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Indicador Político:

Por Carlos Ramírez.

Justo el miércoles que se dio a conocer el gabinete de crecimiento económico, el Fondo Monetario Internacional desplegó la sombra del estancamiento del sexenio del presidente López Obrador y el fantasma del crecimiento anual promedio de 0% del gobierno de Miguel de la Madrid comienza a ponerse sobre el sexenio actual: el FMI reveló que PIB promedio anual en los tres primeros años del gobierno actual sería de 0.7%.

La única manera de empujar al PIB es con inversión pública multiplicadora de inversión privada y sobre todo un clima de confianza de inversionistas que hasta ahora no existe. De ahí las posibilidades del gabinete de crecimiento, pero también las dificultades para regresar la incertidumbre a un empresariado en modo atonía.

El nuevo gabinete de crecimiento recuperael papel determinante del PIB como dato del crecimiento económico. Aunque desdeñadoinclusive en círculos académicos, el PIB de todos modos es el indicador general por excelencia porque revela la suma de los bienes y servicios producidos por el país; es decir, señala de manera comparativa si la economía crece, se estanca o entra en recesión.

Los compromisos de los Criterios Generales de Política Económica para 2019 y 2020 adelantaron un PIB promedio anual de 2.7% en todo el sexenio, aunque el Plan Nacional de Desarrollo tenía meta más alta en promedio anual: 4%, con 2% anual en 2019 y 2020, 4% anual en 2021 y 2022 y 6% promedio anual en 2023 y 2024, para hacer un promedio general anual en el sexenio de 4%. El PIB oficial de 2019, informado ayer jueves por INEGI, fue de -0.1%, contra el 2.1% de 2018.

Las metas del PIB dan indicios de la dinámica de la economía. En términos teóricos, el PIB debería crecer por arriba de dos variables determinantes: el crecimiento de la población económicamente activa (PEA) o los mexicanos en edad de trabajar que se incorporan cada año por primera vez al mercado de trabajo formal y la meta de crecimiento de la población. La tasa de la PEA es de 2.8% promedio anual y la tasa demográfica es de 2% promedio anual.

Si el PIB crece por arriba de estos dos indicadores, entonces habrá una situación de crecimiento positivo y bienestar; pero si se queda debajo de esos dos indicadores, entonces quiere decir que la economía es incapaz de crear los bienes y servicios que requiere la población vinculada a la economía de bienestar.

El PIB promedio anual del sexenio de De la Madrid 1983-1988 fue de 0%; sin embargo, a lo largo del sexenio hubo 8.4 millones de mexicanos que solicitaron empleo por primera vez y no lo encontraron porque la economía no creció y no creó empleo y en esos seis años la población total creció en aproximadamente 7.2 millones. Ahí se incubó la crisis de bienestar del Estado.

El documento reciente de expectativas económicas del FMI está firmado por el mexicano Alejandro Werner, subsecretario de Hacienda en el gobierno de Calderón y luego funcionario del Banco de México. Y exhibe las expectativas trianuales de México en 0.7% en 2019-2021, contra 1.3% para América Latina, con el efecto negativo del PIB de Venezuela: -35% en 2029, -10% en 2020 y -5% en 2021.

El estancamiento mexicano contrasta con la dinámica productiva en algunos países de la región en el promedio trianual muy superior: 1.9% Brasil, 3.5% Colombia y 3.1% Perú.

El estancamiento de México tiene que ver con una decisión de política económica monetarista: disminuir el PIB como una forma de bajarle presiones a la inflación. El presupuesto federal de México en 2019 no se destinó a actividades productivas sino a destinos asistencialistas improductivo, con ajuste de gasto, reducción de personal y baja salarial global. Asimismo, no hubo ningún programa de inversiones públicas y las inversiones privadas se redujeron ante el clima de incertidumbre para los negocios.

Las previsiones del FMI pusieron un crecimiento promedio en 2020 de 1%, inclusive a pesar de la firma del Tratado de Comercio Libre 2.0, debido a que los ajustes se hicieron para beneficiar a los empresarios de los EE. UU. y no a los mexicanos.

En este contexto, el gabinete de crecimiento podría estar anunciando la disminución del gasto asistencialista y el destino presupuestal a inversión productiva. El desafío es subir el PIB de 2019 a 3% mínimo.

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PRI: Alito, florero. El presidente del PRI acaba de probar la realidad: su cargo nada significa, los gobernadores priístas se mueven por su cuenta y sin controles del partido. Así, Alejandro Moreno Cárdenas Alito no tiene ningún hilo de control en el PRI; criticó el Instituto de Salud para el Bienestar, pero los gobernadores priístas dieron todo su apoyo al nuevo organismo. El dato es importante porque estaría mostrando que el presidente del PRI será un cero a la izquierda en la definición de candidaturas legislativas el 2021.

Cursos: los interesados en los cursos de actualización y especialización del Mtro. Carlos Ramírez pueden encontrar datos y contactos en http://www.indicadorpolitico.mx/?page_id=102326

Política para dummies: La política es la realidad que se quiere esconder.

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Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Trump-Biden, lectura estratégica: el resentimiento y los 538 votos reales

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Carlos Ramírez*

Uno de los errores más comunes en el análisis periodístico de sucesos que afectan a la sociedad es asumir la interpretación personal de los analistas como si fueran los estados sociales de ánimo. El debate Donald Trump-Joe Biden se está pasando, en los EE. UU. y México, por el filtro de los que los autores suponen que debe ser la política: la ética y el buen comportamiento.

Sin embargo, hubo dos enfoques ausentes en los análisis posteriores al debate: el perfil del estadunidense medio que se mueve en función del resentimiento, la codicia, la explotación y el bulling social y los 538 votos electorales que son los que elegirán al próximo presidente sin importar los que vieron el debate y decidirán su voto popular en función de los comportamientos de los candidatos peleando a cuchilladas la presidencia.

La sociedad electoral estadunidense, la de la calles, la de los intereses egoístas, la que busca ganancias, es otra cosa: votó antes por el imperio invasor para construir un nivel de vida basado en la exacción de recursos, aceptó derrocamiento de gobiernos que afectaban ese confort, reeligió al tramposo de Nixon y lo derrocó el establishment del FBI, se divirtió con las calenturas de Clinton, quiso a Obama por el color de la piel y se decepcionó por sus resultados y por ello voto enseguida con enojo por Trump y no por Hillary Clinton.

Para esa opinión del establishment, Trump perdió el debate; pero para la base estadunidense enojada con los políticos, encarada contra el fisco del Estado, decepcionada porque no les hacen caso, racista por configuración genética y violenta contra quienes quieren romper el orden interior formal y se encuentran con la brutalidad policiaca como medio de control social de minorías resentidas o radicalizadas a la izquierda, Trump refrendó su propuesta presidencial de 2016.

Quienes van a elegir al próximo presidente de los EE. UU. serán esas bases sociales celulares con sus propias contradicciones. Ahí fue donde Trump hundió a Dormilón Biden: el presidente enarboló, con enojo, el argumento de ley y orden contra los disturbios en ciudades –y lo subrayó varias veces Trump– gobernadas por apáticos y atemorizadas autoridades locales del Partido Demócrata, mientras Biden convocaría a la Casa Blanca a una reunión entre sociedad, policías y gobierno para buscar una salida.

A los analistas liberales suele no gustarles estos métodos sociales analíticos, pero en realidad la función del análisis es la de exhibir la realidad; si imponen sus puntos de vista, entonces se trataría de opinión y su mercado es menor. Y hasta ahora pocos han analizado la realidad de la sociedad estadunidense: Myrdal en el caso del problema negro, Katherine Cramer en el perfil del estadunidense medio resentido con el Estado, Wright Mills con su perfil de la élite de poder que manda e impone gobiernos.

El resultado del debate del martes debe medirse en función del estado de ánimo del estadunidense medio –la mayoría silenciosa que despertó Nixon– que está harto del Estado, que admira a quienes defraudan al Estado, que apoya la fuerza, que es racista hipócrita y que, en fin, sabe que su confort depende de gobiernos que tienen que ensuciarse las manos para invadir países y explotar personas y que se la pasa leyendo los movimientos en la bolsa de valores porque vive de la especulación codiciosa en el mercado accionario y no de sus salarios.

Lo que ha sido tipificado como concepto sociológico como las buenas conciencias –a partir de una novela revalorada de Carlos Fuentes– suelen dictar los enfoques en medios, pero no representan los intereses o las pasiones del estadunidense ahogado por la pandemia, el confinamiento y el desempleo y que no se preocupa por los muertos si éstos significan que la economía deba abrirse para trabajar.

 

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Complejo militar-mediático-seguridad- inteligencia-espionaje contra Trump

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Carlos Ramírez*

Como no se había visto desde que el subdirector general del FBI, Mark Felt, se alió Bob Woodward y al The Washington Post para forzar la renuncia del presidente republicano Richard Nixon, ahora de nueva cuenta la comunidad de los servicios de inteligencia y seguridad nacional civiles y militares acaban de dar un paso público para pedir el voto a favor del demócrata Joe Biden y contra el republicano Donald Trump.

Detrás de las acusaciones de arrogante, grosero, racista, autoritario, impulsivo y sobre todo antisistémico se localiza el hecho de que Trump ha ido desmantelando y depurando los servicios civiles y militares de inteligencia y seguridad nacional porque se convirtieron en un poder autónomo dentro del Estado estadunidense, con capacidad para arrinconar, acotar e imponerse sobre los presidentes civiles. Con los relevos poco educados de funcionarios del área de seguridad Trump logró demostrar que esos servicios son un nido de intereses y de corrupción.

En este sentido debe leerse la carta abierta del pasado 24 de septiembre de 489 generales, almirantes, altos funcionarios, embajadores y servidores civiles del área de seguridad nacional –todos retirados— a favor de Biden. Leída con enfoques de seguridad nacional, se trató el primer paso de lo que pudiera ser un intento de golpe de Estado de funcionarios de alta jerarquía de seguridad contra el presidente que no les hizo caso ni les respetó.

La carta tiene, además, otro contexto que iría completando el Estado profundo que siempre denunció Trump: una estructura de intereses reales de poder económico, mediático, político, militar y de seguridad para dictaminarsobre posibilidades presidenciales. Aun en el supuesto caso de que todas las acusaciones contra Trump fueran ciertas, la carta de exfuncionarios de seguridad y los pronunciamientos de The Washington Post y de la revista The New Yorker ofrecerían el panorama de un poder oculto que está moviendo preferencias a favor de Biden, justo cuando comienza a declinar en encuestas clave como la de Florida.

The Washington Post ha dedicado ocho editoriales para ofrecer un racimo inflexible de críticas severas contra Trump y ninguna contra Biden; al contrario, el diario pide votar por el demócrata. La tesis central radica en la argumentación de que con Trump “nuestra democracia está en peligro”, aunque los comportamientos del diario violen la objetividad en el tratamiento periodístico de asuntos electorales. Inclusive, dice el diario que uno de los objetivos de Trump es Jeff Bezos, dueño del Post y de Amazon y el hombre más rico de los EE. UU. con una fortuna de más de 100,000 millones de dólares por actividades dedicadas al comercio. La revista The New Yorkerigual pide votar contra Trump y celebra los acercamientos de Biden con el exprecandidato socialista Bernie Sanders.

En este contexto, el principal adversario de Trump no es el demócrata Joe Dormilón Biden, sino el complejomilitar-industrial-mediático-inteligencia que representa el verdadero poder en los EE. UU. y cuyos intereses fueron dañados por Nixon a mediados de los setenta y ahora por Trump. Y en el fondo estaría un asunto oscuro: la posible intervención de Rusia en las elecciones estadunidenses a favor de Trump, presuntamente descubierta por los servicios de inteligencia y seguridad nacional de Washington. Sin embargo, hay otros analistas que señalan que esa versión es parte de la estrategia demócrata de campaña para debilitar a Trump.

Lo grave, en todo caso, fue la carta abierta de 489 exfuncionarios de inteligencia y seguridad nacional civiles y militares contra el presidente en funciones, dejando indicios de una guerra interna en la estructura del poder que sólo tendrá dos opciones: echar a Trump y retomar el poder y que gane Trump y profundice la limpia de funcionarios de inteligencia y seguridad nacional. Esta lectura tiene el contexto del hecho de que Nixon renunció en 1974 por una alianza FBI-The Washington Post.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- EE. UU. recta final: si Trump se reelige, revienta al establishment

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Carlos Ramírez*

En la elección presidencial del próximo 3 de noviembre no está a debate la democracia imperial de dominación militar-financiera-mediática, sino la primera crisis de relevo generacional y de nuevos enfoques de seguridad desde el colapso de la Unión Soviética en 1989.

En los hechos, el Estado de seguridad nacional militarizado de los EE. UU. no pudo transitar hacia nuevas formas de dominación, pero sus liderazgos presidenciales resultaron frívolos, menores y sin pensamiento estratégico: Bush Sr. traicionó el enfoque de Reagan, Clinton se perdió debajo de las faldas de Hillary, Bush Jr. de casualidadpudo fijar el militarismo atrabancado en Irak y Afganistán, Obama se ahogó en su arrogancia y Trump supo anular al viejo Estado imperial sin construir una nueva fase.

Las élites estadunidenses posteriores a noviembre de 1989 carecieron de un enfoque económico, quedaron atrapadas en los viejos compromisos militaristas y no entendieron que el nuevo campo de batalla no era el ideológico de la guerra fría, sino en del comercio y la reconversión de la planta productiva para la competitividad. Por eso el hombre más rico de los EE. UU. ya no es el inventor de las páginas web Bill Gates, sino el comercianteJeff Bezos, dueño de la distribuidora Amazon y también propietario, como simbolismo mediático, del The Washington Post anti Trump.

La candidatura de Donald Trump en 2016 fue la de un externo del viejo sistema/régimen/Estado que entendió que la élite gobernante había perdido la alianza con la base social, sobre todo la de los condados. Y en estos tres y medio años, Trump ha buscado destruir ese viejo Estado militarista de complicidades políticas-militares-mediáticas, pero no supo construir una nueva estructura de poder. En cambio, el viejo régimen quiere rehacer la alianza élites tradicionales-comunidad afroamericana que nunca entendió Obama y que está reventando en las protestas violentas afroamericanas sólo en condados y estados gobernados por demócratas, lo que confirmaría el fracaso del experimento con Obama.

Todo el viejo Estado tradicionalista de la coalición demócratas-republicanos está conspirando contra Trump para impedir su reelección, porque en los próximos cuatro años es más posible que Trump y Mike Pence fortalezcan una nueva élite gobernante que la antigua sobreviva a Obama, a Nancy Pelosi y los republicanos aliados.

En este sentido, lo que se disputa en las elecciones presidenciales de los EE. UU. no es la inexistente democracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, sino el control de la estructura del Estado en nuevas élites posteriores al colapso soviético. Los EE. UU. no entendieron que el desmoronamiento de la URSS debió haber provocado una transición ideológica estadunidense, pero a los demócratas Clinton y Obama y los dos Bush se les hizo fácilsustituir al comunismo soviético con el decadente terrorismo musulmán radical. La guerra que reventó a Moscú no fue la militar, sino la comercial de la globalización que se había iniciado en 1985 (año de ascenso de Gorbachov al poder) y que se institucionalizó en noviembre de 1989 con el Consenso de Washington para la apertura comercial de fronteras, justo sobre el cascajo del muro de Berlín.

Las posibilidades de victoria de Trump se deben medir con el nivel cada vez más intenso de oposición del viejo régimen, incluyendo a los grandes medios como The New York Times, The Washington Post y la CNN inventandonotas, destacando hasta el tamaño del órgano sexual del presidente y perdiendo la objetividad y el equilibrio informativo que fue la gran herencia del periodismo estadunidense.

Las elecciones las van a decidir los estados de ánimo de los estadunidenses de condado, a los que los analistas mexicanos agringados no alcanzan a entender ni a sopesar.

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