
Por Laura Gutiérrez Franco
Lo que Antonio Lancaster-Jones González, coordinador de Industriales Jalisco, puso sobre la mesa ante el Congreso del Estado no es una simple queja gremial; es un grito de auxilio y una exigencia de supervivencia para el sector productivo. El término es fuerte, pero necesario: “extorsión institucional”.
Ya no hablamos solo del criminal que acecha en la sombra, sino de un sistema donde la extorsión se ha “normalizado” o disfrazado de legalidad a través de cobros excesivos, multas arbitrarias y acoso administrativo. Lancaster fue claro: los industriales están cansados de un modelo donde el poder local parece haber sido capturado, como se evidenció tristemente en Tequila. El mensaje es contundente: no quieren que la corrupción sea la forma institucionalizada de hacer negocios en Jalisco.
Pero la postura del Consejo de Industriales de Jalisco (CIJ) va más allá de la denuncia. Hay un compromiso ético que pocas veces se menciona con tanta firmeza: la industria no quiere ser cómplice ni refugio. Lancaster subrayó que no se contrata a gente que tenga vínculos con delitos, marcando una línea divisoria clara entre la economía formal y el hampa. Es un “blindaje” que empieza desde adentro de las empresas, pero que exige que el Estado haga lo propio.
Por ello, la petición de que la Fiscalía Anticorrupción actúe de oficio es vital. Hoy, el miedo paraliza la denuncia. El empresario se siente solo frente a una estructura que debería protegerlo pero que, en ocasiones, parece asfixiarlo. Exigir requisitos más estrictos para que ningún personaje con antecedentes criminales llegue a cargos de elección popular o puestos de primer nivel es, simplemente, sentido común para rescatar nuestras instituciones.
“Por favor, queremos ayuda”, es la frase que resume el sentir de quienes generan el empleo en el estado. Jalisco no puede permitirse que sus motores industriales se detengan por el miedo o por una burocracia que cobra piso bajo el nombre de “ley”. Es hora de que el Congreso escuche y de que la seguridad deje de ser un discurso para convertirse en la certidumbre que todos, desde el pequeño comerciante hasta el gran industrial, necesitamos para respirar.
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