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Por Carlos Ramírez.-

Luego de que las autoridades de salud se equivocaron y dejaron a la población suelta en el periodo de primeros contagios externos, ahora que comienza la fase de dispersión local del virus la estrategia gubernamental debiera de salirse del cerco de las mañanas en Palacio Nacional y construir un equipo plural de especialistas que tomen el control de las acciones bajo la coordinación ejecutiva del presidente de la república.

 La sociedad vive el desconcierto de un presidente que anda suelto por todo el país y órdenes de salud de confinamiento casi total en las casas. Y no puede dar imagen de liderazgo un funcionario de segundo nivel –el subsecretario Hugo López-Gatell– que no es capaz de someter al presidente de la república a los dictámenes que imponen a toda la población.

La explicación de la movilidad presidencial es clara: dar la imagen de menos estridencia y mostrar a un presidente trabajando. Pero la pandemia apenas ha comenzado a causar estragos en la población. España se tardó en imponer decisiones y el presidente Sánchez se la pasó justificando la tardanza y hoy ese país está en segundo lugar de infectados. México puede seguir ese camino: impuso el confinamiento después de un largo periodo de permisibilidad en circulación, lo que ha provocado contagios que hoy están estallando en enfermos y fallecidos.

El escenario previsible tiene dos pistas: las cosas siguen igual y se aguanta por fuerza personal presidencial de miles de infectados y varios cientos de fallecidos o el presidente retoma el control de la pandemia con un gobierno de guerra contra el virus. El actual gabinete es inexistente, el gabinete de salud lo controla un subsecretario que se la pasa explicando lo que el presidente está haciendo. El rostro de angustia de López-Gatell repitiendo tres veces, subiendo la voz en cada un quédense en casa contrasta con el presidente de la república en giras con temas menores.

Viene una crisis de salud, una crisis infecciosa, una afectación de millones de personas enfermas y una recesión que podría llevar al PIB a un sótano de -7% a -10% y la necesidad de una reconstrucción económica total para los próximos diez años, a una situación que sencillamente destruyó el modelo previsto en la campaña y en la toma de posesión.

Lo ideal sería un gobierno de emergencia nacional; pero bastaría con un nuevo gabinete de salud con las figuras experimentadas que están emitiendo llamados de cordura y explicando los efectos de la pandemia, con el presidente de la república coordinando las acciones en Palacio Nacional, sin salir y mostrando que los expertos no sometidos al poder tienen la facultad de encarar la emergencia.

La crisis nacional por la pandemia apenas está llegando, pero nadie y nada garantiza que nos vayamos a salvar. Y vienen tres tiempos previsibles: el efecto destructivo de la crisis de salud, el desplome de la economía productiva y la incertidumbre si el gobierno no lee el colapso de la estructura nacional. El presidente batalla contra molinos de viento, que no son, por cierto, las hojas de los ventiladores creadores de energías, sino los analistas que disfrutan la crítica aprovechando las imágenes presidenciales.

Ahora más que nunca se requiere de un gobierno de unidad nacional al frente de la crisis, con cuando menos tres programas de emergencia: de salud, de recesión y de cohesión nacional. El presidente de la república cuenta con un sólido liderazgo por sus luchas en el pasado, pero no le alcanza para la dimensión de la crisis que está estallando en salud y espacios sociales y la económica inevitable.

El inicio de las cifras de infectados y fallecidos es el momento clave para una propuesta de liderazgo y una recomposición de las tareas ejecutivas del Estado –no sólo del gobierno–. La crisis no se puede encarar un invisible secretario de Salud al frente del Consejo de Salubridad General y subordinado al ejecutivo. Lo que está en riesgo con la actual crisis y que no estuvo con los terremotos y la del H1N1 no es Morena ni el grupo gobernante, sino, como en las crisis de 1981-1982 y de 1994-991, la existencia de México como nación viable.

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Temores infundados. El presidente López Obrador dice que no se va a aislar porque entonces los conservadores tomarían el control del país. El asunto es más simple: el presidente y su partido controlan la Suprema Corte, las dos Cámaras, tienen mayoría en diez de quince gubernaturas del año próximo, la tendencia de votos de Morena es mayoritaria, el gabinete es absolutamente lopezobradorista, las dos armas son leales a las instituciones y desde cualquier confinamiento puede tener el control del país. Así que los conservadores están en minoría y no podrían tomar el poder.

Política para dummies: La política es sinónimo de liderazgo; así de sencillo.

 

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@carlosramirezh

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Felicidad, engaño de Venezuela; Padilla: distribución del ingreso

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Por Carlos Ramírez*
El populismo región 4 de Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro ha sido una venta de expectativas demagógicas; en octubre del 2013 Maduro anunció la creación de un Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo, pero al final esa oficina quedó en una instancia burocrática sólo para atender solicitudes ciudadanas de ayudas.

De las seis funciones de ese Viceministerio, dos son de ventanilla de informes: “atender, gestionar y solucionar los casos que sean remitidos al viceministro” y “atender y orientar a los ciudadanos y ciudadanas que acuden al Ministerio del Poder Popular del Despacho de la Presidencia y Seguimiento a la Gestión del Gobierno en busca de ayuda en áreas como salud, discapacidad, asesoría legal, asignación de becas, ayudas por abandono, desalojo o cualquier otro ámbito de sus competencias”.

Otra función es la de desahogar expedientes sin resolver. También tiene la función de “procurar solucionar (sin asegurarlo del todo) los problemas planteados al presidente de la república o al Ministerio”, pero apegadas esas gestiones “a los principios de legalidad, igualdad imparcialidad y celeridad”. Y: “coordinar los operativos de carácter social”. Además, llevar registro de casos.

En este sentido, el Viceministerio venezolano para la Suprema Felicidad del Pueblo es una oficina burocrática sólo de gestiones de gestiones y para mantener bajo su dominio veintiséis oficinas de fundaciones y organismos que tienen que ver con la cultura, todos ellos bajo la consigna oficial en su página web de “aquí amamos a Chávez”. En este sentido, el papel de Viceministerio con labores de organización política de estructuras de movilización social para el chavismo con recursos públicos busca promover “sedes socio-políticas”, así como el “seguimiento a actores nacionales e internacionales de interés para la gestión del gobierno”.

La felicidad, por lo tanto, no es una condición de clase social ni de nivel de bienestar. El diccionario de la Real Academia Española señala tres acepciones a felicidad:

  • Estado de grata satisfacción espiritual y física.

  • Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.

  • Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad.

Las sociedades de los países subdesarrollados o con niveles de pobreza y marginación mayoritaria en realidad no son infelices, sino que padecen desigualdad en la distribución de la riqueza producida. El mito del milagro económico del desarrollo estabilizador 1958-1970 logró tasas de PIB de 6%, pero la distribución de la riqueza fue concentradora en los sectores sociales altos: de 1958 a 1970 el ingreso del 10% de las familias más pobres bajó de 2.2% a 1.3%, en tanto que el 10% más rico bajó de 49.3% a 41.9%, lo que reveló acción redistribuidora del Estado a favor de las clases medias.

Pero aún así, en términos oficiales, en 2018 el 80% de las familias pobres a desarrollo medio se repartían el 50% del ingreso, en tanto que el otro 50% se quedaba en el 20% de las familias ricas.

En este sentido, el populismo y el neoliberalismo no modificaron la estructura desigual de la concentración de la riqueza y del ingreso.

En 1981 el economista Enrique Padilla Aragón publicó su libro México: hacia el crecimiento con distribución del ingreso (Siglo XXI Editores) y ahí dejó claro que los años del “milagro económico mexicano” sólo profundizaron la desigualdad y beneficiaron la riqueza, Pero afirmó que sí era posible el crecimiento con distribución del ingreso y delineó cinco sugerencias que deben estar en el centro de cualquier nueva política económica para la justicia social:

  • Dominio del gobierno en la economía.

  • No utilizar el ingreso como medida de crecimiento, sino hacer estimaciones físicas de los insumos necesarios para alcanzar niveles mínimos de nutrición, salubridad, vivienda, educación y otros que son esenciales indicadores de necesidades básicas.

  • Elevar la productividad y terminar con la pobreza.

  • Atender la función del bienestar.

  • Abandonar el modelo del tipo de mayor intensidad de capital seguido por México y Brasil por el de mayor intensidad de trabajo.

Para Padilla Aragón el nuevo modelo daría resultados en diez años.

En este sentido, el debate debe ser sobre la redistribución de la riqueza y no la felicidad.

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Política para dummies: La política marca la diferencia entre demagogia y realidad.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- La felicidad sólo es producto de la redistribución de la riqueza

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Por Carlos Ramírez*
La fórmula de la felicidad del pueblo sería la siguiente:

Felicidad= PIB+impuestos+gasto social-corrupción

80% población

El problema de la desigualdad social no tiene que ver con su medición, sobre todo si en México hay datos certeros sobre la concentración de la riqueza, el ingreso, el bienestar en el 20% de las personas más ricas.

En diferentes ensayos sobre la distribución del ingreso se tienen registro de la distribución del ingreso en 10 grupos de familias conocidos como deciles. Esta distribución del ingreso ha sido retomada por la Encuesta Ingreso-Gasto que realiza el INEGI con bastante precisión.

La cifra oficial de concentración del ingreso en la encuesta de 2018 es muy explícita: el 20% de las familias más ricas tiene el 49.4% del ingreso, en tanto que el 80% restante se reparte el 50.6% restante del ingreso. Como dato comparativo: en 1958, hace 60 años, el 10% de las familias más ricas acaparaba el 49.3% del ingreso nacional, contra 50.3% del 80% de la población.

Los mecanismos de distribución de la riqueza fueron de 1934 a 2018, populistas, aún en el largo ciclo del neoliberalismo 1083-2018; el decir, el Estado y su política fiscal asumieron la tarea de dotar a las personas de bienestar asistencialista. Pero la disminución de ingresos fiscales, la burocratización y la corrupción fueron disminuyendo la disponibilidad de recursos para las políticas sociales.

En economía se cuantifica el bienestar o la situación de necesidades satisfechas aún de manera mínima en cinco indicadores básicos: vivienda, salud, educación, alimentación y salarios. Pero el gobierno castigaba salarios en aras de bajar presiones inflacionarias y convertía subsidios básicos en salario no-monetario atado a los intereses de los funcionarios sexenales del Estado que buscaban la dependencia social.

La clave del bienestar está en control inflacionario, salarios remuneradores sin subsidios y posibilidades de ascenso social. Las políticas asistencialistas cubren necesidades muy-muy indispensables, otorgan como subsidios algunos beneficios también mínimos y no garantizan el escalafón social.

La felicidad es un estado de ánimo no cuantificable, porque hay pobres muy felices y ricos muy infelices. Y las condiciones de felicidad no tienen más que una forma de resumirse: políticas de bienestar del Estado financiadas con impuestos. El Estado acota la riqueza acumulada y aumenta el bienestar en los pobres.

Más que infeliz, México es un país con polarización social: 80% de mexicanos viviendo con una a cinco carencias sociales y 12 personas con una riqueza de más del 12% del PIB. Esta concentración de la riqueza ha sido aprobada y estimulada por el Estado con una política fiscal que no graba la riqueza.

El país más feliz del mundo es Finlandia. Una nota del sitio web El Confidencial revela que los finlandeses más ricos llegan a pagar el 53% de impuestos sobre su riqueza, lo que permite que el Estado tenga los servicios sociales más amplios del mundo. La fórmula es sencilla: el Estado es la única instancia que puede equilibrar el bienestar y requiere de tres condiciones: impuestos cobrados a los ricos y a los productores, infraestructura social integral e ingresos fiscales suficientes, todo ello garantizada por la tasa mas baja de corrupción. La carga fiscal en Finlandia es de 42.3% en tanto que en México es de 17%; y Finlandia tiene apenas 5.5 millones de habitantes y México se acerca a 130 millones.

El estado económico de la felicidad –en caso de existir– sería producto del modelo Pareto: 80% de personas sin restricciones sociales y 20% de marginados; hoy México está el revés. El modelo de PIF –Producto Interno de Felicidad– dependerá de los mecanismos de distribución de la riqueza para evitar la concentración de la riqueza en el 20% de las familias y para modular la riqueza excesiva vía políticas fiscales.

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Minería. Con acuerdos firmes de atención a la emergencia sanitaria, la minería regresa a la producción, luego de un acuerdo del subsecretario federal de Minería con las principales agrupaciones de trabajadores mineros. La minería proporciona casi tres millones de empleos directos e indirectos, representa casi el 4% del PIB nacional y el 8% del PIB industrial. Los lideres sindicales Ismael Leija, Javier Villarreal y Carlos Pavón pivotearon el compromiso y la urgencia de regresar a la producción con normas estrictas de seguridad sanitaria.

Política para dummies: La política es el lenguaje que dice una cosa y quiere decir otra.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- El hombre, el peor enemigo del hombre; a regresar a nuestro caos

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Las personas fueron confinadas en semanas anteriores para evitar el contagio con el virus COVID-19 que ha estado matando por miles, con las e videncias de que la infección tenía su propia lógica, pero en un escenario de colapso de medio ambiente deteriorado por la convivencia humana cotidiana. La presencia de animales en ciudades sin gente en las calles fue un mensaje ecológico: los seres humanos, en su confort y pobreza, estaban destruyendo el planeta.

Si el confinamiento debió de haber sido la oportunidad para la reflexión, la urgencia por salir de las casas y regresar a las calles no dejó ver ningún indicio de arrepentimiento, Las primeras personas que salieron a las calles después del confinamiento aglomeraron las ciudades sin orden, regresaron a sus viejas prácticas comodinas y llenaron bares, cantinas y terrazas,

No, no hemos entendido el mensaje del COVID-19. Y nadie está reflexionando sobre el contenido de esos mensajes. Nadie está respetando el medio ambiente al salir de sus casas. El ecosistema del ser humano es el de la depredación del medio ambiente. Ni gobiernos, ni personas, ni sociedad organizada van a aprender la lección del virus. Seguiremos el camino hacia nuestra autodestrucción.

El mundo del discurso político es el de la racionalidad de las ideas. Sí, es cierto. Inclusive, ya ha adquirido rango de categoría de ciencia política. Sin embargo, el discurso muchas veces se mueve detrás del espejo de Alicia. Lo que refleja el cristal es la realidad, aunque detrás del espejo pueda existir cualquier cosa.

El discurso presidencial de los gobernantes afectados por el coronavirus tiene claridad: crea un ambiente de optimismo, inyecta ánimos a una población desorientada, anuncia acciones verbales que tratan de modificar expectativas y se convierte en instrumento de gobierno; sin embargo, la ciudadanía contrasta de modo automático el discurso con la realidad y ve con claridad dos mundos.

Ahora el discurso oficial inserta en el debate el concepto de “nueva normalidad”, un escenario que se utilizó después de los terribles ataques terroristas contra la población civil el 9/11 del 2001 en Nueva York. Nadie, por sí mismo, quiere regresar a la normalidad anterior, cuyas contradicciones llevaron en ése y otro caso, como en el coronavirus, a crisis mucho mayores que rayaron en la ruptura civilizatoria.

Lo malo radica en los hechos: la realidad anterior era tan crítica que llevó o dio escenario a las rupturas ingobernables. Salir de una gran crisis exige iniciativas monumentales: la primera guerra mundial, la gran depresión de 1929-1933, la seguida guerra mundial, la guerra fría que mantuvo al mundo en la orilla de la hecatombe mundial, los ataques del 9/11 y las muchas crisis económicas en el camino lograron cambiar los sentidos de la historia, aunque a veces se llegara a nuevas crisis,

El colapso sanitario del COVID-19 está obligando al mundo a una nueva etapa de conciencia y de enajenación. Pero los líderes nacionales y mundiales, las clases productivas y los grupos disidentes carecen de visión prospectiva. Y la peor parte se localiza en la sociedad: las fotografías de las primeras escenas del desconfinamiento y la salida a las calles mostraron a personas sin respetar las reglas de sanidad y, peor aun, casi todas con vasos de licor en las manos, exactamente lo que vimos antes de la llegada de la pandemia.

La nueva normalidad no es más que la misma…, y ni siquiera disfrazada. Todos vimos con grata sorpresa que el confinamiento sacó a los animales de sus cuevas y refugios para invadir las calles de las ciudades: el mundo originario recuperaba su territorio, después de siglos en que la humanidad estuvo destruyendo el medio ambiente. Pero el regreso a la vida abierta repuso los anteriores parámetros de convivencia: la destrucción de nueva cuenta del medio ambiente, como si la pandemia y el confinamiento hubieran sido una mala pesadilla.

Los seres humanos son los únicos animales vivientes que se tropiezan siempre con las mismas piedras. No existe una reflexión de las razones que llevaron a la pandemia y el confinamiento, no se aprendió la lección de que el aviso más importante fue saber que se está destruyendo el medio ambiente y el equilibrio ecológico, se volvió a cerrar los ojos ante la realidad para brindar por el regreso a una normalidad que ignora la destrucción del ecosistema de equilibrio natural.

A pesar de que la crisis del coronavirus puso en el tapete del debate mundial la existencia de la civilización actual a través de la llamada agenda verde, las personas salieron de su confinamiento para volver al modelo social de destrucción del medio ambiente. Y, otra vez, los animales desalojaron sus territorios recuperados de manera momentánea ante la llegada del hombre-destructor. Las personas reflexionaron el confinamiento no en el escenario del equilibrio ecológico destruido, sino de la pérdida del confort que destruye el medio ambiente.

Los tiempos del confinamiento fueron una pequeña ventana para que los filósofos, la única tabla de salvación de la destrucción civilizatoria, salieran de sus cuevas platónicas para lanzar advertencias de que estábamos autodestruyéndonos, pero esas claraboyas se volvieron a cerrar más temprano de lo esperado. No, la gente no quiere oír de catástrofes autoprovocadas, sino de estados de ánimo correlativos a la comodidad moderna: los restaurantes, los bares, las terrazas, los cafés, todos esos lugares en donde se reúnen para evadir la realidad que va a destruir, de manera inevitable, el planeta, antes que una guerra nuclear cumpla su objetivo histórico.

Bienvenidos, pues, a la nueva normalidad que es la misma de antes.

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