Por Manuel Gutiérrez
Este es el país de los muertos, pero la muerte es la constante más creciente y firme de la guerra de invasión de Rusia a Ucrania.
Las cifras de la ONU nos dicen: en el primer semestre del 26, Ucrania tiene 1,396 civiles muertos y 7,978 heridos; esto es un 25 % más que antes en 2025. Sin embargo, los datos de ocho meses nos ofrecen cifras mayores: 15,280 civiles muertos o heridos, un 55 % más que en 2025. Es decir, más de 400 muertos por semana.
Septiembre de este año da cifras: 328 muertos y 2,105 heridos, 85 % más que en septiembre del año pasado. La cifra de heridos es más alta…
Rusia padece una mortalidad mayor entre sus militares que entre sus civiles, con 1,586,500 bajas de soldados activos de todas las ramas; esta cifra va del 2022 al 2026.
Un reflejo de la alta mortalidad que provoca enfrentar a Ucrania está en que en octubre, este mes, se han contabilizado 49,040 muertes.
Pero el primer semestre, con los contraataques de Ucrania, la cifra de civiles muertos dio 250 y 1,596 heridos, es decir, un 121 % más que en el año pasado.
Así están las cifras, pero es prólogo. Ucrania tiene algo parecido a nuestro Día de Muertos; la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre se llama Veles Night o Dziady. Se cree que los seres queridos regresan, se les deja comida (kutia, miel, pan) y se iluminan con velas las tumbas; los humanos y ciertas creencias son tan universales.
Pero incluso van tres veces a festejar a los muertos. Tienen la fiesta Provody, un domingo posterior a la Pascua; las familias van al cementerio a comer con los muertos… bueno, es un decir, los que comen son los vivos.
Y adicionan otra fecha, el Zaduzky, que es el Día de Todos los Santos. Hacen misas y llevan velas; todo esto muy vivo en el oeste de Ucrania.
Pero para festejar a los muertos se requieren los vivos, y si hay pocos o no hay, los muertos se quedan solos y tristes, como dice la poesía.
Antes, los primeros caídos tenían un excelente funeral: la escolta militar, las banderas gallardas ondeando al viento, la banda de música —sobre todo en el caso militar—, salva de honor en ocasiones, discurso alusivo y bandera a los deudos.
Pero tomemos más cifras: hay 6.5 millones de refugiados de Ucrania y 3.5 millones son desplazados internos que se mueven al influjo de la guerra. Muchas aldeas están vacías; solo quedan los ancianos que sobreviven como pueden.
De cada 100 muertos militares, los familiares hacen un funeral pequeño en las ciudades grandes, porque el pueblo natal ya fue destruido, está abandonado o bajo bombardeo y acciones de guerra que incluyen los camposantos; en ocasiones, los muertos vuelan en pedazos, perturbando el sueño eterno…
Los ucranianos y los rusos hacen cortejos largos, con toda la comunidad o barrio despidiendo al muerto; llevan la foto, llevan velas, cantan y llevan el pan ritual kolach.
Pero ahora solamente van de 5 a 10 personas, a veces solamente los cuatro militares que cargan el ataúd y el capellán, que se multiplica para asistir a los más que puede. La ceremonia se graba con celular y se transmite a los países de Europa en que están los refugiados familiares; puede ser Polonia, Rumania, Francia… cualquier parte en que haya ucranianos refugiados.
Actualmente, en Kiev hay hasta 50 entierros militares por día en el cementerio Baikove; ya no hay ceremonia larga, hacen entierros colectivos de hasta cuatro caídos a la vez, todo es breve y la asistencia es reducida.
Pero ese acto postrero no es seguro. Los drones rusos esperan la oportunidad, y un grupo numeroso es un blanco jugoso. Entonces ya no hay velorio público ni entierro con ceremonia, aunque tienen una ceremonia a los 40 días (rito ortodoxo) en el domicilio privado.
Cuando la muerte es frecuente, la despedida es más difícil y todos sienten la proximidad de que podrían ser los próximos. No es falta de respeto o falta de deseos protocolarios; simplemente, todo al foso y sobrevivamos mañana.
Pero los funerales vacíos no son patrimonio de la guerra ni de Ucrania.
México padeció, por el mal manejo de la epidemia por parte del presidente López Obrador y su encargado Hugo López-Gatell, una mortalidad de 800,000 personas. No olvidemos. Muchos en la COVID se fueron sin rituales funerarios, ni discurso, ni flores… sin Día de Muertos, por decirlo de alguna forma; los viste por última vez ingresar a un hospital, después cenizas…
La vida moderna vacía este ritual que antes, en las comunidades, era tan significativo, tan simbólico y que no perdonaba el novenario; hoy solo se ve en pueblos y ciudades pequeñas. Los cortejos hoy son la carroza, los dolientes enseguida, algún vehículo más de solidarios y un camión muchas veces vacío, porque los muertos con ceremonia en fin de semana tienen más oportunidades de ser acompañados.
La vida moderna nos pasa factura, y nunca tuvieron la ocurrencia de los «funerales del bienestar», porque esto es caro, sin duda. Este proceso suele ser oneroso y doloroso, como la agonía del paciente, que en ocasiones consume el patrimonio familiar.
En Ucrania, el problema suele ser mayor: pierden familiares, pierden jóvenes en la milicia, pierden el hogar con un misil o con un dron.
Los ferrocarriles se han convertido en un imán, incluso para los drones de Ucrania, que le sacaron un susto a César Montes, jugador de fútbol de México y parte de la plantilla del Lokomotiv de Moscú, cuya locomotora fue alcanzada por un dron. El club reportó que no hubo heridos entre sus jugadores y cuerpo técnico; esto ocurrió en Vorónezh, cerca de Moscú. Para el jugador mexicano, la guerra sí es real.
CLÉRIGOS DIFUNTOS
La guerra ha causado el deceso de muchos sacerdotes. El 23 de octubre, en el Vaticano, se reunieron el papa León XIV con el arzobispo mayor Sviatoslav Shevchuk, jefe de la Iglesia greco-católica ucraniana, en que se tocaron varios temas.
Primero, el destino de los ucranianos cautivos por Rusia, así como el empeoramiento intencional por acciones de guerra —causando un problema humanitario por la cercanía del invierno, que en ambos países es crudísimo—. En cuanto a bajas, murieron 17 clérigos más trabajadores religiosos en la guerra durante 2026, en tanto que el año anterior murieron 14.
Resulta que, pese a todas las adversidades, muchos clérigos se han rehusado a abandonar su cargo y ministerio en medio de los bombardeos, el colapso humanitario y los despliegues militares y combates en muchas zonas.
Incluso hay que agregar un monaguillo y cuatro monjes de la Iglesia ortodoxa rusa fallecidos y registrados en estadísticas separadas, como las cifras que maneja Cristianos contra la Guerra, grupo que encabeza la teóloga alemana Natallia Vasillevich, pero advierte que no puede contabilizar o fotografiar los decesos de capellanes que sirven en el frente y muchas veces perecen junto a los soldados; esos capellanes tienen un valor a toda prueba.
Entre tanta muerte, y como rareza, destaca que por mediación de las autoridades religiosas antes mencionadas se logró una tregua en la ciudad de Oleshky; qué rareza, ha sido respetada por ambos bandos. Incluso, Ucrania retiró minas de las carreteras de acceso para que pueda llegar la ayuda humanitaria, y Rusia ha respetado los términos.
El Vaticano ha manejado apoyo a los menores secuestrados por Rusia —separados de sus familias, pero capturados y llevados a lugares lejanos—, otro tema sobre los prisioneros de guerra y sus intercambios que ambos bandos han aceptado, llevando al cardenal Matteo M. Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, y al arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario del Vaticano para las Relaciones con los Estados.
Incluso, Zuppi visitó un campo ruso con presos de guerra ucranianos, lo que permitió que muchos supieran de sus seres queridos prisioneros. Si bien la diplomacia religiosa es certera, no alcanza para frenar el impulso de la guerra.
Los ataques contra la calefacción, la electricidad, los alimentos, el agua potable, los servicios médicos, las escuelas y las terminales de transporte, intencionales por parte de Rusia, han recibido incluso condenas de la ONU, porque exponen a los civiles a morir por congelación, hambre o bajo los bombardeos.
Incluso, en estos días el arzobispo Luis Marín de San Martín viaja por Ucrania llevando alimentos, medicinas y un mensaje de aliento del papa León XIV para la Iglesia greco-católica.
Durante la visita, como se acostumbra en el protocolo, los dignatarios religiosos intercambiaron presentes más simbólicos que valiosos. Lo fantástico es que han sido escuchados, por lo menos en Oleshky, pero su mediación debería ser válida por neutral y
desinteresada en las negociaciones mayores de guerra, de las que habla por ahora la administración Trump, pero Rusia no reduce el esfuerzo de la guerra y Ucrania tampoco deja de hacer su defensa.
En otras cifras, Colombia reveló que casi llega a 300 el número de muertos en la guerra de Ucrania de sus participantes de manera individual, e incluso se acerca a 1,000 el número de desaparecidos, que pueden ser o no bajas. Es el único país con estadística oficial.
Muchos combatientes de diversas nacionalidades, incluso mexicanos, están en el frente activos, y la cifra de letalidad los convierte en difuntos; lo más probable es que sea sin oraciones, sin ceremonias, ni banda de música, y probablemente nunca sepan en dónde quedaron y cómo quedaron.
En este decorado se llega al Día de Muertos, pero ni en el más allá con guerra se puede estar en paz; y la verdad, dudo que sea una fiesta y les den ganas de regresar… Pero en eso, a excepción de los altares y el cempasúchil, somos iguales y, pese a todo, tenemos la esperanza de que todo eso sea el umbral de la verdadera vida; pero todo el año allá es Día de Muertos.
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