La opinión de Laura Gutiérrez Franco
Durante años, la magistrada Mónica Soto fue la pieza más leal, obediente y acomodaticia del engranaje oficialista. Desde la silla presidencial del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), no hubo favor grande o pequeño que no le concediera a la Cuarta Transformación para garantizarle el control absoluto del poder.
El expediente de sus “atenciones” con el régimen es monumental:
Sobrerrepresentación garantizada: Convalidó el reparto de diputaciones que le regaló a la 4T una mayoría calificada artificial en el Congreso, ignorando las quejas de la oposición.
Elección judicial a la medida: Le dio la bendición al uso de “acordeones” y guías de voto para manipular la elección de jueces y magistrados, legalizando prácticamente cualquier tipo de trampa.
Impunidad y bateo de impugnaciones: Desestimó sistemáticamente cada recurso o prueba de irregularidad presentada por la oposición, actuando más como abogada de defensa del partido en el poder que como árbitro imparcial.
Le pagaron con creces y le toleraron todo. Sin embargo, cuando parecía que su alianza con el régimen era a prueba de fuego, llegó la sorpresa. A pesar de que aún le quedaban dos años de gestión y diez años de trayectoria en el tribunal, Mónica Soto decidió presentar su renuncia aludiendo a los siempre oportunos —y cuestionables— “motivos familiares”.
La revelación de Loret y la traición a la Presidenta
Tal como reveló el periodista Carlos Loret de Mola en su reciente análisis, la verdadera historia detrás de esta salida no es un retiro por convicción ni un acto de dignidad tardía. Según lo expuesto por Loret, enviados de la 4T fueron a hablar directamente con Soto para dictarle la línea de lo que tenía que hacer y cómo debía operar el Tribunal Electoral en las decisivas elecciones de 2027.
Pero esta vez el nivel de imposición y exigencia fue tan grande que la magistrada se asustó. Sabedora de que no habrá impunidad eterna, prefirió dar el portazo antes que firmar el siguiente capítulo de sometimiento.
Ahí radica la ironía más profunda: quien le sirvió en bandeja de plata todo el poder al régimen, termina cometiendo la mayor de las traiciones hacia la Presidenta y su proyecto político. Al negarse a “darles por su lado” para el 2027 y renunciar de manera intempestiva, Soto no solo deja huérfano el control del tribunal, sino que expone de forma brutal las presiones y maniobras que se orquestan desde el poder.
La persona que tanto daño le hizo a la institucionalidad de México prefirió huir antes que seguir sirviendo de comparsa. La gran pregunta que queda para el 2027 es: si la árbitra más complaciente de la historia prefirió bajarse del barco muerta de miedo, ¿cómo le van a hacer ahora para arbitrar la elección sin su jugadora estrella?
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