Por Manuel Gutiérrez
Un exorcista famoso, el padre Gabriele Amorth, reveló en una de sus obras que al enfrentarse al maligno cara a cara, cuando las oraciones se olvidaban, cuando ya no encontraba cómo romper el agobio y el miedo… recurría al kitsch. Esto es la ironía, la broma; incluso narraba algún chiste malo… y eso exasperaba al Maligno porque, como ente absoluto, como autócrata total, no sabe reír, menos reírse de sí mismo, porque eso es ya un camino de descubrimiento, de expiación, y porque quiere el sometimiento total de las almas en desgracia.
Ese arte que describió el kitsch y fomentó Milan Kundera —como en México lo hizo sin saberlo tal vez Jorge Ibargüengoitia en Los relámpagos de agosto— revela una forma de comprender la vida, una forma de escribirla y, adicionalmente, otro enfoque revolucionario.
Vamos por partes: Milan nació en 1929 y murió en 2023. Su país de origen fue Chequia, antes Checoslovaquia, pero Francia lo recibió y su obra no ha sido lo suficientemente difundida ni lo suficientemente analizada, pero es pasmosa para las aventuras de la inteligencia.
Nació en Brno, ciudad famosa por hacer las mejores pistolas y fabricar muchas armas aún en nuestros días. Es un defensor irreductible de la libertad individual, de la personalidad privada como característica fundamental de ser un yo.
Su juego empieza cuando con sus obras desafía el peso de la historia, cuando la levedad del ser y la pesadez hacen su juego, y cómo ante la subversión acude al kitsch, una defensa de las plumas perseguidas y enlistadas en listas negras o guindas o de cualquier color. El kitsch es también la mentira oficial, que nos hace sentir bien, pero que nos aplasta. Ante eso, queda la risa como una forma de subversión.
Sí, me gusta el kitsch, porque muchos talentosos autores lo han hecho, reconociéndolo o no por su nombre: los que intentan escribir sobre el filo de la ironía, los que buscan la risa como demolición de la opresión del Estado, sea cual sea la forma como venga. Ramón López Velarde hizo kitsch en la poesía, en Suave Patria, alabando y riéndose del país que amaba; otro de ese estilo, Miguel de Cervantes en El Quijote; uno menor cuya columna leí toda mi vida, Gregorio González Cabral, al que nunca traté. En fin, hay tanto kitsch como gente buscando sobrevivir a su propia denuncia.
KUNDERA DESCUBRE EL KITSCH CON EL COMUNISMO
Milan no hizo teoría política, pero sus novelas son reflejo de los conceptos personales que vivió, sufrió y superó en la existencia del sistema comunista del modelo soviético en su patria. Los principios del kitsch político del comunismo entonces para Kundera son su profundo lirismo, no sus pomposas poses de cientificismo y dialéctica. El comunismo no triunfó en ninguna parte por su éxito económico; lo hizo porque ofrecía un mundo en que todos cantan al unísono la misma canción. Es el paraíso de una igualdad imposible, pero unánime, masificante; es el momento en que vive cuando hace las concentraciones en la Plaza Roja, o en Tiananmen, o en París, o en el Zócalo, cuando todo es masa y uniformidad y sabes que no puedes decir lo contrario o quedarás excluido, penalizado o, cuando menos, despedido. Un mundo en el que no cabes, aunque dicen que caben todos, todos los que tengan el mismo color de uniforme mental.
El kitsch totalitario: es la inútil negación de la mierda, nos dice Milan. Un momento kitsch es cuando ves a niños con flores corriendo a saludar al gran caudillo. Todo el comunismo, desde Stalin al fin de la era soviética, era desfile del Primero de Mayo, banderas, las columnas de gente interminable, todos sonriendo, todos creyendo que viene el porvenir dorado de los trabajadores, la justicia en la tierra, que nunca llega. Si tú no sonríes, ya eres enemigo del pueblo.
El caudillo populista López Obrador hablaba de que deberías de ser feliz con un par de zapatos, con 200 pesos en la bolsa, sin bien alguno, sin casa propia, sin educación de calidad o salud eficiente; todo era resuelto por el Estado; todo lo visto en la 4T es kitsch.
Una gran frase en su obra La insoportable levedad del ser dice: “El kitsch es la estación de paso entre el ser y el olvido”. Para Kundera no hay devenir histórico determinista, eso es falso; la historia, dicen los marxistas, avanza inexorablemente al comunismo, pero eso nadie con algo de sensatez y cultura histórica lo cree. Kundera dice que la Historia (igual que Nietzsche y Parménides) es todo un eterno retorno. (Schopenhauer) La historia se la pasa dando vueltas, no avanza, olvida. Eso es lo terrible: OLVIDA. Los pueblos sin memoria son los más propensos a gozar de la dictadura, porque no se enteran y, cuando lo hacen, lo olvidan.
Milan sostiene que el olvido es algo organizado (suplantado con nombres ficticios como Paso de Cortés a Paso de Pueblos Indígenas, en México). Para Kundera: “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.
Kundera revela que el comunismo no necesitaba tanto matar, una vez en el poder, como hacerte olvidar. Cambiaba los conceptos, los nombres de las calles, reescribía los libros de texto, quería perder en los mitos a las nuevas generaciones, rompía con el contenido de la historia. Esto se ejemplifica en El libro de la risa y el olvido. En ese texto, el gran líder Clementis estaba con Gottwald, el nuevo poderoso. La solución era olvidarlo y, para ello, lo borraron de la foto; solo queda su gorro, que no dice mucho de él. Olvido organizado, culpables para todo.
Para Kundera, la explicación es que el comunista (hay que entender que vivió el comunismo de posguerra, el experimento de Alexander Dubček de socialismo con rostro humano, que terminó aplastado por los tanques soviéticos que borraron la Primavera de Praga) dice siempre “esto no pasó” porque sabe que los datos y referencias lo traicionan; dice “esto nunca importó”. El comunismo tardío era un dogma sin creyentes, nadie creía en él, pero todos tenían que aplaudir, y lo hacían porque dejar de aplaudir les causaba miedo de lo que vendría.
Después de la caída de Praga en 1968, los comunistas checos entendieron que el comunismo podría llegar a ser cruel. Porque antes vivieron un comunismo que no era tan represivo como Stalin en Rusia —persiguiendo opositores y medios que propagaban la verdad en la clandestinidad—; era un comunismo diferente, de formularios, de cupones, de subsidios, de colas para recibir beneficios. El castigo era simple: el funcionario te niega el trabajo, el comisario te saca del partido si no defiendes aun la causa más absurda, porque está prohibido pensar.
México tiene un caso similar en el asunto de la visa de Andy. Es tan absurdo que se invoque la patria, la soberanía, y se junten multitudes por una visa extranjera… pero es una causa oficial y, aunque ni los que la promueven lo crean, no pueden dejar de aplaudir si quieren seguir en el cargo o para obtener uno nuevo… es dogma.
Esto pudo ser hasta por no producir las croquetas favoritas para el perro de Claudia Sheinbaum o del Caudillo, o por declarar en el Paso de Cortés que siempre no. O estudiamos las últimas concentraciones del Zócalo: ¿”Más si osare un extraño enemigo a la puerta”? No, todo es vanidad del poder. Son tan kitsch.
LA LEVEDAD DEL SER
Kundera invirtió los概念 de Parménides: luz-oscuridad, liviandad-pesadez. Existe la levedad del ser por la razón de que, para el checo, lo pesado es lo positivo.
Si la vida se vive solo una vez, todo pasa una sola vez, entonces no pesa nada. Las decisiones son leves, porque da igual. La falta de peso te hace sentir libre, pero también vacío.
“Una sola vez es como si no hubiera sido nunca”. Elegiste pareja. Quizá preferiste a B en lugar de A. Es difícil saber cuál era mejor. En todo caso eres ajeno a ambas, aunque estés con B, para ser ligero, para ser leve.
Levedad es no tener contrapesos en la vida, ni anclas, ni amarras. Lo leve no pertenece a nadie, y esto engaña porque puede parecer gozo.
En cambio, la pesadez es compromiso, amor, compasión, permanencia. En la novela, Teresa llega con una maleta a casa de Tomás y se queda. Tiene celos, sufre, ama a su perro Karenin; todo en ella es peso, pero todo le da sentido. Kundera explica: “Cuanto más pesada es nuestra carga, más cercana es nuestra vida a la tierra, más real y verdadera”.
Los cambios de vida los explica en La insoportable levedad del ser, pero no seré spoiler. Lea esa interesante obra, pero no es la más importante de Kundera. La paradoja es que cuando la pareja se vuelve pesada, llega la muerte, que te vuelve leve. Al final es como si nunca hubieran existido. Piense en cuánta gente que no conoce ha muerto; hoy es leve, pero es como si no hubieran existido. Por ello las tragedias solo son tragedias en primera persona… en lo cercano, cuando pesan; lo demás se vuelve, aunque trágico, leve…
LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE
La frase original es de Rimbaud, pero Kundera la toma para fabricar una ficción. Jaromil es un hijo único de una madre que anhelaba ser artista, por lo que desde niño le inculca la idea de que es un gran poeta. Era un genio, pero solo para su madre.
Este es un libro que revela el pasado de militancia comunista de Kundera, hace un ajuste de cuentas. Dice que el comunismo checo fue hecho para Jaromiles, jóvenes que prefirieron el verso al acto, prefirieron una bella frase (“Todos iguales, todos felices”). Solamente aman lo leve, no lo pesado, que es cotidiano y real, como lavar el plato, o la ropa, o asear la casa, o trabajar.
Jaromil ama la gran historia, ama la ficción, ama la revolución mundial, pero no se sujeta a la tierra; solamente a lo soñado, a lo imaginado, a lo que no existe más que en el discurso oficial.
Es Kundera de joven, antes de ser expulsado del partido por externar una ironía que resultó intolerable. Dos veces fue corrido y eso era una forma de morir civilmente.
Milan es considerado un autor judío; esto es falso y lo analizaremos más en la segunda parte, lo cierto es que es checo. Su padre era músico y crítico, Ludvík, rector de la academia de música de Brno. Su filiación religiosa, no muy nítida, es más bien cristiano-protestante, pero tiene mucho de agnosticismo; desde la familia hubo un sentido crítico.
Es tiempo de cerrar esta primera parte: Kundera era crítico de todo sistema, incluso de la democracia, pero la prefería no porque la considerara verdadera, sino porque es un sistema que no pretende ser verdadero. Las demás teorías caen en el dogmatismo, en creer en los postulados del partido por encima de todo.
Para Kundera, toda doctrina del nacionalismo, el fascismo y el comunismo son poéticas: prometen juventud, amor, futuro luminoso, todos cantando juntos, pero todo lleva a la guerra. Y esta empieza entre la misma sociedad, en que se dividen sectores, se condenan y persiguen.
La democracia, en cambio, es lenta, prosaica, no tiene manifiestos poéticos. Está aburrida, de parlamentos que discuten, de periódicos que contradicen.
No te emociona, no te hace soñar ni te hace llorar. Justo por eso es humana, pero preserva mejor los derechos de todos.
“Prefiero una democracia aburrida a la dictadura poética”. En El arte de la novela, Milan va por la idea de que el totalitarismo es una sola verdad, y nada más la tiene sobre todo en el poder. En la democracia hay muchas verdades, ninguna es definitiva, hay que escucharlas todas.
Finalmente, exiliado e incómodo para el régimen de Chequia, llega en 1975 a París; ahí descubre el kitsch: “En la democracia no te obligan con tanques, te obligan con imágenes, todos tienen que tener una imagen”. Es el político corriendo en la mañana, sudando declaraciones; es el anuncio de Coca-Cola con niños de todos colores; es Benetton con todas las razas: AL FINAL TE APLASTA EN LO INDIVIDUAL.
“Con el comunismo te obligan a olvidar; en la democracia lo hacen con tanto ruido. Al final nadie recuerda nada” y “la democracia reconoce que no pretende dominar la historia, por eso deja a la gente tranquila para que viva su vida privada… sin que salve al mundo para la paz mundial”.
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