Por Manuel Gutiérrez
El éxito es en ocasiones el detonante de una caída, por causas inadvertidas, pero siempre por la misma razón: por enfrentarse al poder. El poder no entiende la popularidad ajena, no tiene sentido del humor y solo admite el vasallaje total, la reverencia que rompa la columna vertebral, pero sería o no cierto, la verdad, conociendo la política mexicana, no es dudarse que así haya sido, y más en la 4T, que asume formas de tragicomedia.
El primer caso forma parte del libro El Vendedor de Silencios, de Enrique Semo, la vida del gran periodista Carlos de Negri, que previo a Jacobo Zabludovsky, marcó una era de control y poder, del que hizo ostentación, con abundantes beneficios y prebendas. Carlos de Negri escribía unas líneas en Excélsior y al día siguiente se modificaba la alineación de los personajes políticos en México.
Mientras, Emilio Uranga, el filósofo, se encumbraba sin sacar beneficios adicionales de su cercanía a los presidentes, salvo su sueldo, y su vida de polémicas con diversos personajes de todos los niveles, así como cátedra en la UNAM. Nunca llegó a tener un desliz que lo condujera a la caída, pero simplemente fue reemplazado por mera selección de afinidades por Luis Echeverría.
Habiendo sido la conciencia del presidente Gustavo Díaz Ordaz, en quien de manera certera y precisa respondía sus consultas sobre diversos temas políticos, económicos y sociales, y siempre pensaba en el bien de México y en que se hiciera lo mejor. Como Casandra, vaticinar el futuro y decir la verdad no siempre cae bien; no era creído o no lo escuchaban.
Carlos de Negri, en cambio, sabía vender su oficio, su simpatía, su aprobación, pero mejor que eso, el silencio. Es decir, mostraba al candidato comprador sus errores garrafales, perfectamente documentados, en que podrían estar estafas al erario, desvíos de fondos, traiciones políticas o revelaciones de secretos con consecuencias. Y lo mejor pagado era el silencio.
Carlos de Negri había sido charro en el deporte nacional y, con Nacho Pasquel, llegó a ser uno de los mejores de México. A la par llevaba una vida intensa y tormentosa con sus parejas, con estrellas de cine, hasta llegar al amor y pathos de su vida, Natalia. Su casa fue conocida como el Palacio del Resistol, de tanto que usaba en el afán de reparar porcelanas rotas, sillas o mobiliario costoso.
Pero no fue eso lo que lo hundió. Una vez, con Elena Poniatowska, asistió a una velada literaria en que estaban destacados escritores, como Carlos Monsiváis, Silva Herzog, Luis Spota, en fin, gente conocida en el México de entonces, en que ser parte de sus grupos era existir en el arte, cultura, política o sociedad.
En esa ocasión, un oscuro burócrata, recientemente titulado en Derecho, llamado Luis Echeverría, se animó a presentar su obra literaria. La obra motivó desde moderados comentarios de desaprobación, pero llegó el turno de Carlos de Negri: este hizo añicos el intento literario de Echeverría, arrastró su orgullo. Le dijo que era mejor que fuera político, que no soñara con ser escritor. Carlos no pensó que ese momento sería causa de su desgracia; era un incidente sin chiste en una velada.
Pero un buen día, Luis Echeverría fue ungido como presidente de México. Ese día, en Excélsior, Carlos era enviado a cubrir acontecimientos mundiales, como la carrera espacial a Cabo Cañaveral, pero no le publicaban nada.
Y en Televisa, su escenografía de sus presentaciones, ornamentada con una Virgen de Guadalupe, libros como decorado, algunas figuras de bronce y una Bandera Nacional, fue desmantelada. Ya no saldría más en televisión ni comentaría en XEW Radio.
Finalmente, lo corrieron de Excélsior. El hombre que había sido temido en los pasillos del poder ya no era nada. Lo entendió y saboreó el amargo sabor de la derrota. Nadie metió la mano para ayudarlo. Surgió el Canal 8 y pensó que volvería, pero el veto era total; los empresarios de Monterrey recibieron el veto.
Emilio Uranga no se cruzó en el camino de Luis Echeverría, pero simplemente no le cayó bien. Y lo despidieron. Y el no haber aprovechado su coyuntura para beneficio personal al final le pasó factura: perdió apoyos en la UNAM, enfermó y pasó sus últimos días dependiendo de la caridad pública. Era una lumbrera genuina del pensamiento mexicano. Pero no sabía hacer genuflexiones y era demasiado honesto; eso en México se le llama de otra forma.
POPULARIDAD PELIGROSA: SUBE PELAYO, SUBE
Pero no fue el caso de la desgracia de Luis Manuel Pelayo, gracioso actor capaz de escalar en la comedia y realizar papeles serios. Su modulada voz era adorada como la voz de Kalimán en las telenovelas de la radio. Sus papeles de cine lo alternaban con Mauricio Garcés y con otras divas hermosas de la época; versátil, declamador, triunfó a lo largo de una dilatada carrera, pero el triunfo llegó sin límites.
Un buen día le ofertaron un programa de bajo rating y la televisora, deseosa de intentar recuperar algo, le ofreció la conducción. El esquema era simple: premios en efectivo para los aventados, que gozaban de 15 minutos de fama, podían subir al palo encebado o participar en eventos burlescos, aunque nunca capaces de lesionarlos, como ahora se ha llegado a hacer en este tipo de concursos. Luis Manuel, pese al tono del programa, era respetuoso. Su dimensión del éxito lo llevó a las cumbres totales de México; Sube Pelayo era leyenda popular.
Si tenía ideas políticas, siempre se las guardó. Pero un buen día coincidió en un acto público favorable a un candidato llamado Luis Echeverría. La gente, al reconocerlo, comenzó a exclamar “¡Sube Pelayo, sube!” a todo pulmón, lo que disgustó al protagonista ungido del momento.
Ahí terminó su exitoso programa, con una llamada al Tigre Azcárraga, que muy a pesar cumplió la orden. Con menor fama, pero gozando de un grato reconocimiento popular, la carrera de Luis Manuel declinó totalmente, sin un final tan malo, pero inexplicablemente todo se le cerró.
Una bella mujer de Guanajuato, llamada María Luisa Velasco, optó por hacer un personaje llamado “La India María”. Inteligente, profesionista, supo modelar su personaje; nos veíamos indios sin sentirnos ofendidos. Su participación en Siempre en Domingo, en sketchs ligeros, familiares, le dio toda la fama total en México y la convirtió en una dama que llegó a tener películas.
En uno de esos programas, Raúl Velasco, fuera de script, se puso a bromear con ella y entre los tópicos le dijo que si ella fuera presidenta de la República, qué sería lo que haría con ese cargo.
La India contestó rápido, pues era televisión en vivo, y dijo algo inocente, tal vez un acto reflejo del subconsciente, aunque llegó a tener giros interesantes que caían en los políticos y que con gracia eran críticos; no era su estilo. Cantinflas había llegado mucho más lejos, pero nadie se metió con él.
“Si yo fuera presidenta… me iría con toda mi familia a pasar unas vacaciones en Acapulco”, fue lo que dijo la India María. Un chiste malito, una salida nada más.
Resulta que en ese momento el presidente era José López Portillo, quien recién tomado el poder tomó esas vacaciones con su familia… en Acapulco. Los zalameros agrandaron la ofensa.
La referencia fue interpretada de la peor manera. A todos en la vida nos ha tocado que se infle una expresión y la lleven hasta los abismos y sea digerida como ofensa suprema; al menos a mí me costó algo así: mi salida de El Informador en realidad no era intencional, pero nadie me creyó. Y era una fruslería, pero se la aplicaron al dueño del periódico. Bye, bye.
La reacción de JLP fue intensa, silenciosa y ruda: la India quedó vetada de la farándula, dejó de aparecer en TV a nivel nacional, y menos en Siempre en Domingo.
Exitosa, con buenos recursos allegados por sus trabajos, con posición y cultura, la India María aceptó el ucase y se retiró en silencio, dejando dudas de cuál fue la razón de su salida. Algunos dijeron que motivos matrimoniales, familiares, etc., hasta que el asunto se apagó. Hoy se le sigue admirando.
Toda esta narración me viene a cuento con los asuntos de Rafael León, recluido en su domicilio sin poder trabajar y ya anunció que dejará la cobertura de nota roja, por razones justificadas de miedo, si vuelve a los medios. En tanto, es juzgado de cargos judiciales tan retorcidos como que su labor daña a las instituciones por guardarse información, o precisamente por divulgarla, en un atentado del poder contra la libertad de expresión.
Qué expresión habrá tenido para desatar el enojo de la dama Rocío Nahle, gobernadora de Veracruz. En este oficio hasta un concepto inocente puede ser tu perdición. Y el caso del poblano Rodolfo Ruiz, periodista digital, que por lo menos acusó la corrupción en el gobierno morenista de Rafael Armenta en su entidad. Lo procesan por delincuente cibernético, a falta de nuevos cargos; le falta ser alienígena.
Qué fácil, qué endeble es terminar una carrera periodística y la libertad de expresión.
Y la falta de sentido del humor no es una virtud de nuestros políticos. López Obrador la tenía, pero tan burlesca ante tragedias que resultaba altamente desagradable, como cuando hablaba de víctimas de masacres o de atropellos de su propio gobierno. Pero no tenía el control del Poder Judicial, y ahora la presidenta sí lo tiene.
El que se cuece aparte y sobrevivió para contar sus chistes fue Manuel “Loco” Valdés; no se bajó de escenario por la supuesta locura que representaba. “Será melón, será sandía, será el pelón de Echeverría” y una alusión al prócer “Bomberito Juárez” marcaron multas, pero por alguna razón lo toleraron, tal vez por su popularidad, en tanto todo México festinaba.
Curiosamente, en los shows del Tenorio o en La Señora Presidenta de Gonzalo Vega, iban a reír muchos políticos que luego felicitaban a los actores por haberlos citado. Le pasó a Lechuga, al Loco, a otros.
Asombroso, pero la casta del PRIAN de ese entonces tenía más modo que los señores y señoras de Morena de ahora.
Lo cierto es que el “Loco” fue sancionado por Gobernación, pero tal vez perdonado por el pago y adicionalmente por llevar un show privado a los políticos que desean reírse y verse en el espejo de la farándula.
Y lo mismo pasaba con los cantantes, sus relaciones con el poder, de Luis Miguel, que hasta tiene un libro que escribieron sobre ese tema, eran motivo de escrutinio y de cantar lo que les pedían y de ser amigos personales del presidente o de sus familiares y departir con ellos en sus festejos.
Una vez, esto me lo platicó un eminente músico: la Banda de Música del DF interpretó ante la señora María Esther Zuno de Echeverría la canción popular “La borrachita”.
La señora se puso seria y advirtió al director de la Banda: “Maestro, mientras yo esté presente, y aún mejor, le voy a pedir que saque esa pieza de su repertorio”.
El maestro aceptó, pero lo tomó a la ligera. Y en otra oportunidad, estando presente doña Esther, atacó con La borrachita.
Ahí, sobre advertencia no hay engaño. Fue despedido y puesto de patitas en la calle, y se salvó de que los guardias presidenciales le dieran una pamba, y no volvió a encontrar trabajo en lo mismo en todo ese sexenio.
Ah, el poder efímero y que se desvanece, como la fama. Pero en México hasta la popularidad entraña riesgos, y el uso mediático muchos más, y te puede exhibir y te desgasta. La mañanera no está haciéndole un gran favor a la presidenta, sino lo contrario, y se distrae demasiado tiempo de lo que debería ser prioritario: trabajar en resolver los problemas. Si mete la pata, vuelve a mandar; si se equivoca, se hace anécdota.
Alguien cercano los registra, como lo hace Rodrigo Champ: es tan ingenioso que incluso puede ser admirable aun para sus criticados. Los hace verse de menos humanos, y él es el Sancho Panza del sentido común que los corteja o amonesta… pero siempre es peligroso meter la cabeza en las fauces del tigre, ¿recuerdan a Siegfried and Roy… hasta que se los comió el tigre? Pero así es el oficio.
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