Por Manuel Gutiérrez
Segunda Parte)
Toda guerra tiene un resorte económico, y en este caso este fue la propiedad de la tierra. El propósito de colectivizar el campo vino a detonar, en forma adicional a las razones religiosas, el conflicto, que fue incentivado por el radicalismo del gobierno federal de la época, que pretendió socializar el campo, la educación y a la par nulificar a la Iglesia Católica por medio de la violencia o la cárcel.
El asunto agrario arranca con Álvaro Obregón que reparte un millón 706 mil ha. para 164 mil campesinos, sobre la base de la Ley de Ejidos de 1920, en que la tierra era concesionada por el Estado, por medio de la comunidad, pero no en forma de pequeña propiedad.
Sin embargo, Obregón creó excepciones para mantener la productividad y que el campo no se le desplomara. Haciendas azucareras, ganaderas, cafetaleras, vainilla y cacao; el límite fue de 150 ha. de riego, 250 ha. con agua disponible y de puro temporal, hasta 500 ha.
Sin embargo esto destruyó la organización comunal del pasado, la tenencia de la tierra presente en pequeños ranchos y unidades productivas pequeñas; aunque el 5.9% era de riego, se repartió entre nuevos beneficiarios, con criterios políticos y como pago de lealtades al gobierno.
Plutarco Elías Calles lanza su reforma agraria repartiendo 3 millones 195 mil ha. más para beneficiar, según su proyecto, a 302 mil campesinos. La idea era contradictoria, porque pretendía elevar la productividad, supliendo la subsistencia. Pero el efecto fue un descenso del 34% de la producción de maíz en su gobierno; el fantasma del hambre de la Revolución Mexicana volvió para muchas familias mexicanas, afectó más propiedades efectivas de riego, alcanzando el 9.9%, pero modificó el padrón de propietarios. Algunos se quedaron sin nada y obviamente encontraron en la Cristeada muchos motivos para la rebelión contra una Revolución que no comprendía el campo mexicano.
Para los años 25-30 del siglo XX, la Revolución Mexicana había patinado al modelo bolchevique del koljós, con casi 5 millones de ha. que cambiaron de manos; existían apenas 4 mil ejidos, pero la dotación se hizo manteniendo un control clientelar de los dotados. Cuando vino la guerra, el ejército comprendió que lo mejor para la contrainsurgencia era que se enfrentaran campesinos contra campesinos, más el ejército. Eso dio como resultado una mortalidad de la Guerra Cristera de 250 mil muertos para la época y Calles aplicó genocidios, colgando de los postes a cristeros en la ruta del ferrocarril a México, fusilamientos y ejecuciones de todo tipo. La Cristeada se tornó de violencia extrema.
El fenómeno en realidad lo había arrancado el Presidente primer jefe de la Revolución Venustiano Carranza, pero deformaba el Plan de Ayala, las ideas de Zapata y Villa, que opinaron en contra de la colectivización; para 1934, ya con Lázaro Cárdenas, se ampliaron las ha. repartidas a 10 millones de ha. y para 1940 existían 17 mil 341 ejidos; Cárdenas cambió la tónica de violencia y de represión en el campo aunque no del todo, y pretendió que se aceptara el nuevo sistema sin que la Iglesia lo condenara, pero la productividad no llegó porque el planteamiento fue demagógico: apenas el 13.4% de la tierra era de efectiva labor.
Esto fue un terremoto social en la zona de los Altos, en que de la nada, a los rancheros les quitaban su padrecito y su iglesia y por otro lado la tierra para ofertar un ejido comunista en algunos lugares muy bolchevique, en otros menos. Para Enrique Gorostieta, fue clave comprender: “El ranchero pelea por Dios, pero también por la tierra”.
El problema del uso de agraristas armados fue que dividieron a la gente en los pueblos. Y los muertos eran agravios a cobrarse tarde o temprano. Cuando los arreglos y el desarme, los cristeros de pronto se encontraron a campesinos que los ejecutaban por hechos pasados de la guerra; el diente por diente era costumbre en el campo.
LA DESESPERACIÓN DE LA TERCERA
Cuando Degollado licenció las tropas, pocos intuyeron lo que se vendría, que sería de mayor peligro que la segunda cristeada. Esta vez, ya no había curas, no había apoyo moral, pero más de 500 cristeros fueron asesinados entre 1929-1932. Esto se convierte en un cargo importante para los obispos Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz, porque no vieron venir o no fueron indiferentes a la suerte de la gente que murió por Cristo Rey.
Ante esa situación era mejor morir peleando en una lucha perdida, en una causa sin futuro pero que se prolongó hasta 1941 y algunos resistentes católicos llegaron a mostrar rebeldía ya en la era de Adolfo López Mateos, pero eran un grupo muy pequeño; atentaron en su contra, pero optó por ofrecerles amnistía, pero los rebeldes que sobrevivieron a esos tiempos no creyeron en nadie.
La guerra ya no fue de un ejército, con jefes. Ahora eran gavillas; entre ellas estaban Lauro Rocha, José Velasco, Federico Vázquez, y muchos otros que asolaron pequeños poblados, caminos. Ya no hubo apoyo episcopal, incluso el obispo Manríquez les dio la puntilla al excomulgarlos. “Rescoldo” de Antonio Estrada revela como pocos el depresivo ánimo con que lucharon, porque eran animales acorralados. Si en la segunda escaseó el parque y las armas, en la tercera era risible su equipamiento, nada de apoyo extranjero, menos de los Estados Unidos.
Hay autores que calumnian el movimiento cristero sobre el hecho de que fue instrumentado por los Estados Unidos para presionar a México por el petróleo. Nada más falso. Fue un acto reflejo de los que perdieron todo.
Cárdenas, pese a ser socialista, optó por ofrecerles amnistía en los años 1936-38; incluso les ofreció tierras para que volvieran a ser campesinos en paz. Si la segunda llegó a tener más de 50 mil combatientes en el centro, norte y algunas entidades del sur, la tercera era de dar lástima; se estima que eran unos 7 mil desesperados, una guerra ranchera, de conejos, pegar y correr, contra un gobierno este sí apoyado por Washington, como la vertiente de Obregón-Calles; ahora lucharon sin curas, sin generales, sin nada.
Lauro Rocha incluso sobrevivió hasta 1940, era coronel en la segunda y solo le quedó el apodo, mantuvo la lucha en los Altos; Federico Vázquez siguió la lucha en Zacatecas, murió en combate en 1934; a Trinidad Mora lo mataron en 1939. Bernabé Reyes, oficialmente el último jefe, se entregó en 1941.
Ramón Aguilar y Aurelio Acevedo, que vivieron todas las aventuras de la Brigada Quintanar, siguieron en la lucha en zonas de Zacatecas y Durango, que fue sumamente cristero, incluso por el apoyo de indígenas wixárikas que interpretaron a su modo la persecución. Aurelio Acevedo fue el gran pasaporte con los testigos sobrevivientes que dudaban de hablar de la Cristeada y le ayudó a Meyer a hacer sus 3 tomos de la Cristeada, que dedica un capítulo a la lucha por la tierra.
Acevedo sin saberlo hizo así un gran aporte porque rompió el silencio que pesó durante años, en que solo “México Cristero” y algunas novenas del género mantuvieron como leyenda. Meyer sistematizó lo sucedido y procedió con rigor metodológico, aunque algunas de sus conclusiones, como enfocar a Anacleto González Flores como un nuevo Gandhi, es un error.
AGF fue combativo siempre, pero no armado. Acevedo siguió su lucha, ahora como miembro del movimiento de la Unión Nacional Sinarquista, que sobre todo en Guanajuato sembró, con sus dirigentes como Salvador Abascal, el pensamiento de los intelectuales cristeros.
Como si esos dos frentes no hubieran sido suficientes, se sumó desde el grito de Guadalajara un histórico discurso de Emilio Portes Gil, en que advierte que la lucha sería en las escuelas, en lograr el dominio de la educación socialista, y en que las potencias enfrentadas en el conflicto cristero (era un iniciado en los misterios de la Masonería) estaban enfrascados en una “lucha milenaria”; los arreglos solo eran una pausa. Lo que conectó el esfuerzo de Calles desde el movimiento francés de La Vendée con lo ocurrido en México, pero los liberales cambiaron y Carlos Salinas restituyó la personalidad jurídica de las Iglesias y la libertad de conciencia.
Sin embargo, la estela de muertos de los arreglos privó de gente valiosa a esas luchas que continuaron en escenarios universitarios, educativos y culturales. Por ejemplo, el jefe cristero Miguel Hernández González, sucesor del Padre Aristeo Pedroza como jefe alteño, aunque entregó las armas en 1929, estaba en la lista y fue asesinado en el 30. Carlos Bouquet Carranza, uno de los grandes jefes de la revuelta cristera en zonas de Michoacán y centro del país, fue asesinado en 1930 en Morelia; el general Dionisio Ochoa y Pablo Domínguez, cristeros de los Altos, fueron ejecutados en 29-30; simplemente eran ubicados, emboscados o masacrados en donde aparecieran, la amnistía no les funcionó, ni los efectos de los arreglos.
Todavía alcanzaron algunos curas identificados con la lucha, como José María Tapia en 1929, los curas José M. Vega y Miguel Pérez, fusilados en 1931. Incluso agraristas descollantes por su odio a los cristeros, entre los cuales estaba Petra Cabral, y muchos vengadores agraristas, mataron a muchos cristeros desarmados que habían intentado volver a la vida civil en paz.
Jesús Degollado Guízar, jefe nacional cristero sucesor de Gorostieta, se exilió a los Estados Unidos, regresó en 1957 a Guadalajara, murió pobre y olvidado, y para muchos fue etiquetado como traidor por aceptar los arreglos, pero era inevitable.
Por otra parte, Dionisio Eduardo Ochoa Vargas era un ACJM levantado en Colima, no confundirlo con el jefe alteño. Murió en la segunda, el 11 de noviembre, cuando fabricaba bombas con mecha, rudimentarias, en la Sierra de Colima; sufrió extensas quemaduras y grandes sufrimientos.
Rius Facius, con su segundo tomo de México Cristero, incluso exhibe fotografías de toda esta generación, muchas de ellas de cómo quedaron muertos. Dionisio Eduardo fue suplido por Miguel Anguiano Márquez, y los cristeros del volcán de Colima continuaron controlando la zona hacia Jalisco y Colima, nunca fueron desalojados o vencidos.
Colima hizo que se enviaran a los mejores generales del gobierno, como Joaquín Amaro, que fue secretario de la Defensa; Heliodoro Charis, con prosapia de haber estado en la Revolución Mexicana; Eulogio Ortiz y Rodrigo Talamantes, jefes federales descollantes. Usaron todo el poder militar de la época: aviones, artillería e incluso la Marina, que participó en el combate por Manzanillo, Colima. Dionisio Eduardo no era experto en explosivos, era un ACJM de una hacienda de Tonila, y precisamente su inexperiencia le costó la vida.
La primera batalla de Colima fue en Piedra Imán, con victoria cristera; Dionisio y Andrés Salazar emboscan a los federales con éxito. En Caucentla, en febrero del 27, vencen, toman la hacienda y obtienen parque y lo fabrican.
Dionisio Ochoa debuta con sus bombas exitosamente en marzo del 27 en Los Rubios; luego los vencen en Tenaxcamilpa, obtienen una ametralladora que quitan a los federales y que usaron en la batalla de Manzanillo. En julio golpean al General Charis en Borbollón, hasta llegar al 24 de mayo de 1928, cuando los cristeros, con Degollado Guízar al frente, se lanzan para tomar Manzanillo, Colima, con 500 hombres; fue una operación ambiciosa. La marina destaca barcos de guerra cañoneros que los bombardean y les causan grandes bajas
Finalmente desisten por falta de municiones; Colima nunca fue tomado al cien por ciento por las fuerzas federales, según nos informa Rius Facius, a quien por cierto acompañó el historiador de la U. de G. Enrique Bautista, para entonces reconocido por sus obras de la Cristeada, en la presentación de otra edición de su libro; estuvo Lorenzo Servitje (QEPD) para hablar de Emmanuel Mounier.
Un auditorio lleno, expectante, tantos años después. Señalé que no habría otro levantamiento así porque la sociedad había cambiado, la Iglesia es diferente a la de 1926, activa pero con otro perfil, así como la falta de líderes jóvenes que continuaran con la causa de entonces. No habrá otro movimiento así.
La réplica que provocó eso generó airados discursos de asistentes que atacaron mi teoría económica y social sobre la Cristeada, que expuse aquí como la lucha por la tierra, porque para ellos el factor de la lucha por el cielo era suficiente. No admiten que el pasado es irrepetible para todo movimiento social, aunque sus pensadores no pierden vigencia a cien años de sus mensajes e inspira esta epopeya, decía Antonio Rius Facius.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.








