Por el Mtro Horacio Villaseñor
En 2009, la desaparición de los extintores y mangueras en los túneles de Guadalajara era un tema que indignaba por su absurdo: el gobierno justificaba su inacción bajo el argumento de que “se los roban”. Casi dos décadas después, la respuesta gubernamental no ha evolucionado; allí siguen los túneles sin extintores, solo hay vestigios de los gabinetes, ningún periodo posterior de la administracion municipal los ha arreglado y sigue habiendo una amalgama de excusas que ocultan una incapacidad estructural para gestionar nuestra ciudad. Ellos solo es un ejemplo, las obras solo sirven cuando se inauguran, después se abandonan a su suerte. Guadalajara ya está construida, su vocación pública ahora debería ser su conservación, mantenimiento y modernización de la infraestructura.
Lo que hoy vivimos es la clara evidencia de un modelo de gestión pública que ha colapsado por la ineptitud de gobernantes ignorantes, ambiciosos e hipócritas actuales. La autoridad, independientemente del partido político que ocupe la silla, insiste en tratar los problemas urbanos como fallos logísticos menores que se arreglan con “parches” mediáticos. Sin embargo, no hay partido que pueda solucionar nada si no comprende que el fondo del asunto no es una falta de mantenimiento aislado, sino un desprecio sistemático por la funcionalidad básica del territorio. El peligro real para el ciudadano no es el vandalismo, sino el desconocimiento e incapacidad técnica de quienes toman las decisiones. Mientras los funcionarios sigan operando bajo estructuras jerárquicas que intentan imponer soluciones desde un escritorio y solo les interese lo suyo, lo electoral, seguiremos condenados a la ineficiencia. Esta visión centralista es estructuralmente incapaz de reconocer la realidad de nuestras calles; es un sistema con un “cerebro” desconectado de la realidad. Hoy, ese abandono ya no solo se manifiesta en la seguridad vial, sino en crisis más apremiantes. La falta de agua potable en los hogares y el drenaje insuficiente que colapsa con la menor lluvia son también vestigios de una ciudad que se desmorona bajo una gestión que prioriza la imagen sobre la infraestructura vital. Estamos ante una ciudad que no puede garantizar los servicios más elementales a sus habitantes, mientras las autoridades se limitan a administrar la escasez y la precariedad gastando en tonterías efímeras pero electoralmente útiles. Es urgente dejar de buscar salvadores en las boletas electorales y empezar a exigir una transformación de fondo. La gestión de nuestros servicios básicos no debe depender de la voluntad política del administrador de turno, sino de una estructura que permita a la comunidad recuperar el control de su entorno inmediato. El problema es que el sistema actual prefiere ignorar estas evidencias de negligencia antes que delegar capacidad de acción a los ciudadanos. Si las próximas administraciones no abandonan la arrogancia de la gestión vertical y obsoleta, Guadalajara seguirá siendo una ciudad en constante riesgo. La solución no es un color de partido, sino la capacidad de entender que la soberanía operacional de la escala barrial, la unidad mínima de nuestra convivencia, es el único camino para rescatar lo que hoy se hunde ante nuestros ojos. La ineptitud no es un error de gestión, es el resultado de un modelo que, sin importar quién lo dirija, no tiene la menor idea de cómo funciona la ciudad real. La ciudad, en el mejor de los casos esta toda parchda y sí, el parche adminstra el caso, pero nunca lo resuelve. Ni hablar.
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