
Por Laura Gutiérrez Franco
(Segunda parte)
Si usted es de los que pensaba que el Mundial de la FIFA 2026 nos iba a dejar en la quiebra solo por los boletos del estadio, déjeme decirle que subestimó el verdadero epicentro del “vaciado de carteras”: el mismísimo Fan Fest en el centro de Guadalajara.
La buena noticia —y hay que celebrarla con bombo y platillo— es que la entrada es un auténtico regalo. ¡Gratis, pase usted con toda la familia! La mala es que, una vez cruzando el filtro de seguridad, el aire que se respira ahí dentro parece cotizarse en la bolsa de valores.
Hagamos cuentas con la calculadora de la telerrealidad tapatía. Si usted decide ir con su bonita familia de cuatro integrantes a vivir la “experiencia mundialista completa”, prepárese para que el presupuesto familiar sufra un fuera de lugar de proporciones épicas. En una sola sentada, el chistecito le va a salir, bajita la mano, en unos 1,400 pesos.
¿Por qué tanto? Bueno, porque mantenerse hidratado y alimentado bajo el calor tapatío es un lujo premium. Una cerveza —vital para aguantar los nervios del partido— cotiza en unos módicos 160 pesos. Si prefiere mantener la cordura o va con menores, un refresco o una simple botella de agua le costará entre 80 y 90 pesos. ¿Y para el diente? Una hamburguesa digna de un restaurante de diseñador, pero servida en plato de cartón, está en 280 pesos. Al final, los 1,400 pesos se evaporan más rápido que las ilusiones del quinto partido.
Para ir una vez, está bien; se paga la novatada, se toma la foto para el recuerdo y se presume en redes. Pero si usted es un aficionado de hueso colorado que quiere ir seguido, el Fan Fest puede convertirse en el camino más corto a la bancarrota.
Por fortuna, el ingenio y la resistencia económica del tapatío siempre van un paso adelante. Las estrictas políticas de la FIFA dictan que no se puede ingresar ni un chicle; si usted lleva un lonche, una fruta o una humilde barrita de cereal, la seguridad del evento se lo hará tirar con la misma rigurosidad con la que se confisca el contrabando. Todo sea por salvaguardar… el negocio de adentro.
Pero hecha la ley, hecha la fila. La gran estrategia de supervivencia de las familias ahora consiste en el “turismo gastronómico de escape”. Como la entrada es gratis, la gente simplemente se sale del recinto, camina unos pasos y bendice la existencia de las tiendas de conveniencia, los puestos de tacos y, por supuesto, nuestras salvadoras tortas ahogadas de los alrededores.
Afuera, la realidad es otra: la comida es un 50% más barata, tiene el doble de sabor y el picante es auténtico. Al final, a los comercios locales les está yendo de maravilla gracias a esta genial triangulación. El único “sacrificio” es tener que volver a formarse en la fila para reingresar, pero seamos honestos: hacer fila con la panza llena de tacos y el bolsillo intacto se hace hasta con gusto y una sonrisa de oreja a oreja.
Así que ya lo sabe: disfrute el Fan Fest, grite los goles, pero si el estómago ruge, haga patria, salga tantito, coma como rey por la mitad de precio y regrese a la fila. Su cartera se lo va a agradecer profundamente.
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