
Por Laura Gutiérrez Franco
Para sorpresa de absolutamente nadie —salvo, quizás, de nuestras queridas autoridades—, volvió a llover en la Zona Metropolitana de Guadalajara. El pasado viernes -solo por citar un día porque todos los días hay lluvia- bastaron un par de horas de agua y viento para recordarnos que vivimos en una metrópoli de primer mundo… siempre y cuando el primer mundo sea una Atlántida de asfalto, cables caídos y promesas flotantes.
El saldo de la enésima “tormenta atípica” (el adjetivo favorito del manual de excusas gubernamentales) fue un despliegue de caos perfectamente sincronizado: alrededor de 90 árboles derribados que aplastaron autos y cortaron vialidades, el transporte público colapsado —con las Líneas 1 y 4 del Tren Ligero y Mi Macro Calzada jugando a ser submarinos— y más de una decena de ciudadanos rescatados de convertirse en estadísticas náuticas en pasos a desnivel como el de 8 de Julio y Washington, que alcanzó la nada despreciable altura de tres metros de agua.
Lo verdaderamente fascinante de esta película, que ya va por su cuadragésima temporada, no es el agua, sino el absoluto desdén institucional que la acompaña. Estamos ante un festival del deslinde donde los tres niveles de gobierno prefieren ver pasar los cadáveres de los árboles antes que mover un dedo de manera estructural.
El apagón federal: La CFE y su velocidad de caracol
Si el gobierno municipal y el estatal se lucieron con sus eternas bocas de tormenta tapadas y colectores pluviales del siglo pasado, la Federación no quiso quedarse atrás. La Comisión Federal de Electricidad (CFE) demostró que su concepto de “clase mundial” incluye dejar a miles de tapatíos a oscuras durante más de 48 horas.
Vecinos de diversas colonias de Guadalajara y Zapopan pasaron el fin de semana no sólo vigilando que el agua no se metiera a sus salas, sino viendo cómo la comida se les echaba a perder en los refrigeradores. Los reportes se acumularon por cientos, pero la respuesta de la empresa eléctrica estatal llegó con la misma parsimonia de quien atiende una ventanilla de archivo muerto. Total, ¿qué son dos días sin luz en pleno 2026? Un fin de semana romántico a la luz de las velas, cortesía del gobierno federal.
La receta de siempre: Culpar a la basura y “monitorear”
Por su parte, las autoridades locales aplicaron la vieja confiable: la culpa es de la basura que tira la gente. Y sí, la ciudadanía tiene su parte de responsabilidad, pero usar los desechos como pantalla de humo para ocultar que el SIAPA y los ayuntamientos han permitido la urbanización salvaje de las zonas altas (como La Primavera) es, por decir lo menos, cínico. Se pavimentan los pulmones de la ciudad, se autorizan torres de departamentos donde antes había absorción de agua, y luego se sorprenden de que Plaza del Sol parezca un ramal del río Lerma.
¿Por qué si estos puntos se inundan con cada tormenta fuerte no se arreglan de raíz? La respuesta es tan simple como dolorosa: las obras de drenaje profundo y reingeniería hidráulica no se ven, van enterradas, y lo que no se ve, no da votos. Es mucho más rentable inaugurar un parque, pintar una banqueta o tomarse la foto con una chamarra de Protección Civil “supervisando los trabajos de desazolve” que invertir miles de millones en una infraestructura que heredará la siguiente administración.
La de este viernes fue apenas la segunda tormenta seria de junio. El temporal apenas comienza y la zona metropolitana ya está de rodillas, sin luz, con toneladas de lodo en las calles y con gobernantes que, desde la comodidad de sus oficinas secas y con plantas de luz propias, nos piden “paciencia y extremar precauciones”. Mientras tanto, a los ciudadanos nos queda claro que en Guadalajara, sobrevivir a la lluvia no es un servicio público; es un milagro.
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