Por Amaury Sánchez G.
En el teatro del poder mexicano hay días en que el telón sube sin previo aviso, como si una mano invisible ordenara que los actores cambien de lugar a mitad de la obra. Tonalidades densas, movimientos apenas perceptibles, una respiración contenida en los pasillos alfombrados de Palacio Nacional: así cayó la noche en que Ernestina Godoy decidió renunciar… y renacer, casi al mismo tiempo, en otra oficina donde todo pesa más, donde cada palabra es un alfiler clavado en la piel del Estado.
Porque en México —país de gestos bruscos y declaraciones mendigas— no existe el acto gratuito. Cada renuncia es un mensaje, cada nombramiento una advertencia. Y lo que ocurrió con la ex Consejera Jurídica del Ejecutivo Federal no es excepción: es una coreografía finísima, casi quirúrgica, de ese poder que sonríe mientras aprieta los dientes.
Apenas pasaron veinticuatro horas desde que Alejandro Gertz Manero, en uno de sus últimos espíritus burocráticos, la nombró Fiscal Especializada de Control Competencial.
El país apenas reaccionaba cuando Ernestina Godoy, con la serenidad de quien ya sabe a dónde va, dio a conocer que había dejado su silla en la Presidencia. Y no lo hizo con estridencias, sino con la parsimonia calculada de quien narra un hecho consumado, irreversible, casi natural.
“La ética”, dijo. “El compromiso con el pueblo”, repitió. Palabras que se escuchan limpias, casi sagradas, pero que pesan como piedras cuando se pronuncian desde las alturas políticas. Porque en México la ética se escribe con tinta, pero se ejecuta con acero.
Y en esa tinta y en ese acero vive Ernestina Godoy, mujer que ha hecho de la cautela un oficio y de la firmeza una bandera.
En la superficie, la historia suena sencilla: una consejera jurídica renuncia y al día siguiente aparece al frente de una fiscalía clave, encargada ya no sólo de litigar competencias, sino de despachar aunque sea de forma temporal la Fiscalía General de la República. Pero en el fondo, en ese subsuelo donde la política adquiere su verdadera forma, el movimiento es monumental.
Porque la FGR nunca es un lugar vacío.
Siempre es un territorio en disputa.
Una frontera con cuchillos en la mesa.
Y la salida de Gertz Manero envuelta en rumores, en silencios oportunos, en versiones que duermen en cajones con llave abrió un hueco que nadie permitiría que se llenara al azar.
En ese hueco entra Ernestina Godoy: no como improvisación, sino como afirmación del nuevo orden.
Quien crea que esto es un acto administrativo vive en otro país.
Lo que ocurrió aquí es estrategia.
A veces la política mexicana se mueve como una serpiente vieja: lenta, cansada, pero mortal. Esta transición en la Fiscalía es de esa especie. Lo que se está moviendo no son sólo nombres: son estructuras, lealtades, formas de operar el Estado y, sobre todo, el monopolio de la verdad jurídica.
Ernestina lo sabe. Por eso escribió su mensaje como si estuviera dictando un testamento político: agradeció, recordó, abrazó simbólicamente al equipo con el que trabajó. Pero en ese mismo texto estaba la clave: habló de futuro. De rumbo firme. De derechos. De justicia. No era una despedida. Era una presentación.
Porque renunciar un jueves y amanecer al frente de la Fiscalía un viernes no es una retirada. Es un ascenso.
Quienes han ocupado ese despacho saben que ahí no se trabaja con luz natural. Ahí la iluminación llega de expedientes, de filtraciones, de presiones invisibles. La FGR es el sótano luminoso del Estado: un lugar donde se guardan las armas jurídicas más delicadas, donde se decide quién cae y quién flota, quién es culpable y quién sólo parece culpable.
Ernestina, con esa mirada tranquila que muchos confunden con docilidad, entra a ese sótano con la experiencia de quien ha sobrevivido a batallas políticas más densas que cualquier expediente penal. Fue Procuradora de la Ciudad de México. Enfrentó a la oposición que quiso congelarla en el Congreso. Y nunca se quitó la sonrisa, esa que en realidad es su manera de decir: “todavía no me conocen”.
Por eso la Presidenta Sheinbaum confía en ella. Porque la lealtad de Godoy no es servilismo: es método.
Lo que inquieta no es la renuncia, sino el tiempo.
Exactamente 24 horas.
Como si cada minuto hubiera sido medido con una regla de acero.
El México que amanece después de este movimiento es uno donde la FGR tendrá al fin sincronía política con el Ejecutivo. No subordinación, sino sincronía. Y ese matiz es el que aterra a quienes han usado la justicia como un arma de extorsión política durante décadas. Porque una FGR alineada al proyecto transformador deja sin refugio a los viejos operadores del régimen anterior.
No es un secreto: los enemigos de Ernestina Godoy no le temen a su temperamento. Le temen a su constancia.
Hay quienes, en tertulias insulsas, aseguran que todo esto es casualidad. Que Gertz se va por cuestiones de salud. Que Godoy sólo pasa a ocupar un espacio mientras se elige a alguien más. Que el Estado sigue funcionando como si nada.
Y uno escucha esas versiones como quien escucha a un niño explicar la mecánica cuántica: con ternura y con lástima.
Porque lo real, lo palpable, lo que duele y se mide, es que México está viviendo un reacomodo profundo en su aparato de justicia. Y estos movimientos no son superficiales: son tectónicos.
En esta transición hay un símbolo que no debe pasarse por alto:
es una mujer quien toma el control del despacho de la Fiscalía General.
La primera Presidenta de México impulsa a una de las mujeres más firmes de su círculo a dirigir la institución de justicia más poderosa del país. No es poca cosa en una nación que durante un siglo vivió bajo gobiernos masculinos, pactos masculinos y complicidades masculinas.
Aquí hay un mensaje:
el país cambió.
Y también cambiaron quienes llevan la llave del sótano.
Ernestina asume el cargo “con profundo sentido de justicia”, dice. Y en esa frase hay una doble lectura. Una para la prensa: la solemnidad del discurso. Y otra para quienes entienden el lenguaje interno del poder: no habrá tregua para los corruptos del viejo régimen, tampoco para los que intenten usar la ley como escudo político.
La justicia no es un ideal. Es un campo de batalla.
Y ella está entrando armada.
En suma: lo que ocurrió no es una página más en el diario burocrático de la República. Es el primer capítulo de una nueva etapa del aparato judicial mexicano. Una mujer llega al lugar donde por décadas se dictaron decisiones incómodas, pactadas o postergadas. Una mujer que no negocia verdades, que no se asusta con diputados vociferantes, y que entiende mejor que muchos, que en México la justicia es una cuerda floja donde sólo sobreviven los que no tiemblan.
Gertz se fue.
Godoy llegó.
Y el país, aunque todavía no lo sepa, ya cambió.
La puerta del silencio se ha abierto.
Y será muy difícil volver a cerrarla.
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