Por el Mtro Horacio Villaseñor
El regreso del gobernador Pablo Lemus a la vida pública ha estado marcado por una promesa tan audaz como insuficiente: asegura que, en un plazo de dos meses, la población comenzará a notar una mejora en la calidad del agua. Tras el anuncio de un “Plan Hídrico Estatal” y el despliegue de medidas paliativas como pipas y plantas provisionales, la narrativa oficial insiste en centrarse en la infraestructura como el único horizonte posible. Sin embargo, esta lógica de “parchear” la crisis no solo es predecible, sino que nos condena a repetir el mismo ciclo de fracasos. Reducir la crisis del agua a un calendario de dos meses o a la simple modernización de la Planta Potabilizadora de Miravalle, mientras se evade la discusión de fondo sobre la responsabilidad compartida con los municipios y el modelo de ciudad, es una estrategia que confunde la urgencia mediática con la gestión real. La visión de la ingeniería tradicional, que el gobierno sigue abrazando, ignora que el agua turbia que hoy llega a los hogares es el resultado de un “metabolismo urbano” roto: una ciudad que crece de forma desordenada, que prioriza el desarrollo inmobiliario sobre la salud de sus cuencas y que ha desmantelado paulatinamente la capacidad institucional del SIAPA. Por cierto, resulta revelador observar que, entre los asesores y el equipo técnico que respalda estas decisiones, no figuran expertos en las disciplinas que realmente se necesitan para diagnosticar un problema de esta complejidad. No veo especialistas en geografía crítica, ni en cibernética organizacional, ni en gobernanza fractal, ni en ecología política urbana, disciplinas indispensables para entender cómo fluye el agua en un territorio profundamente desigual y técnicamente desarticulado.Mientras el gobierno promete que el problema se resolverá pronto, se soslaya que el desabasto es un problema de justicia espacial: la infraestructura actual no solo está vieja, sino que responde a una lógica de exclusión. La insistencia en este “plan emergente” es, en esencia, la misma receta que nos ha traído hasta aquí: más deuda para perpetuar un sistema que ya no sostiene el crecimiento de Guadalajara.Lo que Guadalajara requiere no son promesas de dos meses, sino una reingeniería profunda que deje de ver al agua como un commodity y comience a gestionarla como un derecho común. El ‘Plan Hídrico’ que nos proponen no es más que una cura paliativa: una serie de medidas de alivio temporal, como el despliegue de pipas y la rehabilitación superficial de plantas, que apenas mitigan el síntoma del desabasto, pero ignoran la gravedad de la enfermedad estructural que padece nuestro organismo urbano. Mientras el gobierno insista en aplicar estos cuidados paliativos para ganar tiempo, se evade la cirugía mayor que nuestra ciudad necesita urgentemente: una transformación que desarticule el urbanismo salvaje y priorice la salud de la cuenca sobre la inercia del cemento. Si no nos atrevemos a tratar la causa raíz, la falta de justicia territorial y el desorden metabólico, Guadalajara seguirá condenada a vivir en una crisis permanente, donde la infraestructura no es una solución, sino un parche que, tarde o temprano, se desprenderá ante la realidad de un sistema agotado. Ni hablar.
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