Por Laura Gutiérrez Franco
Si la estrategia para responderle a las amenazas de Donald Trump era llenar el Zócalo a base de camiones, listas de asistencia y paseos forzados, el tiro les salió por la culata. La escenografía del poder se les desmoronó en vivo y en directo, dejando al descubierto que la movilización social no se sostiene con consignas vacías ni con la nostalgia de un liderazgo que ya no está en la boleta.
El evento convocado por la presidenta Claudia Sheinbaum y la jefa de Gobierno capitalino, Clara Brugada, pretendía ser una demostración de músculo popular y respaldo absoluto a la supuesta “nueva constitución” y al discurso del México maravilloso. Sin embargo, lo que comenzó como la clásica operación de acarreo masivo terminó convertido en una estampida silenciosa. La gente aguantó el pase de lista inicial, pero la paciencia tiene límites: tras la intervención de Brugada y en cuanto Claudia Sheinbaum comenzó a repetir el mismo libreto de siempre, la multitud empezó a ahuecar el ala.
Ni el fanatismo que presumen en los boletines ni la supuesta devoción incondicional alcanzaron para soportar el sol a plomo y la falta total de empatía de los organizadores, que ni un vaso de agua les aseguraron a sus propios movilizados. Conforme pasaban los minutos, la plaza pública se fue vaciando y los huecos de sillas desiertas en las tomas de televisión hicieron imposible ocultar el fiasco. Quienes llegaron por compromiso o por pasar lista no tuvieron el menor empacho en darle la espalda al pódium mientras la Presidenta hablaba al vacío.
Pensar que exhibir un Zócalo inflado a la fuerza le va a meter miedo a Donald Trump o le va a generar respeto a Claudia Sheinbaum en la mesa de negociación es pecar de una inocencia política preocupante. A la Casa Blanca no se le impresiona con acarreos desganados que no aguantan ni dos horas bajo el sol; al contrario, mostrar la necesidad de llenar plazas con gente cansada y molesta solo exhibe debilidad institucional y desesperación narrativa.
La política exterior y las decisiones sociales de un país se defienden con firmeza, estrategia y resultados reales, no con eventos de utilería. La desbandada en el Zócalo dejó una lección muy clara para Palacio Nacional: el apoyo popular no se decreta desde un micrófono ni se compra con un boleto de autobús, y cuando el discurso aburre y aprieta el calor, ni el acarreo más disciplinado se queda a escuchar la misma historia.
Apretujar contingentes en autobuses de línea para obligarlos a aplaudir bajo el sol no es gobernar ni construir legitimidad; es simulación pura. Cuando el aparato de gobierno depende de la coacción y del pase de lista para llenar el cuadro de la cámara, demuestra que le tiene más miedo a la plaza vacía que respeto a los ciudadanos. Claudia Sheinbaum y su equipo prefirieron el espectáculo de utilería antes que la autocrítica, olvidando que la verdadera fuerza de un mandatario no se mide por el número de camiones estacionados en las avenidas aledañas, sino por la convicción real de la gente que se queda a escuchar sin necesidad de que le condicionen un apoyo o una despensa.
El espectáculo de ver las sillas vacías mientras la Presidenta pronunciaba su discurso debió encender las alarmas en Palacio Nacional. Si a nivel local no lograron retener a sus propios contingentes ni ofreciendo sombra o un vaso de agua, la proyección hacia el exterior es de una fragilidad alarmante. Pretender negociar la agenda bilateral, la soberanía o los aranceles frente a un interlocutor tan agresivo como Trump con la carta de un respaldo popular prefabricado es una ingenuidad peligrosa. La realidad ya rebasó la mercadotecnia política, y el Zócalo desierto fue el reflejo más fiel de un modelo que se agota entre la apatía de la gente y la sordera del poder.
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