
Violeta Moreno Haro
Hay hombres cuya biografía no se mide por los cargos que ocuparon, sino por lo que dejaron en pie. Don Constancio Hernández Alvirde pertenece a esa estirpe, la de quienes construyen institución sin necesidad de anunciarse, porque su obra se verifica con el tiempo.
Este 16 de enero, la Universidad de Guadalajara y el Colegio de Notarios del Estado de Jalisco conmemoran el XXXVIII aniversario luctuoso de Don Constancio, en el Patio del Museo de las Artes de la UdeG. Más allá del protocolo, estas fechas cumplen una función seria, sostener memoria pública. En un país donde la conversación suele girar al ritmo de la coyuntura, recordar a quienes dieron forma a las instituciones no es nostalgia. Es una manera de proteger estándares. Y los estándares, en educación, en derecho, en servicio público, son de las pocas cosas que mantienen de pie a una comunidad cuando arrecian el ruido y la grilla.
Hay legados que no se disputan, se cuidan. Cuidar no significa idealizar el pasado ni convertir la memoria en consigna. Significa entender qué tipo de carácter fundó ciertas prácticas y qué tipo de congruencia permitió que una universidad pública siguiera siendo universidad, y no botín, que el derecho siguiera siendo derecho, y no ocurrencia, que el prestigio siguiera siendo prestigio, y no propaganda.
Lo que el archivo dice de Don Constancio, su vinculación profunda con la vida universitaria, su paso por tareas distintas, su papel como hombre congruente, recio e incorruptible, importa precisamente porque describe un perfil que hoy escasea. No por falta de talento, sino por exceso de incentivos para el atajo. Vivimos en una época que premia la visibilidad inmediata, el golpe y la pose. Por eso es útil volver a figuras cuyo capital no fue el aplauso, sino la obra, gente que entendió que lo serio se construye lento y se sostiene con carácter.
La Universidad de Guadalajara, como las grandes casas, tiene memoria larga. Esa memoria no se conserva solo en documentos, se conserva en símbolos, en rituales y en personas que funcionaron como columnas. Una columna no sirve para lucirse, sirve para sostener. Por eso, cuando una comunidad honra a una figura de esa talla, no está mirando hacia atrás, está marcando una línea hacia adelante. Está diciendo, sin gritarlo, esto es lo que somos, y esto es lo que no conviene degradar.
La alianza simbólica de esta conmemoración, Universidad y Notariado, no es casual. Es una frase institucional pronunciada dos veces, forma, reglas, responsabilidad. En tiempos de tensión, ese mensaje es profundamente público, ordena el ambiente. Recuerda que hay pilares que no conviene convertir en ring. Porque hay diferencias que se pueden discutir, sí, pero hay estructuras que se deben cuidar si de verdad queremos que sigan funcionando.
En Jalisco siempre habrá disputa por posiciones, narrativas y agendas. Es normal. Lo que no es normal, y lo que conviene defender, es que la disputa erosione lo esencial, la confianza en la educación pública, la seriedad de las instituciones, la continuidad de lo que sí funciona. En la vida pública, a veces el deber no es pelear, es cerrar, cuidar, sostener. Y hacerlo con sobriedad, sin convertir todo en pleito.
Conmemorar a Don Constancio es, en el fondo, un acto de cuidado. Y el cuidado institucional no es sentimentalismo, es estrategia civilizatoria. Es recordar que las instituciones se sostienen con resultados, no con ruido, con carácter, no con grilla, con memoria, no con ocurrencias. Hay liderazgos que no se anuncian, se verifican. Y hay legados que, si de verdad importan, se honran como se honran las cosas serias, con sobriedad, con respeto y con continuidad.
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