
Por Manuel Gutiérrez.
En Picadillo Circus tenemos un tema de gran altura. Como Clara Brugada, la regenta de la CDMX, en un acto contrario a los intereses culturales, privilegió que se lance a la calle, de su propia casa, al inmortal poeta Ramón López Velarde, porque va a realizar un CABARET DEL BIENESTAR EN ESE DOMICILIO; y claro, chupe mata poesía y deja dinero.
Inconcebible. Pero vea usted a quién vamos a lanzar a la calle, en pleno mundial, a la lluvia, al olvido, a la pérdida del título del poeta de la nación: al autor nada menos de Suave Patria, una obra luminosa, pero que encierra tantos significados como estar bajo un encantamiento de Sauron, en El Señor de los Anillos, y que finalmente salen libros, conferencias y hallazgos, pero nadie logra que esa poesía se comprenda en su cabalidad; es tan diáfana que resulta críptica.
Porque Suave Patria es: porfirista, pero es revolucionaria mexicana de 1910; luego es democrática, amante de las buenas elecciones, descriptiva de nuestra contradictoria geografía, de nuestra enfrentada visión nacional. Es tan actual como cuando se escribió.
Suave Patria es un encantamiento que habla de trenes de juguete que van por nuestra geografía, hasta el santo aroma de la panadería, porque todo ello es México, como los veneros que escrituró el Diablo, en referencia al petróleo, en un cromo inigualable; en música sería el Huapango de Pablo Moncayo o La noche de los mayas, de Revueltas.
Para que se den un queme, les obsequiaremos en Picadillo una poesía magistral, para que vean a quién prefirieron en la CDMX en lugar de este autor fabuloso. El poeta no era moralista, pero sí un caballero de su época, correcto, y dominaba sus pasiones. Conoció los abismos humanos, pero no quedó dentro de ellos; siempre exhaló luz, bien, idealismo, amor tanto a México como a sus mujeres.
Tomado de La sangre devota, libro que debería ser obligatorio memorizar y entender en nuestras escuelas mexicanas:
Y pensar que pudimos…
Y pensar que extraviamos
la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como perenne rosa.
Y pensar que pudimos
enlazar nuestras manos
y apurar en un beso
la comunión de fértiles veranos.
Y pensar que pudimos,
en una onda secreta
de embriaguez, deslizarnos,
valsando un vals sin fin por el planeta.
Y pensar que pudimos,
al rendir la jornada,
desde la sosegada
sombra de tu portal y en una suave
conjunción de existencias,
ver las cintilaciones del zodiaco
sobre la sombra de nuestras conciencias…
Este poema se constituyó en una película mexicana sobre la vida del ilustre poeta zacatecano, que murió pobre y olvidado en una casa en la calle Jalisco en la CDMX. El domicilio del centro velardiano es en la calle Álvaro Obregón, en un sitio cultural que cederá paso a la vida nocturna de cabaret.
La cinta termina con esta poesía tan profunda como el amor no logrado, lo que pudo ser pero no fue: lo que no olvida que se deseó con toda el alma, pero simplemente fue negado. O por el dedo del destino que separa por medio de la muerte a los amantes verdaderos, a los que les faltó tiempo para los dos; tragedia, propósito inalcanzable y sin fin.
(Josefa de los Reyes), su amor eterno, fue —como otras de sus musas de la geografía de Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí y su México capital— inspiración devota, platonismo, influencia del romanticismo alemán de Werther, o de una fuerza francesa de simbolismo que venía a dar brillo a las mujeres mexicanas; el poeta de Jerez.
Sin embargo, fue llevado al cine en la cinta de 1972 llamada Vals sin fin, con Carlos Bracho y dirigida por Rubén Broido; quedó como un raro intento. La cinta fracasó comercialmente pero inquietó sobre la leyenda de Ramón; tal vez fue incomprendida la película, para variar, nada extraño en el Vate de Jerez. Fuensanta, con Ana Luisa Peluffo, una discreta realización de parte de la estrella.
Esta entre las musas, está la Genoveva, la del piano llorón, cercana a la estación del ferrocarril de Aguascalientes, del cual llegan por la noche pitidos y horarios.
Están muchas que acompañaron al licenciado en derecho, que llegó a secretario de juzgado, revolucionario de ideas más que de plomazos, agitador elegante que desempeñó con honradez y atingencia su cargo, sin evitar que en los bolsillos se guardaran pedazos de papel de envoltura con una frase feliz, con un hallazgo o una figura retórica ideal para sus poemas, más importantes que los acuerdos que querían las partes.
Porque para Ramón la pluma era arte primero. Pues bien, como si de cultura estuviéramos sobrados, se opta por hacer un cabaret para evitar un “genérico masculino” para simular el despropósito de Clara Brugada. Una jerga rara para justificar un error cultural, que mucho dice de la poca calidad de la gobernante de la mayor ciudad del mundo.
Pocos poetas son capaces de tocarnos, como Sabines, como José Gorostiza, y de otros lados Mallarmé, Schiller. Pero hacer que la casa cultural para alentar las letras se convierta en cabaret… no, pues cómo no; es un golpe bajo al arte, a la memoria del poeta, es estar por debajo de la referencia consagratoria de este portento de las letras.
Ramón era inquieto, vivió las tertulias de la época, se amoldó externamente a las etiquetas y sufrió por el aguijón de la carne, esa tortura que marca más los fracasos y la impotencia, la aventura, el pecado y, en ocasiones, el arrepentimiento que los éxitos memorables; es un acicate y un pecado no satisfecho normalmente.
Vivió con intensidad, pero una pulmonía acabó con él saliendo de un lugar tibio a un aguacero helado que lo despachó del mundo, pero ya era pobre y sin pensión pese a sus letras a la Patria.
Tuvo un lector que lo llevó, sin embargo, a la inmortalidad por Suave Patria: se llamaba el presidente Álvaro Obregón, que encontró en esa poesía la revolución triunfante y simbólica; le faltaban los muralistas, los pedagogos e ideólogos mexicanistas como José Vasconcelos, pero ya venían a generar la escuela nacionalista y fue venerado, así alcanzó a evitar la fosa común.
Fue añadido a la historia de bronce como parte de nuestras leyendas, y formó parte del Olimpo de los revolucionarios ya en forma póstuma. Curioso caso, como el de otros genios como Juventino Rosas en la música y Sobre las olas: un final triste, pobre y de aparente olvido.
Fue llevado a ser materia de declamación, no solo de Manuel Bernal o de Luis Manuel Pelayo, sino de tiernos escolares que patinaban en su larga serie de Suave Patria, plena de belleza y figuras, y que en las fiestas patrias era un requisito litúrgico.
Por eso era reconocido, pero el poeta fue analizado y se encontró que era el padre de lo contemporáneo, que su poesía cuestiona, que Octavio Paz, Xavier Villaurrutia, Gabriel Zaid, Pablo Sol y muchos más eran afectados por ese abuelo paterno-eterno de las letras; su obra afectó a todos. Es todavía un misterio sin resolver, porque cada quién lo interpreta y le descubre facetas ocultas, lo entiende como una oda universal, pero perfectamente subjetiva.
Sin embargo, eso lo hace tan universal como políticamente incómodo a los dictadores, a los aspirantes autoritarios, a los demagogos.
Y su centro literario convertido en cabaret, sin duda sería para él una buena puntada, pero la exclusión de su arte, consumada por la ignorancia en el poder, por el propósito perverso de géneros convexos, no hacen que sea una hazaña encomiable, sino un atentado a la cultura.
“Me trae un tequila doble y una chela helada para hacer un submarino” será el tema de las parejas inusuales que frecuenten este lugar del cual debe estar sobrado México. Porque será un lugar que pretende romper con estigmas genéricos.
Seguro escasean los bares y cabarets, y más creados por el gobierno populista, porque el cabaret es un centro de espectáculos con consumo, con revistas, desnudos, actos mágicos o performances de voces románticas, o definitivamente sensuales, lúbricos.
López Velarde no se escandalizaba por nada, pero lo audaz lo elevó a la potencia del arte, y después vinieron muchos poetas que, por audaces, pasaron por encima del buen gusto o la prudencia y terminaron enlodados, porque el vicio o la abyección no son necesariamente consagratorios al arte.
Lo importante es silenciar al poeta, lanzarlo a la calle, pretender que se olvide; no es cómodo para el gobierno actual del populismo.
Es incómodo a la 4T también, no les funciona. Su Suave Patria no es del gusto del Caudillo, porque a Ramón no le gustaban los caudillos. Eso advierte en su poema mayor. Ese es su gran mérito: no se acomoda con nadie, ni se deja manejar en sus conceptos que están por encima del tiempo y las modas.
Pero al destino NO se le gana.
Ramón López Velarde pasará como pasaron los nacionalismos revolucionarios, las transformaciones, las alternancias, las reformas, las luchas por el socialismo, por la autonomía; vio forjarse al México moderno, vio la decadencia moral que arrastra enormes males en manos del crimen organizado, o las búsquedas de máscaras o búsquedas de identidad; por encima de todos ellos, volverá con sus musicales palabras misteriosas a seguir cautivando a los que tengan una pizca de buen gusto y capacidad de hilvanar una metáfora que se las explique, y se dejen conducir a un México que está en el recuerdo pero que sigue cautivando.
Porque es un creador, un orgullo mundial y un sabor, un estilo y un contenido aislado en su tiempo, pero permanente como el México de los siglos XIX y XX que enmarcaron su obra; y en ello radica su vigencia, su atracción, más ahora que es un vagabundo, un indigente de la falta de memoria oficialista actual.
Clara Brugada solamente se colocó muy lejos del arte, porque, pobre dama rica y exitosa en la política oficial, no es capaz de comprenderlo; refleja la casta divina del poder actual perfectamente, con ignorancia abundante, mala leche y bajezas en sus obras: quizá estampen un ajolote en la fachada y la pinten de morado. La grandeza no se le da, como a otros presidentes del pasado, a esta camarilla en el poder.
Pero Ramón López Velarde seguirá siendo poeta y los verá pasar como el sol y la luna, el viento y las nubes, la oscuridad y la luz.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.








