Por Manuel Gutiérrez
La Nueva Escuela Mexicana no cuida los detalles que hacen una educación de calidad, y como prueba de ello la SEP (Secretaría de Educación Pública), cambia el criterio oficial para que los alumnos formen parte de la escolta; el honor no será logrado por altas calificaciones, dado que la Presidenta Sheinbaum cree que las calificaciones de diez causan “desigualdad”. Claro, de eso se trata, de la meritocracia que la educación mexicana destierra.
La intención es que ahora las escoltas sean rotativas para que “nadie se quede sin bandera”, en una medida que refleja el criterio populista en una disposición que comenzará a aplicarse en el ciclo escolar 26-27, por lo que ni el rendimiento o aplicación escolar ni la conducta de los alumnos será objeto de consideración para que se les otorgue el honor.
Esto tiene su historia, como siempre ignorada por los populistas de Morena. Resulta que el sumo sacerdote cívico de la patria fue el presidente don Porfirio Díaz Mori, que está desterrado y sepultado en París porque su heroica trayectoria, su administración honesta, su creación de progreso y obra pública fueron demeritadas porque su vocación antiimperialista y su búsqueda de alianzas en Europa (con Francia y Prusia) lo hicieron intolerable para los gobiernos de los Estados Unidos.
Porfirio Díaz no solo defendió Campeche y Chiapas de la injerencia de Inglaterra —que se apoderó de Belice, pero que pertenece de origen a Guatemala—; detuvo los intentos piratas de hacerse de Chetumal y había sido el gran héroe de la batalla contra Francia el 5 de mayo, pero la preferencia de Juárez por el general Zaragoza le robó el reconocimiento a su participación en esa fecha gloriosa.
Díaz es el padre de nuestras ceremonias: desde la del Grito de Independencia, que convirtió en un acto nocturno cuando era originalmente celebrada muy temprano en la mañana, luego cultivó el culto de los insurgentes y adicionó el culto a la figura de Benito Juárez, enemigo en vida de Porfirio, pero eso no le impidió convertirlo en un símbolo nacional.
También Porfirio Díaz estimaba mucho la hazaña de los cadetes del Heroico Colegio Militar asentados entonces en el Castillo de Chapultepec, por lo que esta ceremonia era de las más solemnes y glorificantes de los jóvenes héroes que enfrentaron la invasión de los Estados Unidos en un entorno confuso en que muchos liberales los vieron como aliados por ser federalistas, por la libertad de cultos y por establecer una forma de gobierno de la Revolución Francesa, pero que en su origen venía de los Estados Unidos. Esto llevó a muchos liberales a actuar o no hacerlo, como ocurrió, según muchos historiadores, con Juan Álvarez, quien cerca de Chapultepec comandando fuerzas se abstuvo de intervenir mientras ocurría el sacrificio de más de 200 cadetes que se quedaron a defender su bandera.
Sin embargo, leer la lista completa de héroes es largo y anticlimático. Por tanto, seleccionaron a los más sobresalientes que dieron con su muerte testimonio de valor y cumplimiento del deber en grado máximo: Juan Escutia, que se envolvió en la Bandera Nacional para salvarla de su mancillación en manos extranjeras; Agustín Melgar; Juan de la Barrera (19 años, del Cuerpo de Ingenieros); Francisco Márquez (12 años); Fernando Montes de Oca y Vicente Suárez.
Porfirio Díaz le echó ciencia al asunto y encomendó este tema a la escuela positivista de Justo Sierra: ¿cómo ejemplificar ese acontecimiento para siempre en las generaciones de jóvenes mexicanos?
La solución fue rendir, una vez por semana al inicio de las actividades escolares los lunes, Honores a la Bandera. La escolta escolar sería integrada por 6 elementos por los seis recordados en la lista de honor del Colegio Militar, que luego abrieron espacio a la presencia femenina; así hay escoltas femeninas por el tipo de plantel e incluso mixtas.
Por tanto, este acto reviste importancia absoluta en la educación mexicana. Primero, es una lección de civismo. Basta asistir a una escuela para ver los honores y darse cuenta del tipo de orden, disciplina, valores y respeto que se arraigan en los niños (lo que incluye a las niñas).
Por tanto, integrarse en ese sexteto de honor es uno de los reconocimientos más visibles de la dedicación y esfuerzo de un alumno. Y entran otras disciplinas en juego: la educación física, porque si bien hay alumnos muy descollantes en los temas académicos, su coordinación o lateralidad resultan fatales.
Lo ideal entonces es una selección de los más aptos, pero considerando calificaciones y conducta, porque se pretende que el acto se realice con la mayor perfección posible. Esta costumbre incluso llegaba a los planteles superiores, en los que en actos solemnes en la U. de G. se rinden honores a la Bandera Nacional e incluso participa un destacamento de portadores(as) de las banderas de cada facultad, e incluso en las instituciones superiores privadas que buscan acentuar la solemnidad y brillo del contenido ceremonial.
En muchas escuelas, el primer acto de honores va acompañado de un discurso del director o de algún maestro designado y de algún alumno, algunas declamaciones o algún número coral alusivo. Por tanto, los honores van en una escala marcada por los recursos y personalidad del plantel que los realiza, pero existe un reglamento elaborado entre la SEDENA y la SEP y se estima que es un acto en esencia militar.
Entonces, salir con que la escolta es rotativa es lo más tonto que se puede proponer. La presentación de la escolta se pretende de lo mejor —aunque hay escuelas pobres en las que no alcanza para zapatos de piel, tal vez con la beca que anuncia Mario Delgado, que dice que sale del bolsillo de la Presidenta—.
Los padres de familia, contentos con el desempeño del alumno, normalmente hacen sacrificios para lograr una imagen uniforme; por eso marchan uniformados. Y comienza la enseñanza de los movimientos reglamentarios que incluyen una vuelta por el patio hasta ocupar la posición de honor y la interpretación de un canto alusivo a la Bandera (“Se levanta en lo alto mi Bandera”, etc.).
Ya en posición, se realiza el canto del Himno Nacional, ya sea con fondo de banda de guerra o de pista musical. Posteriormente, la escuadra procede a retirarse y las escuelas aprovechan el despliegue para hacer actos o festivales en los que se revelan mensajes o contenidos relacionados con fechas cívicas importantes.
Preparar una escolta lleva tiempo, según las capacidades del mentor y de los alumnos, pero la exigencia es máxima. Una vez que dominan sin errores la marcha, los cambios y el acto de retirar el Lábaro, todo marcha. Pero existe para el 24 de febrero una competencia en la que entra en juego el orgullo del plantel y hay un concurso de escoltas; la ganadora puede recibir como premio participar en una ceremonia cívica mayor, incluso con la presencia de la Banda de Guerra del Ejército Mexicano, así como de autoridades civiles y militares.
Pues la gente de gran imaginación populista supone que toda la escuela es apta para la escolta; de hecho lo es en la etapa de convocatoria, pero sus resultados y el desempeño en la especialidad van determinando a los integrantes. El cúlmene de todo eso es la ceremonia, muchas veces nostálgica, llorosa, pero siempre gallarda, del relevo de la escolta de sexto grado que se retira a la secundaria, en la que se supone que se repite el ciclo. La escolta integrada con alumnos de quinto grado que pasarán a sexto asume el honor de la custodia.
Muchos maestros incluso advierten que son émulos de los Niños Héroes y que están obligados a que se respete la insignia nacional, y que ante un problema grave hace a todos, incluso a los niños, solidarios de cumplir con el deber que las autoridades designen en defensa de la Patria y custodia de los símbolos nacionales. No entraremos en detalles de la ceremonia de cambio de bandera, que contempla la incineración con honor de la bandera envejecida y ya no apta para mostrarse con orgullo.
Todos estos ritos cívicos son importantes en la educación de los menores: hacen del pertenecer a la escolta una aspiración y consolidan una trayectoria en el plantel. Estar jugando a cambiar a los integrantes propicia una ceremonia deslucida, sin identidad y sin la perfección que los alumnos capacitados en ceremonial han alcanzado.
Claro, esto le vale a la Nueva Escuela Mexicana porque fomenta la mediocridad. Algunos maestros me han comentado sobre las nuevas disposiciones: “La escolta no se toca, no se puede cambiar sin menoscabo de su calidad. Sí, exigirán la rotación, pero al final los maestros, como en toda la reforma educativa que plantearon, diremos la última palabra”.
Mario Delgado y los modificadores de libros de texto imaginan que todo es acto miliciano, no militar; manifestación desorganizada escolar y, finalmente, un momento más anárquico que exitoso. Esto le baja la calidad a los Honores a la Bandera, y es una muestra más de que no son maestros frente a grupo ni maestros de educación física de campo los que idean este tipo de tonterías. Pero el mal viene desde la cabeza, donde poner un “diez” (lo que significa que se hizo un examen o una tarea perfecta, sin errores) genera desigualdad.
Todos los escolares saben que participar en la ceremonia, no necesariamente en la escolta, es una solemnidad que nos enlaza a todos con los valores nacionales, la adecuada formación y una muestra de que los niños y adolescentes son capaces, desde primaria y secundaria, de dar muestras de formalidad, seriedad y conciencia del honor representado.
Hacer las cosas de otra manera va en desdoro de la ceremonia, su significado y su valor educativo; una más de las pifias como “nadie reprueba” con que las escuelas nacionales y sus programas están hundiendo a las nuevas generaciones.
Y todos saben que de alguna manera se comparte el honor de pertenecer a la escolta, porque son ejemplos de gente común en las aulas que logró la distinción y la responsabilidad.
¿Qué otras tonterías propondrán a los maestros, cuyo clamor por una rectificación de los libros de texto —manoseados por la pandilla de Marx Arriaga y Beatriz Gutiérrez— añadió incluso teorías mágicas y severos errores en escritura y aritmética? La 4T se pasó de rosca al fomentar y destruir lo que durante más de un siglo se cultivó y demostró su acierto. Su creador fue Porfirio Díaz, y al triunfo de la Revolución Mexicana llegó José Vasconcelos y dejó intacto este ritual, ampliándolo a la lectura, al teatro escolar y a los exámenes como audiencias públicas que forzaban al alumno a enfrentar el juicio de una sociedad. Hoy nada quieren que presione a los niños; por ello se pierden, nada les cuesta.
Ahora, a darle en la madre a otro ritual que nos enseñó y después se pierde: el temprano amor por la Bandera.
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