
Por Manuel Gutiérrez
La ética falló en la 4T; propuso lo moral sin un Estado de Derecho. Como profeta del nuevo orden, Andrés Manuel López Obrador jugó la carta de la propaganda y de la movilización política derivada de la aplicación de la ética en el comportamiento político y social. En general, la planteó como una vía de moralidad hacia una sociedad nueva, influida por los valores y nunca por el pragmatismo político.
La verdad, todo resultó un doloroso engaño y un fracaso para el aspirante a filósofo que antepone los resultados políticos a los principios ideales. Porque López Obrador reaparece y con claridad se observan sus ínfulas de pastor de la izquierda; quiere serlo a nivel latinoamericano a falta de Cuba y Venezuela. Su pretensión ahora es regresar como caudillo bolivariano desde Chiapas y que su pensar sea la base de una nueva revolución populista allende las fronteras. Desea ser una especie de patriarca de aires benévolos que antepone los valores filosóficos a las cuestiones políticas.
Es una imagen, pero muy falsa, de su realidad. Una variante de ese tema es seguida por Claudia Sheinbaum, su representante en el tema del nepotismo; pero, de aplicarse como la escuela del “Peje” lo desea, representará la derrota en entidades como Zacatecas o San Luis Potosí, cuando menos con gente de su propio partido en contra, aunque estén cobijados en otros colores.
La ética se pierde en aras de los resultados. Lenin acabó con los conceptos marxistas teóricos que le estorbaran: la dictadura del proletariado mundial por encima de todo arrasó con todo. Solo quedó incólume el ateísmo derivado del materialismo dialéctico, la lucha de clases y el advenimiento —como profecía religiosa— de una sociedad sin clases con una moral social, no individual.
La ética de López se manifestó en la ambición de “no robar, no mentir”. En la práctica, se invistió de pureza, de ser diferente, más excelso; como algo nuevo en la política mexicana, una rara avis nunca antes vista que predicaba la humildad franciscana como anhelo, aunque se dice que su vinculación es más santera que cristiana.
Dice José López Portillo en Mis tiempos, Vol. 1, que la ambición de instalar un régimen moralista y moralizante obliga a convertir al Estado en un modelo dictatorial. Así lo expuso en su obra El Estado Moderno: Teoría del Estado, porque se vuelve un ente censor, inquisitorial, un perseguidor maniqueo en el que los de la misma denominación que el profeta son los buenos y los demás son los malos. Para lograr el bien que pregona, requiere el poder total como parte del modelo. Es un enfoque que consagra toda la construcción política a la idea dominante: todos sirven al propósito ideal, lejano e inaccesible. El líder es el intérprete de las normas, el fiel de la balanza en las conductas, el tribunal final inapelable y el guardián del depósito ideológico de la nueva sociedad.
El “Peje” así se convirtió en un pastor capaz de absolver los delitos políticos, patrimoniales y de otras índoles de personajes nada recomendables para la imagen de su movimiento, pero de suma utilidad práctica para adquirir el poder en los estados, doblar instituciones autónomas o quebrantar voluntades adversas. Se rodeó de impresentables, pero útiles; ese fue su rango de exigencia moral. Al ser impresentables, estaban de alguna manera controlados, porque podía volver contra ellos las deudas legales de delitos o excesos anteriores. Más que un cambio, era una patente para delinquir: siempre y cuando fueras parte del movimiento, tus acciones no tendrían consecuencias.
De ahí vino el ejercicio de absolución practicado en “las mañaneras”. El Presidente de entonces, y la de ahora, pronuncian que un personaje nada tiene que ver con las acusaciones y con lo que señala la opinión pública o las noticias periodísticas. Por ejemplo, Claudia absolvió al almirante Rafael Ojeda, ahora acusado por sus sobrinos —en su estrategia de defensa— como responsable del huachicol y otros delitos, por tener el mando y conocer el asunto que le denunciaron, siendo negligente en resolverlo. Fernando Guerrero Estrada, un alto oficial que denunció el problema mientras esperaba la acción del superior Secretario de Marina, fue eliminado. Su muerte tampoco motivó algún procedimiento o investigación; hoy, Rafael Ojeda fue exonerado por la Presidenta.
Incluso con averiguaciones penales, civiles o mercantiles, los impresentables quedan absueltos y los procesos suspendidos, como ocurrió con los Yunes. Ellos sacaron la Reforma Judicial con sus votos y hoy descansan en su curul (por ello les urgía controlar el Poder Judicial y manejar las judicaturas); hay un fraude al ofertar moralidad con esos resultados.
Trasfondo filosófico
En realidad, lo que hizo López con fortuna en la manipulación —pero con un concepto filosófico mal leído y peor interpretado— fue trasplantar los principios de los pensadores griegos sobre ética política. Platón, en su República, describe una sociedad ideal gobernada por reyes filósofos, donde la justicia se logra con cada clase social cumpliendo su función en un orden armonioso y equilibrado en la polis. Sócrates, por su parte, enfocó el tema como la búsqueda de la justicia y la virtud mediante el diálogo y la reflexión crítica. La virtud venía del conocimiento y el objetivo de la vida no era acumular bienes o riquezas materiales, sino vivir con razón y justicia.
Obviamente, la realidad de su gobierno, de su familia y de los personajes de su administración es hacer exactamente lo contrario: buscar el beneficio personal. Pero dejemos que opine Aristóteles: en Ética Nicomáquea y en Política, el filósofo griego sostiene que la virtud es la justicia y se alcanza mediante la participación en la vida política y la búsqueda del bien común. Platón fue más lejos; pintó una sociedad de filósofos-reyes que eran sabios y justos en el propósito del bien común. Había guerreros, valientes y defensores de la ciudad, y productores —artesanos y comerciantes— que proveían bienes y servicios.
Esto llega, por el lado de Aristóteles, a un gobierno de tres tipos:
1. *Monarquía*: gobierno de uno solo; si es bueno, es un rey querido; si es malo, es un tirano.
2. *Aristocracia: gobierno de los mejores y pocos; si son buenos, son nobles y capaces; si son malos, degeneran en **oligarquía*, una secta dominante que reparte los beneficios entre ellos. Esto ocurrió de facto en la nueva oligarquía que propone la 4T, con los desplantes millonarios de sus personajes.
3. *Democracia*: desarrollada luego por el “Doctor Angélico”, Tomás de Aquino, como el gobierno de muchos con sentido del bien común; es una verdadera república.
Si sucede lo contrario, lo malo se impone: los intereses personales y la práctica del engaño mediante la demagogia, en la que muchos creen que reciben bienes (pensiones y dádivas) que en realidad acaparan unos cuantos.
En su caso medieval, el filósofo Aquino propone que la Iglesia proporcione una guía moral y que el poder político debe someterse a ella para seguir la supremacía del orden espiritual. Esto tiene un efecto militante en los gobernantes que pretenden imponer un orden ético. Por ello, más que un gobierno moralizante, debe privilegiarse el Estado de derecho. Sin embargo, no leyó completo a los griegos y menos a Tomás de Aquino, porque el doctor filosófico propone la libertad de conciencia, rechazando la imposición o coerción por la fuerza. Desde entonces, proponía algo que el caudillo nunca pudo comprender: la libertad de expresión en un Estado de derecho, plasmada en opiniones diferentes que dieran fecundidad a un diálogo profundo y respetuoso para resolver las diferencias.
Estas diferencias se resolvieron por decreto, por ataque personal o por simple descalificación. Así se patentó una sociedad de “pureza” cuyas ambiciones eran fomentadas y toleradas —como las extorsiones que denunció Julio Scherer en Ni venganza ni perdón—, pero se cerró el camino a una ética política y económica. La acumulación era positiva si era de los suyos o de sus familiares; no era caridad ni sentido distributivo de ayudar a los pobres, más que en el discurso repetido incesantemente mientras la dirigencia tendía al lujo y al derroche.
Entonces, mejor que volver a creer en una propuesta moralista, es preferible optar por la opción que el estadista López Portillo propuso: “Crear y sostener un Estado basado en el derecho, más que en la ética como aspiración suprema. Porque con el derecho se respetan los bienes ajenos, se determina la seguridad jurídica y se logra la paz social y el contrato social”.
Sí, en eso falló la 4T y lo sigue haciendo, porque solamente diseñó una cobertura y un alarde de superioridad moral inexistente, comprobada hasta el cansancio en los hechos de la República, de su sexenio y del consecutivo “Maximato”. Nunca pretendió ser un sabio gobernante ni propiciar, con ayuda de expertos, el desarrollo y la distribución de la riqueza. Propició el descontrol y el manejo económico discrecional de los suyos, que se enriquecieron sin límites. Al Ejército lo llevó al control de negocios derivados de los derechos de la República, tales como puertos, aeropuertos, aduanas y trenes, incluso pasando al desarrollo inmobiliario; estas tareas ajenas los volvieron dóciles y a algunos hasta militantes.
Esa perversión tuvo como resultado una lealtad interesada y participativa, convirtiendo a Morena en una prioridad nacional. Pero se alejó de los principios éticos, haciendo peones de su política total a las fuerzas armadas, que siguen inmersas en ese plan. Nada novedoso, dado que fue lo mismo que hizo Chávez; tras el golpe militar en Chile contra Augusto Pinochet, el trauma era tan vivo que no descansó hasta convertirlos en súbditos ricos, pero incondicionales.
De la misma manera, el uso de las prestaciones sociales derivó en una manipulación clientelar que se sostiene por encima de cualquier otra reflexión o valor. Fue una forma de comprar votos, y eso tuerce a una república; la convierte, como ya vimos, en una dictadura demagógica. Las envolturas de pureza y de superioridad moral terminan siendo un instrumento manipulador.
Si de verdad se desea la ética, los sacrificios del gobierno en el poder serán evidentes para permitir que los valores morales queden por encima de los resultados, pero eso no se ve en ninguna parte. Los del pasado por lo menos guardaban apariencias y descartaban del juego a quien excedía sus atrevimientos; hoy nada de eso sucede. La expulsión o la “excomunión” del movimiento brilla por su ausencia, porque nadie está libre de culpa y todos saben que la participación se inicia en el bienestar propio y familiar. Por ello, el nepotismo es invencible y pierde la apuesta ética que hicieron.
Obrador comprendió a El Príncipe de Maquiavelo, no las meditaciones de los griegos sobre el bien común y la rectitud del gobierno. No buscó lograr la diferencia con una virtud efectiva, aunque el movimiento perdiera gente o ventajas. No lo hizo para tomar el poder, ni lo hacen ahora para centralizarlo; han atraído todo el Poder Judicial y Legislativo a una esfera única de gobierno-partido con objetivos fusionados, sin separar la militancia del servicio público, como debería hacerlo una presidenta estadista.
En realidad, la ética nunca fue sustentada con la intención de hacer política real; fue solo un medio para condenar la corrupción del pasado, la cual regresó con mayores proporciones que antes. Los moralistas suelen terminar en comedias de Molière: como simuladores, como “Tartufos” y como perseguidores del monopolio del poder. El único delito posible ahí es no ser independiente en el criterio, la opinión o la decisión que se tome para el bien común, y eso causa que algunos se decepcionen de Morena.
La degradación del gobierno hacia orientaciones políticas que deberían ser ajenas da fe de la abyección de los resultados. La ética política fue derrotada por el oportunismo y por una visión maquiavélica de tener todo el poder. Todo gira en ese sentido: sus reformas de educación, sus acciones electorales y la aprobación del Poder Judicial a actos que anulan las garantías individuales —como la UIF congelando cuentas discrecionalmente—.
Este es el gran fracaso de un intento de Estado moralista, que terminó siendo una grotesca caricatura a costa del Estado de Derecho.
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