctima de la agresión de Ucrania.
Sin embargo, las víctimas civiles de Ucrania en 2022 ya estaban contabilizadas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas; sumaban 56,550 víctimas registradas. La proporción es enorme en la habitualidad táctica de Rusia. Estamos en el 2026 y el jefe Volker Türk, encargado de Derechos Humanos de la ONU, consigna que mueren 815 muertos adicionales con 4,174 heridos en lo que va de este año, en un periodo de 5 meses; la guerra se ha vuelto más intensa. Türk es malquerido en todo el mundo: en México presentó cifras oficiales de desaparecidos que volvieron loca a la presidenta Sheinbaum, quien lo desmintió sin aportar lo que tanto pide, pruebas.
El número supera notablemente la cifra de 682 muertos y 3,453 heridos del 2025. Los números no dicen mucho, pero esos heridos fueron mutilados, incapacitados y sufrieron lesiones que les impedirán, en muchos casos, proseguir con su vida normal. Los muertos son rotundos como cifras; simplemente fueron pérdidas totales de un costo de la campaña del Kremlin.
El problema para Rusia es que, si bien en proporción no sufría este tipo de cifras, ahora las está padeciendo, y la población civil se enfrenta a la verdad de que el enemigo —derrotado dos veces cada año, pero que sigue incólume aunque con las ciudades demolidas— sigue avanzando. En tanto, Rusia, que anhela redondear su conquista de Donetsk, tiene 5 años intentando completar la operación, pero no ha podido dominar el 20% restante y ha cedido zonas completas a las fuerzas de Ucrania. Tal vez eso desea para aceptar negociaciones temporales, pero esta guerra no se limita a tratados: es una iniciativa a muerte por razones étnicas, políticas y religiosas, incluso. Por lo tanto, de haber tratados, se espaciará, pero volverá otra vez si está Putin.
Ucrania está logrando, por el impulso tecnológico y sin el concurso de los Estados Unidos en la era de Trump, plantear nuevos drones, producirlos en cantidades significativas y mejorarlos en todos los sentidos. Los drones marinos y sus misiles caseros también golpean objetivos importantes como refinerías, depósitos de armas o centros de concentración de tropas, y sigue su control del Mar Negro. La ayuda europea ha contado mucho: simplemente la España socialista despachó un lote de misiles AMRAAM de aplicación antiaérea y con posibilidad de usarlos (Sidewinder) en disparadores en tierra, un resto de baterías Hawk de la época de la Guerra Fría —pero que funcionan— y misiles más avanzados como repuestos de Patriot, aunque pocos.
Pero ahora, Ucrania añadió que los drones y misiles también lleguen a la población rusa. Algo lamentable, pero digamos que es realista. Una aplicación del concepto “diente por diente, ojo por ojo”; son bajas inocentes, aunque necesarias esas agresiones para romper la moral civil y percatarlos de la guerra como algo real, pero parte de la contabilidad de una guerra que Putin nunca imaginó que le sería devuelta. Cada noche, ahora los drones vuelan en un sentido y en otro, y siembran destrucción; pero esta vez los rusos saben que les pueden caer en sus casas. Qué giro tan malo, pero de esperarse en una guerra.
El asunto de meter en el blanco a los civiles muestra que, si bien la ONU registra, no hace nada ni tiene medios para impedir ese tipo de prácticas, salvo las condenas verbales. Durante 5 años han denunciado a Putin por hacer agresiones en zonas civiles, escuelas y hospitales, y el resultado es el mismo. Ahora, la ONU comienza la cuenta de Ucrania y dice que algún día exigirá responsabilidades. Si en 5 años no ha logrado nada con Rusia…
Putin no está preocupado para nada por ello; Zelenski actuó en consecuencia. La represalia llegó a los ciudadanos de poblaciones que no se sienten a salvo, ni alejados de Moscú o de San Petersburgo. Mientras Ucrania incluso ha habilitado robots de ataque, ha logrado no solo contener los avances de Rusia desde febrero de este año, cuando se les cayó el Starlink de internet a los rusos. Todo el concepto militar se cambió para siempre en esa guerra y, si alguien desea lanzar productos militares, debe observar lo que ocurre en Ucrania.
Simplemente la guerra escaló un grado más de inhumanidad: Starobilsk, en la parte de Ucrania ocupada por Rusia, tiene dos lecturas: una, la guerra llegó a ese lugar con toda su crueldad y Rusia no queda impune; pero, a la par, murieron estudiantes, entre ellos 18 mujeres. Eso no se puede defender. Ucrania, por su parte, alega la muerte por el misil Kinzhal que ocasionó 24 fallecimientos civiles y el ataque salvaje con 500 drones para borrarlos del mapa, y agregó muchos civiles, incluso menores muertos y heridos, a una larga cuenta de bajas.
El nuevo poder de Ucrania con sus drones caseros se muestra en el ataque al tribunal de Nizhni Nóvgorod, a 500 kilómetros de Moscú, en el que no hubo víctimas. Pero la versión del ataque ruso fue nutrida y habitual, aunque correspondida, y eso antes no sucedía o eran limitados por los Estados Unidos los ucranianos, que ahora hacen la guerra como mejor la entienden, sin darle cuentas o pedir permiso a Washington. Los ucranianos incluso han urgido a Trump y al Congreso estadounidense que les faciliten misiles para usar sus baterías Patriot en operaciones defensivas y que quedaron sin uso por la decisión de Trump, aunque España cedió algunos misiles.
Rusia, en tanto, se empeña en asegurar que la guerra está ganada, pero no se atreve a decir cuándo termina y con qué resultados, y no puede cesar ese empeño porque carece de justificación para parar ahora: está atrapada. La escalada es que hoy los civiles son los blancos de los contendientes, aunque Ucrania, por su escasez de misiles, privilegia los ataques a blancos estratégicos de valor económico o militar; mostró que también saben practicar la venganza y el odio es el motor de todo este teatro.
En tanto, Israel maltrata, humilla y ofende a los integrantes de la flotilla naval humanitaria que llevaban ayuda a Gaza, causando enojo en España, Francia y otros países. Incluso hubo un voluntario mexicano, en una acción que no ha tenido respaldo diplomático de Relaciones Exteriores; tal vez si hubieran llevado ayuda a Cuba… pero ahí es donde está presente Trump, como en su Cuba, en que no sabe si quiere liberarla o terminar de venderla a GAESA, el aparato militar y económico que controla todo. Su préstamo de 100 millones de dólares no llegará a los cubanos ordinarios.
Trump sigue atrapado en sus negociaciones infructuosas que muestran que la guerra la ganó Irán desde un punto de vista de prestigio, propaganda e influencia mundial; y si bien los bombardeos causaron pérdidas enormes, no sometieron a ese pueblo que ha convertido a Ormuz en un tormento sin soluciones. Pero Trump, como Putin, creyeron que eran cómodos paseos militares, victorias fáciles al alcance de la mano. Hoy Putin tiene, pero no quiere, el deber de informar a los rusos por qué sus casas vuelan en pedazos, con todo y habitantes, si se supone que eso solamente debería ocurrir en Ucrania, y trata de que mejor no se enteren. Pero las malas noticias vuelan por todas partes.
Esto es la guerra: una escalada que sale de control sin proporción, y en la que los dictadores actuales, Putin y Trump, salen raspados con rivales menores, con armas ingeniosas y baratas, y con una resolución que llega ya al extremo de acciones de venganza.
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