
Por Manuel Gutiérrez
Confieso que siempre tuve curiosidad por ver al Atlas por dentro; a los que conocí fue a los Leones Negros y a los Tecos. Los respeté y admiré, tocándome en suerte ambos, quizá por la lejanía de sus sedes. Armando Pujol, en el Info, no dejaba ni en ausencia que otro reportero de la casa se asomara. No eran intereses, era solamente amor, porque los amaba y lo sigue haciendo.
Bienvenidos a Picadillo Circus, en el que presentamos esta noche una “A” mayúscula, simétrica, de colores rojo y negro. Aquí no encontraremos mentiras oficiales, sino una verdad que desentrañaremos juntos: la de los seguidores del Atlas. Descansemos de los 38 homicidios por día, de los desaparecidos, los derrames de Pemex, las purgas de Morena, y platiquemos de otra cosa.
Conocí muchos aficionados rojinegros de todo tipo, desde empresarios y comerciantes poderosos, hasta gente común que se tatuaba los colores y cantaba los nuevos himnos; eran los de la nueva generación, muy diferentes. Pero hay una diferencia que hacer notar: los aficionados de antes del Atlas eran unos caballeros y las damas no tenían tanta pasión por la camiseta, entonces. Hoy, las damas son tan enérgicas y determinadas en su testimonio rojinegro que me asombro, y se saben todos sus coros.
Siempre perdían, siempre estaban en el riesgo del descenso, siempre se desmantelaban, vendían a sus mejores jugadores. Como si fuera el tormento mitológico del castigado que tenía que empujar una roca esférica cuesta arriba: lo hacía, pero cuando llegaba a la cumbre, la roca rodaba hasta abajo, al fondo, y a volver a empezar. Los aficionados que vivieron eso eran diletantes, sin duda. Porque apreciaban la “Academia”, los amigos del balón, las filigranas en la cancha aunque el resultado resultara adverso; y cuando se lograba la “voltereta a lo Atlas”, era la locura, la felicidad extrema en la tierra, un atisbo del cielo.
Y la fe renacía de nuevo. Entonces, lo divertido era, con cierta buena actitud y delicadeza, burlarse de los amigos rojinegros. Se les prodigaban los chistes en boga, de moda. Y los festejaban normalmente, con apacible actitud y cierta sinceridad de sentimiento que hacía sentir mal al acosador, quien ofertaba en son de paz algún ungüento de consuelo para la herida. “Aunque ganen”, admitían. Y todos en paz, y los rojinegros listos para volver el sábado al Jalisco.
Era un fenómeno que importó mucho del fútbol argentino, pero de buen concepto de fútbol. Es decir, disfruté de Luis Garisto, de algunos de sus entrenadores y, eventualmente, de algunos de sus jugadores, incluso el extremo al que llegaron cuando Bielsa tomó el timón. “El Loco” lo estaba, pero era un hombre que respiraba fútbol, que lo llevaba a niveles de obsesión; era interesante en sus conceptos y franco y directo en sus declaraciones. Admirable como lo fueron César Menotti, Timoteo Griguol o Don Nacho Trelles y Alberto Guerra, entre los que conocí, incluso a Bora Milutinovic.
El Atlas de entonces era un equipo que eventualmente lograba acercarse a la media tabla, que vivía de ganar —o de intentarlo— el clásico con los rojiblancos, esa verdadera némesis de su causa; con verse en apuros, ya sacaba adelante su campaña. Pero entendí que era un equipo tribal urbano, y que siempre lo ha sido. Su dominio no está en el plano nacional ni en el protagonismo campeonil, aunque Orlegi logró las estrellas y nos permitió verlos coronarse sin que el mundo se acabara. Yo temí que llegara el día del juicio final, porque había profecías de tinieblas que comenzaban con “el año en que el Atlas sea campeón”.
Curiosamente, había mucha gente intelectual que los amaba. Pese a la llegada de las universidades —incluso los Leones, que tienen su porción de fieles notable, o los Tecos, en menor número pero con un escenario ideal para ver el fútbol—, no mellaron el escudo de la “A”. Las Chivas son otro boleto. Gozan de una feligresía de millones, quizá más seguidores que habitantes de algunos países del globo; son parte de la mitología nacional, animadores eternos de todo torneo, benefactores de las taquillas y, finalmente, ídolos hasta el extremo. Realmente necesitas hacer mucho para caer del rango que te da esa camiseta rayada de blanco con rojo, de origen francés.
El Atlas, dicen las leyendas, nació del fervor de seguidores mexicanos y algunos sudamericanos como el “Che” Valdatti y otros fundadores. Tampoco me voy a poner a ser historiador, que los hay muy buenos, pero se instalaron en El Paradero; siempre lo consideré como su cuna original, donde hoy hay un CODE en el Boulevard García Barragán. Pero el Atlas tuvo entre sus directivos gente valiosa y adinerada que los llevó a descollar. Un buen momento, sin duda, fue el de Juan de Dios de la Torre, quien siendo federativo no perdió lo rojinegro.
Era también una simiente de plumas comprometidas por los colores, con amor puro, como Juan Sánchez Medina o Héctor Huerta, que manifestaron siempre su amor y su color sin desdoro de apreciar el valor de los demás equipos; y de Daniel Rodríguez, que supongo también rojinegro. “Manobeto” fue otro de sus grandes directivos, entre luces, y no faltaron versiones de sombras; pero nunca me interesó ahondar en sus virtudes, que eran de todos conocidas, ni mucho menos meterme a las oscuridades, que quizás no las había. No era mi tema ni mi preocupación.
Pero la llegada de los argentinos a la dirección técnica y la idea de presionar el resultado desde la tribuna sumaron el concepto de las “barras bravas” sudamericanas. Y el resultado fue nefasto: nefasto por las broncas en las gradas, nefasto porque ahora los jóvenes rojinegros no eran tolerantes, eran irreductibles. Y eran agresivos; el ambiente se modificó en sus partidos. No diré que dejó de ser un escenario familiar, pero aquella olvidada masacre colectiva en el estadio del Querétaro con los Gallos Blancos fue resultado de muchas jornadas en que la violencia cobraba las derrotas del fútbol. No debió ser así, y quizá se apaciguó un poco ese ardor.
Pero es un público nuevo, seguidores de una tradición tribal, de códigos y manifestaciones. Tuve un amigo colega del trabajo de la “Barra 51” y me explicaba pacientemente cómo se perdía todo el fin de semana, cómo empezaba el ritual de peregrinar al estadio con la bandera, bajo el sol ardiente o las estrellas; cómo era estar en un ambiente más propicio de Wallace, el héroe escocés, pintado y dispuesto al sacrificio. Quitarse la camisa, lucir los tatuajes, los colores en el rostro… eran una manifestación de absoluta disposición a lo que fuera por esos colores: retar al mundo.
Luego, los festejos, el ambiente, la porra absorbente que implicaba un día más después del partido, las generosas libaciones, incluso el sexo cuando lo había; un mundo de Eros y de Marte, el dios de la guerra, todo simultáneo. Cada quien en su nivel, cantado en plegarias, imprecaciones o manifestaciones de absoluto amor a la camiseta. Todo eso es el Atlas. Pero no quiero cansar a nadie con algo que todos saben, o que creemos que sabemos.
Me voy al final de la serie de Netflix, Club de Cuervos, que vi en maratón con Luis Gerardo Méndez como protagonista, productor y muy interventor, así como por sus protagonistas, entre ellos Mariana Treviño. Plantean situaciones inverosímiles para un club, porque un club debe cumplir el sagrado mandamiento de pagar sus deudas y sueldos a tiempo, y no puede ir contra el mundo o deja de existir. Cuervos divaga incluso entre coyunturas políticas y abusa, para mi gusto particular, del sexo crudo que existe en el fútbol y en la vida; no hace falta que se nos prodigue en tanto detalle o en versiones tan complejas como las variables que se tienen hoy de género y preferencia personal, todas vinculadas con los futbolistas.
Pero en el último capítulo de las temporadas, que agotaron todas las posibilidades, Luis Gerardo, como el heredero del club, pronuncia un discurso que es verdaderamente importante. Va mi versión:
¿A qué le vas cuando le vas a los Cuervos?
“Le vas a los Cuervos no por sus directivos, que hacen del juego un negocio, que pueden ser unos hoy y mañana otros, vender, mutar o cambiar, incluso llevarse a otro lugar a tu equipo. Nadie le va a un equipo por sus directivos…”
“Tal vez digas entonces que le vas a los Cuervos por los jugadores. Pero los jugadores son gladiadores a sueldo, esclavos que hoy juegan para el tuyo y mañana para otro, y del otro vendrán a ponerse tu camiseta. Entonces, no le vas por los jugadores; son importantes, quizá para los niños, pero finalmente son desechables… Los jugadores no son lo que eran antes, parte y sostén del equipo; hoy son intercambiables”.
“Entonces, no les vas por eso tampoco” —dijo en el discurso en el templo ante el cadáver del jugador apodado el ‘Zombie’, luego de calificar a la liguilla—.
“Le vas por los colores, por el uniforme, porque el equipo es de donde vives. Sí, eso cuenta, pero no lo es todo. LE VAS AL EQUIPO PORQUE ES PARTE DE TU HISTORIA PERSONAL, PORQUE AHÍ VES EL TRIUNFO Y LA DERROTA DE TU PERSONA; GOZAS, REALIZAS Y VIVES UN SUEÑO INTERMINABLE, PERO ES TU SUEÑO. LE VAS POR TI MISMO. POR ESO LE VAS A LOS CUERVOS, Y ESTOS LE PERTENECEN AL PUEBLO, NO AL DUEÑO QUE PONE SOLAMENTE EL DINERO”.
Bien, les aclaro que no es textual, pero es el significado tal como lo entendí. Y creo que no hace falta buscar el capítulo para repetirlo como mantra. Simplemente, le vas al Atlas porque es algo personalísimo y porque representa mucho para ti; has llorado, gritado, gozado, sufrido, y vuelves a hacerlo sin fin, y eso le da objeto a tu vida o la compensa.
Ese momento me justificó mi tesón de ver completo Club de Cuervos; muy prometedora, muy arriesgada, y finalmente naufragó en lo que es la realidad del fútbol, que reflejó de muchas maneras. Pero los espejos, aun siendo fieles, reproducen con alteraciones la imagen real. Cuervos hizo un Frankenstein, pero tiene sabor futbolero. Y eso les dejó a los rojinegros como explicación de por qué le van al Atlas.
Tal vez el Atlas sea muy rentable: calificó, va a liguilla, tendrá llenos. Y el nuevo propietario —que no compró la cantera en el paquete, según David Medrano dixit, quien es una biblia en el asunto—, el dueño del equipo de béisbol de los Pericos de Puebla, José Miguel Bejos, será el mecenas de la pasión urbana de Guadalajara; y si no responden y no gana dinero, será el verdugo. Creo que no es viable llevarlos a otra parte porque es una tradición de aquí, más de la zona metropolitana de Guadalajara, pero las razones pecuniarias a futuro son desconocidas. No quiero ser un Jeremías.
Mejor que obtengan otra estrella y tengan una gran liguilla. Es el Atlas, está jugando bien y ya lo vendieron; es solo un capítulo más, como en los Cuervos, que son salvajes, negros, de “apestosos a peste negra” y, finalmente, el equipo salvado por el amor de la gente. El Atlas vive no por Orlegi ni por el nuevo dueño; vive por los que van a la tribuna, que son los más importantes, aunque en ellos se piense para esquilmar y nunca para agradecer.
Todo tiene su razón con su público fiel. Bueno, en eso el Atlas y sus directivas a lo largo de la historia siempre han buscado la proximidad, la exaltación y la celebración; han sido más creativos y menos tacaños que otros clubes grandes que no ofrecen nada. Incluso el órgano más beisbolero ahora les sentará de perlas con sus animaciones, pues son los que más fuegos artificiales usan.
Y no sé ni por qué les dedico estas líneas; los observo gritando en las tribunas, amando algo que cambió de dueño pero no de significado. Y mientras este prevalezca, estarán siempre vivos y triunfantes. A eso le van los que siguen al Atlas, y pueden darme otras razones; nunca las discutiré, son del Atlas.
Los espero en Por la Tangente del Mundial. Ya saben cómo es: política, economía, cultura, crítica, chisme… pero predominará el tema futbolero con un experto de verdad, Gamaliel Ramírez Andrade, rojinegro de pura cepa. Habrá invitados de enorme interés y se pondrá la mira en torno al Mundial.
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