
Por Manuel Gutiérrez
Gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León, 22 cartas de “Tulita” la esposa del general Enrique Gorostieta Velarde, jefe militar cristero, hay nuevas luces sobre este personaje al que los mismos católicos consideraban de menos “gnóstico” ahora no quedan dudas, católico, absuelto de la duda en cuanto a su creencia, por la historia.
El historiador Jean Meyer, ha tenido que admitir que hay un cambio histórico, en la interpretación de la aportación de este regiomontano distinguido, cuyo Congreso Neoleonés ha procedido a la publicación de esos testimonios personales.
Esto honra este honorable cuerpo como objetivos conocedores de nuestra historia y a la casa de estudios del Estado de Nuevo León, por esclarecer el mito.
Estudiado por Nemesio García Naranjo, este historiador importante, como Carlos Pereyra, ninguno logró penetrar en el alma de este líder militar cristero, sólo a sus hechos militares, dejando la esfera personal y se le juzgaba por apariencias al mostrar reticencia a sumarse a los actos religiosos en primera fila.
Contratado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa LNDR por su siglas, que encabezaban el intento de resistencia armada pero inconexa. Una causa popular más idealizada que operativamente realizable.
El jefe militar contratado estaba casado con un católica ama de casa, Gertrudis Lasaga Sepulveda, “Tulita” para Enrique, una boda religiosa celebrada el 2 -2- del 22 , consciente de su papel en la formación de su familia, aceptó y sugirió con buen agrado que su marido pusiera al servicio de la causa cristera los oficios militares de su marido al ver los estragos de la persecución.
Tres de sus hijos sobrevivieron y a punto estuvo de quemar sus cartas personales “Vámonos a la tumba en paz” decía pero su hija Luz las guardó y hoy el nieto Eduardo Pérez Gorostieta, es custodio de un documento importante que revalúa al líder y que será publicado por las instituciones regias mencionadas.
De hecho, lo que hizo Gertrudis, “Tulita” fue semejante a la decisión de muchas mujeres mexicanas. Ella como en muchos lugares en todo México, impulsaron a los hombres a levantarse en armas por la libertad religiosa, de activistas pasaron a las Brigadas Juana de Arco, de jóvenes que fungieron como enlaces, proveedoras y curanderas de los guerrilleros, de una “lucha sagrada”, como le llamaría el Genera.
La promesa de 3 mil pesos oro, de los cuales solamente se entregó una moneda, el general aislado en el ostracismo, por haber sido simpatizante del gobierno de Victoriano Huerta en un intento de detener la revolución y su caos, aceptó el cargo.
Huerta, que sabía apreciar en Enrique, sus dones de organización valor, y honor militar, le tuvo en gran estimación llegando a ocupar comisiones destacadas en la Secretaría de Guerra y Marina. Tuvo el grado de General Brigadier.
El General prefirió un regreso a la paz porfiriana, marcada por estabilidad, costumbres de clase, y en general una marcada mejor calidad de vida que la que ofrecían los diletantes del poder, ambiciosos de oro sin límites como el propio Venustiano Carranza, que no sabía que amaba más, si el poder, o el dinero.
Lo que siguió con Obregón y Calles llegó al extremo.
Enrique estuvo en el exilio en Texas, y pasó a ser el introductor de los dulces “Salvavidas” en México, así como a promover radios y equipos de transmisión, todo para mantener a su familia.
Y aceptó involucrarse con los Cristeros, que lo encontraron muy culto, hijo de un abogado y escritor, contratado por Rafael Ceniceros y por Miguel Palomar, luego de una larga entrevista, aceptó el cargo que le abrió el camino de la historia.
Conocedor de la guerra que tuvo que imponerse a Victoriano Ramírez “El Catorce” y otros guerrilleros que desconocían la operación con disciplina, y que optaban por acciones valerosas pero improvisadas, que desconocía la ciencia del Brigadier Artillero, que les puso a su disposición, ya aceptado fue jefe indiscutible.
Tampoco tuvo reticencias a utilizar el emblema de Cristo como lo hacía su tropa ni tampoco su lema “Viva Cristo Rey” que Andy García repite en exceso en su película “La Cristeada” cuando lo representó en la cinta que le dio la vuelta al tema.
Su tropa era formada por campesinos, gente de oficios populares, así como jóvenes idealistas de la ACJM y en algunos de ellos estudiantes que dejaban trunca su carrera, para acudir al llamado de la guerra.
Describe su vida en campaña a Tulita: “Dormir en el suelo, tener que caminar y mucho, hoy desayunar y cenar hasta mañana, son pan pintado para mi”.
Tampoco se dejó fotografiar mucho en sus funciones, el contraluz es su sello, tal vez por razones de seguridad, o modestia personal, pero sus fotos anteriores al conflicto presenta un militar apacible, serio, no intimidatorio, otros lo consideraron con un pasado de militancia masónica, aunque no debió ser ajeno a cofradías de hermandades militares ya que era conocido del propio Elías Calles, que de haberle tenido una pizca de confianza, hubiera privado a los Cristeros de un jefe competente, al ganarlo para el gobierno. Pero la historia fue como fue.
La biografía de María Elena Negrete, de la U. Iberoamericana, Departamento de Historia, en ediciones de El Caballito, se tituló: “Gorostieta el cristero gnóstico” hasta hoy se suplió la falta de información de una fuente directa.
Meyer creyó que se convirtió; “Descubrió la auténtica cristiandad en la fe de sus soldados”.
La cristeada se convirtió en una fuerza operativa capaz de atacar con fuerza poblaciones de tamaño mediano, en la costa como Manzanillo, o en los Altos de Jalisco, Zacatecas, Durango, Sinaloa, y Guanajuato, incluso de llegar a colocar el juego de la guerra en un entente, los federales y agraristas no podían ganarla, pero tampoco los Cristeros, limitados como siempre de municiones, pero dotados de una movilidad y conocimiento detallado de sus terrenos de operación que suplían su pobreza.
La obra de Juan Morfín, en el 2009 apunta a los valores morales de los adalides de la sublevación religiosa. “Guerra Cristera y su Licitud Moral” le dio otro sesgo importante a esta epopeya.
Su manifiesto de agosto de 1928 del General es uno de los documentos de Libertad completa de los mexicanos, más alucinantes. No emplaza ambiciones políticas, no propone planes -a usanza de los manifiestos en cada movimiento de rebelión que se acostumbraron en nuestra historia- su petición y entrega son sinceras y honestas, Libertad como propuesta esencial, como pocos han sido capaces de proponerla.
Es curioso el desdén que le marcó el arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez, también prófugo del callismo en su ocultamiento en la barranca, en que siendo próximo a la presencia de Gorostieta, nunca aceptó dialogar con él.
Enrique consideró ese gesto extraño y poco comprensible suponiendo que estaban en el mismo bando, pero intuyó con la sombra de los arreglos que la cosa se iba a poner muy fea para los voluntarios.
Quedarían desarmados moralmente, desacreditados, una represión disimulada, que provocó más muertos que la guerra, esos “arreglos” alertado por Plutarco Elías Calles, que al perder el amparo de la Iglesia, la lucha se desmoronaría. Enrique no dimitió pero tampoco vivió esa pesadilla.
Gorostieta soñó con una Patria, justa, libre, generosa. Con ensayos de gobierno en donde las regiones cristeras lo permitieron, fortaleció la entidad municipal, se gobernó sin dar pauta a la corrupción y se utilizaron todos los recursos por la salud, educación del pueblo, con una actitud hacendaria ejemplar. Esto se vivó en algunas regiones del país, como Michoacán con “gobiernos cristeros” según lo hace constar Meyer en su obra medular.
Una emboscada certera cerca de Atotonilco, en el punto llamado Hacienda del Valle le puso fin, aquejado de una intensa conjuntivitis, acompañado del Padre Aristeo Pedroza y un reducido grupo resistieron a los federales sin lugar a huida.
La historia consigna que hubo un trabajo de inteligencia callista que colocó un infiltrado cercano, que informó de su posición para ser eliminado antes de que se implantaran los arreglos, Heriberto Navarrete, posterior sacerdote jesuita sobrevivió ileso a la emboscada
Navarrete escribió: “Por Dios y por la Patria” intentó testimoniar ese período, pero como algo singular, se desconoce que haya escrito sobre su jefe directo. Su proximidad de secretario particular hacía obligada la referencia del personaje que no mereció sus palabras, algo extraño como su supervivencia única.
Su viuda que destruyó muchos documentos durante su período de ocultamiento reservó cartas de su relación personal con Gorostieta en una vida que el general llamaba de “reclusión” y que duró hasta mediados de los años treinta. Ese fue el sacrificio de Tulita.
“Son cartas -dijo su nieto- que dejan ver su personalidad, y su amor por su familia y en especial por Tulita” y admitir la posibilidad de aceptar el mando de un ejército sólo con un símbolo. Pero hoy sus cartas lo muestran completo, lo que no tenían los historiadores.
Que el mismo se pinte: “Nuestro movimiento -dijo en sus cartas- ha tomado fuerza y el gobierno está tan de capa caída que yo sé que andan haciendo esfuerzos por localizar a las familias de los que andamos en el campo a fin de ver, si logran reducirnos, ya que no lo pueden hacer por medio de las armas”.
Y estas: “Creo mi deber hacer de su conocimiento que vamos a sufrir en los próximos meses la más dura prueba de esta epopeya”.
“Tenemos que hacer frente a una agudísima crisis que señalará nuestro mayor triunfo o nuestra derrota, se hace necesario que todos pongamos en contribución el mayor esfuerzo y aportemos mayor ayuda”.
“Mantente animosa, (Tulita) fíjate que ando haciendo un deber sagrado y convéncete de ello al considerar los millones de gentes que están rezando por mí y por mi causa”.
Junto a su cadáver exhibido en Atotonilco, las fuerzas federales colocaron la leyenda: “Vean como a su líder, no lo salvó Cristo Rey” pero esa frase estaba equivocada, gracias a Tulita encaminó su alma a la salvación.
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