Por Laura Gutiérrez Franco
Misión imposible es tener despensa en casa de todo mexicano durante todo el mes. Ya no alcanza. Los precios suben cada semana y eso no lo dicen en la Mañanera. Entrar al supermercado con un presupuesto fríamente calculado, una lista escrita con disciplina militar y la firme convicción de no caer en tentaciones es una ilusión que se desmorona en la caja registradora. Treinta minutos después, la máquina marca una suma astronómica mientras en el carrito apenas descansan tres bolsas que casi flotan de tan vacías. La realidad del ciudadano de a pie es dura y contundente: el dinero ya no rinde para lo elemental.
Mientras las estadísticas oficiales del INEGI colocan la inflación general anual en un tranquilo 3.9 o 4 por ciento —cifra que suena pacífica en los informes gubernamentales—, la realidad en los pasillos es tragicómica. Cuando el propio instituto o la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes analizan la canasta alimentaria, el costo de la comida crece al doble de la inflación general, superando entre el 6.9 y el 8.3 por ciento anual en rubros esenciales.
Para una persona en zona urbana, el costo mínimo mensual de la canasta alimentaria ronda los 2,600 pesos, mientras que la canasta básica ampliada exige al menos 4,930 pesos. Al multiplicar esto para una familia promedio de cuatro integrantes, solo para comer y cubrir lo básico se necesitan entre 12,000 y 16,000 pesos mensuales, asumiendo que nadie enferme.
A este reto se suma el fenómeno de la impredecibilidad de los costos y la “reduflación”, donde el consumidor paga más por envoltorios que incluyen menos producto. Un día un paquete de galletas cuesta 38 pesos con un vistoso letrero de descuento; días después sube a 45 y la semana siguiente se ajusta en 42, pero con tres piezas menos. En farmacias y tiendas de conveniencia ocurre algo similar con productos como los cigarros, donde se registran incrementos consecutivos en mostrador escudados en reajustes fiscales al IEPS que ya se habían aplicado tiempo atrás.
Para sazonar la crisis, Fomento Económico Mexicano (FEMSA) confirmó un alza de por lo menos 5 pesos en cada una de sus botellas de refresco, argumentando el impacto acumulado del impuesto especial, la inflación y el encarecimiento de sus insumos. Este golpe al bolsillo no aplicará en todo el país de forma uniforme, pues responde a las zonas donde la empresa opera la concesión de embotellado de Coca-Cola —principalmente en la Ciudad de México, Estado de México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Chiapas y entidades del centro y sur—. En Jalisco y el occidente del país la concesionaria no es FEMSA, sino Arca Continental; sin embargo, esta distinción territorial no blinda las carteras locales, ya que la presión de costos suele terminar replicándose en toda la industria de bebidas gasificadas a nivel nacional.
En los mercados y supermercados, los alimentos cotidianos pasaron a la categoría de lujos. El jitomate encabeza la lista con picos anuales que en determinados periodos han rebasado el 100 por ciento de aumento, volviendo un dilema preparar un simple sofrito. La papa y los cítricos acumulan alzas de entre el 14 y el 40 por ciento, mientras que proteínas esenciales como el pollo y la carne de res obligan a hacer milagros con el huevo y el frijol.
Cálculos fríos y cifras institucionales aparte, la verdadera estadística la dicta el ticket de compra. Las familias mexicanas y jaliscienses se han visto obligadas a volverse expertas en sustituir marcas, eliminar productos de la lista y aplicar la máxima de que hoy en día se entra por diez cosas, se sale con cinco y se gasta el doble.
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