Por el Mtro Horacio Villaseñor
El segundo piso sobre López Mateos se presenta como solución de ingeniería, cuando en realidad es la confesión de un fracaso urbanístico. Si una ciudad necesita construir una carretera encima de otra para funcionar, el problema no está en la altura del viaducto, sino en cómo fue organizada. Durante décadas, Guadalajara se diseñó, por zonas, obligando a millones de personas a recorrer enormes distancias entre su casa, el trabajo, la escuela y los servicios. Cuando esa decisión colapsó las vialidades, la respuesta oficial fue la de siempre: más concreto, más carriles, más deuda. Nunca se cuestionó el modelo que genera la congestión; sólo se movió el embotellamiento unos kilómetros más adelante. Eso no es planeación. Es administrar el fracaso. Esa mala planeación no fue accidental: fue estructural, y tuvo fecha exacta. En 1982 se aprobó el Plan de Ordenamiento de la Zona Conurbada de Guadalajara, el primer intento de planear la metrópoli como conjunto. Pero en 1983, la reforma al artículo 115 constitucional transfirió a los ayuntamientos la facultad de planear su desarrollo urbano, justo cuando ninguno tenía capacidad técnica ni económica para ejercerla. Ahí debió aplicarse una visión de proximidad; en cambio, se fragmentó la planeación sin coordinación. Los gobernantes que heredaron esa facultad no sabían urbanística, mucho menos entendían su proximidad. Los urbanistas que sabían diseñar barrios no sabían administración pública básica. Con la alternancia política de los noventa, el problema no se corrigió: se multiplicó. Los políticos nuevos, improvisados, no traían ni una disciplina ni la otra, y gobernaron la metrópoli con la única herramienta que conocían: ninguna. La historia urbana demuestra que ampliar vialidades rara vez elimina la congestión de forma permanente: la nueva capacidad termina ocupándose conforme cambian los patrones de crecimiento. Construir más carriles sin cambiar esa lógica es vaciar un barco que hace agua sin reparar la grieta del casco. El verdadero problema no es López Mateos, sino el paradigma lineal con el que gobernamos una metrópoli que dejó de ser simple. Creemos que la movilidad consiste en mover automóviles, cuando debería consistir en reducir la necesidad de mover personas. La ciudad necesita justo lo contrario de un segundo piso: barrios que resuelvan localmente la vida cotidiana, empleo y áreas verdes de proximidad, transporte que conecte centralidades, gobiernos de barrio con decisión real. Eso es gobernanza fractal: no fragmentar, sino distribuir inteligencia donde hoy sólo hay dependencia. Y por eso tampoco hay que hacerle caso a los colegios de profesionistas que opinan sin entender la función pública y que, al final, sólo buscan beneficiarse de la siguiente obra. Ellos no van a resolver el problema de una ciudad compleja, porque ni siquiera la entienden como tal: para quien vive de la próxima licitación, cualquier problema urbano tiene la misma respuesta, más construcción. No son un contrapeso técnico; son parte interesada disfrazada de opinión especializada. Algo parecido, aunque más grave, ocurrió con el Instituto de Planeación y Gestión del Desarrollo del Área Metropolitana de Guadalajara (IMEPLAN). Después de años de haber sido creado, sólo ha servido, por ignorancia, para desperdiciar dinero público, alimentar egos y perder lo más valioso que tiene una ciudad: su tiempo de corregir. Hay que decirlo con claridad: muy pocos sabemos que, el IMEPLAN que imaginó, discretamente, su principal impulsor “por debajo de la mesa”, el finado Raúl Padilla López, no es el que políticos ambiciosos e hipócritas del PRI, PAN y MC terminaron haciendo. De ahí que hoy no sirva para nada verdaderamente útil. Un instituto metropolitano de planeación debía ser, precisamente, el instrumento técnico capaz de corregir el error de 1983: coordinar lo que la fragmentación municipal nunca pudo coordinar. En cambio, se convirtió en otra oficina más para repartir cargos y simular coordinación, mientras la ciudad seguía creciendo sin ningún criterio de proximidad. Cada segundo piso anunciará un tercero; cada crédito abrirá la puerta al siguiente. El concreto nunca ha resuelto un error de organización territorial. Cuando una ciudad necesita un segundo piso, ya perdió el primero. Y no perdió sólo su piso de asfalto: perdió también su piso de gobierno. Construir encima de un error, sin corregirlo, prueba que ya no gobernamos la ciudad; apenas la apilamos. ¡Ni hablar!
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