
Por Pablo Carranza *
En la mitología griega se habla de unos gigantes llamados cíclopes que tenían un solo ojo a la mitad de la cara, pero lo que más me impresiona es que vivían muy tristes porque alguna diosa malvada les había maldecido (no se bien por qué se enojó con ellos) y que su castigo sería saber siempre el día y la forma en que habrían de morir.
Entonces pienso que, para los simples mortales como nosotros, es una bendición no saber ese dato, salvo que tengamos una enfermedad terminal y los médicos nos den un plazo más o menos determinado de cuando nos iremos. Pero fuera de eso es muy reconfortante ignorar la fatídica fecha y forma de nuestro desenlace fatal.
Esto viene a colación cuando escucho a empleados del gobierno que tienen contratos interinos, por seis o por tres meses, y que cada fin de esos plazos los directivos de la dependencia en cuestión pueden darles otro contrato temporal o mandarlos a la calle, sin un centavo de indemnización. Y entonces el trabajador vive angustiado, como un sentenciado a muerte en Texas que espera la misericordia del gobernador para que, de último minuto, detenga la ejecución.
Y conozco trabajadores que tienen años en esa situación, negándoles las prestaciones que tienen los de base, con esa incertidumbre permanente que quema el alma y que me parece hasta cruel, por supuesto violatoria de los derechos laborales más elementales y hasta de los derechos humanos más sensibles. Pocas cosas dañan tanto el sistema nervioso de las personas como la inseguridad laboral.
Luego veo también como los sindicatos blancos se mantienen cómplices de esas situaciones y que ni el ejecutivo, ni el legislativo, ni el judicial, pongan fin a esas prácticas. La ley federal del trabajo dice que después de seis meses y un día, el trabajador adquiere la base junto con todos los derechos y prestaciones establecidos. Y así debería ser para todos y eliminar eso de “interinatos” que no es más que una forma (sádica diría yo) de manipulación y control. A veces argumentan que la plaza “es” de alguien más que pidió licencia, pero esas licencias no deberían durar más de 6 meses. O regresas a “tu” puesto o lo pierdes. Sería lo justo.
México era ejemplo mundial en el siglo XX de legislaciones justas para los trabajadores. Ahora están solo en el papel y nadie las respeta. Los de arriba nunca voltean a ver a esos empleados que viven terriblemente angustiados, peor que los ciclopes, porque esos solo morían una vez.
*Psicólogo y periodista
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