
Horacio Villaseñor
Guadalajara padece una adicción crónica a las soluciones lineales en un territorio que reclama desesperadamente una visión de red. El anuncio de la Línea 5 de Mi Transporte, con su promesa de conectar el Aeropuerto con la opulencia de la Expo y el Estadio Akron, se promociona como el gran hito de conectividad del año, cuando en realidad responde más a la lógica del negocio y a la estética del “render” impuesta por la coyuntura del Mundial de Fútbol que a una necesidad técnica genuina. Es otra costosa aspirina para un organismo con falla sistémica.
Mientras el discurso oficial celebra kilómetros repavimentados olvidan que las líneas masivas solo son efectivas cuando logran integrarse a una malla que dé servicio de cualquier lugar a cualquier otro lugar; – cuando el servicio tiene cobertura total, no necesitas preguntar por donde pasa el tren o el camión, “el servicio”- de lo contrario, quedan reducidas a hilos inútiles, solo son “rayas”. Un ejemplo flagrante de esta “línea hilo” es la Línea 4 a Tlajomulco, un trazo unidimensional que, al carecer de una verdadera integración con el tejido urbano, no logra tejer territorio ni generar ciudad, su objetivo fue perverso. El fantasma de Jorge Matute Remus observa desde el archivo: su propuesta de una red ortogonal sigue sepultada bajo el peso de la improvisación política.
Lo más grave es que consolidar una red no es una cuestión de presupuestos faraónicos, sino de inteligencia institucional: se trata de voluntad técnica y capacidad política para articular esfuerzos y darle sentido de sistema. Construir líneas aisladas sin una trama sistémica no es progreso; es, simplemente, seguir administrando el caos con mejor diseño gráfico. Debemos entender una realidad cruda: en tanto no exista una red efectiva que brinde un servicio superior a la libertad que otorga el vehículo particular, la ciudadanía con capacidad económica seguirá saturando nuestras calles con la compra de automóviles y motocicletas. Por cierto, quien puede ahora está dejando de usar el malísimo “servicio” publico de transporte y esta adquiriendo motocicletas a pesar del peligro que representa usarlas en una ciudad donde tampoco el “servicio de tránsito” sirve. La movilidad no se decreta con publicidad; se gana con competitividad sistémica.
Bajo esta lógica, el administrador público debe trascender la seducción del “anuncio de la obra” y el aplauso coyuntural para asumirse como un verdadero arquitecto de lo público. Su labor no debería ser la acumulación de monumentos a la movilidad, sino el diseño de una infraestructura institucional que favorezca la equidad espacial. Al final, la inteligencia aplicada a la red existente —esa que no requiere de grandes deudas sino de gran capacidad de gestión— rinde frutos mucho más profundos y permanentes que cualquier proyecto de relumbrón. Es momento de dejar de tirar hilos al aire, de perder dinero público, tiempo de calidad de vida y comenzar, finalmente, a tejer la ciudad. ¡Ya basta!
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