Segunda Parte
Por Manuel Gutiérrez
Regreso con el exorcista Amorth, el Diablo es orgullo y resentimiento. El orgullo no puede reírse de sí mismo, porque es humildad. El Diablo nunca dice «¡qué tonto fui!», solamente acusa, puede hacer burla cruel, risa sádica. Pero no encontrar la risa ligera, la gratuita, de la que habla Kundera, porque no soporta la levedad.
Fue circunstancial relacionar al Padre Amorth con Milan Kundera. Amorth expuso en sus libros que cuando los exorcistas reían (no del poseído, sino entre ellos, en paz), el demonio se enfurecía más que con los insultos. La alegría lo desubica.
La paradoja tiene conexión porque en el kitsch del comunismo no se puede reír. El desfile estalinista o de cualquier dictadura no admite un chiste. El dictador y el Diablo necesitan la solemnidad total; un chiste rompe el hechizo. Donde no se puede bromear, ahí está el infierno.
El kitsch es finalmente una mentira estética que busca la emoción. Sin embargo, Kundera era… ateo. No del tipo militante que lo combate, que quiere obligar a negarlo. Es simplemente dejarlo fuera, como si no existiera en el universo, pero forma parte de su obra, y en cierta forma está incluido.
Contradictorio, pero es Kundera. El razonamiento es: si Dios no existe, todo está permitido, todo está perdonado. Sin juicio final, no hay peso, nadie te juzga en tu totalidad, en su amor, tu forma de vida, tu cobardía, tus faltas; nada pesa. Dios es el autor de ese peso que finalmente gravita.
(Me recordó La gravedad y la gracia, de Simone Weil).
Para Milan, el mundo sin Dios es el mundo de la novela, que nace cuando Dios se va. Aquí se vuelve cervantino totalmente. Don Quijote cabalga porque ya no hay verdad revelada, porque en la ficción se busca un destino tal vez divino.
La novela es el arte ambiguo del mundo sin Dios. Pero una frase suya revuelve conceptos: «Dios nos miraba (antes); ahora solo nos mira el Estado y los vecinos, lo cual es mucho peor».
Según los analistas de las formas, Kundera nunca será un místico, porque de cierta forma todos nos asomamos a ese pozo con espejo de agua o miramos al cielo, pero unos mucho, otros de lejos.
El checo supone que la trascendencia es estética: un gesto bonito (que exalte la virtud) y, si puede ser, una frase bien compuesta, una fidelidad como en su obra La insoportable levedad del ser, explicado sobre el cariño fiel para el perro Karenin. Sin embargo, es en ocasiones un gesto corto, pero trascendental, el que hace que se pueda salvar alguien, por la entrega, la generosidad o un ignoto impulso del bien.
Pero esa nota es mía, no de Kundera, pero está implícita. Él descubrió la trascendencia, pero no profundizó en que puede un gesto cambiar una vida en un instante.
Sin embargo, un enfoque novedoso sobre su obra es la relación que se hace con el texto español magistral de Miguel de Cervantes, en lo que observó y plasmó en su obra El arte de la novela, un manual kunderiano para escribir; pero ese signo novedoso parte del genio de Cervantes, aunque muchos no lo han descubierto o quieran debatirlo.
Kundera ante la humanidad: fue humano, no fue antisemita y sí anticomunista.
Para él, el kitsch del comunismo hace un pogromo no dicho de esa manera en 1948. El comunismo se declara antirracista, pero en esos años, igual en otros países de la Unión Soviética, hubo antisemitismo.
Para Kundera, lo vivió en el proceso de 1952 en contra de Slánský —otro Dreyfus, si se vale la acotación por ser judío—. En ese proceso se condena a muerte, de 14 acusados, a 11; la causa fue por ser judíos, dado que se les acusó del crimen de «conspiración sionista» por el tribunal del pueblo, de la causa del progresismo.
Kundera dedujo que, aparte del kitsch, el régimen marxista requiere siempre tener un enemigo para mantener la unidad, para defender al movimiento, para afianzar la unidad. Si no son «burgueses», son «sionistas», y si no, son «derechistas».
En 1983 escribe un ensayo, y sus ensayos son palabras mayores: La tragedia de Europa Central, creado en 1983. Dice que lo que define a Europa es que es judía. Hay ciudades de Europa que no se entienden sin la presencia judía: Freud en Viena, Kafka en Praga, Mahler en Alemania o Husserl; pero no solo son los pensadores influyentes, es la gente común.
Incluso la misma España no se entiende en su Medioevo, en Toledo, sin la judería. Y los judíos, como lo dice Shylock en El mercader de Venecia, sangran igual que el resto de los mortales, sienten hambre, sienten miedo. Pero también como Shylock hay los que se empecinan en seguir el mismo error del mundo, de cobrar una libra de carne viva, con todo y sangre… obra de Shakespeare.
Primero, Kundera vivió cómo el nazismo quiere eliminar físicamente a los judíos de Europa Central; pero luego el comunismo, creado por ellos mismos en sus teorías y en su aplicación revolucionaria entre Marx y Lenin, pretende también exterminarlos, pero añadiendo ser borrados de la memoria cultural: entra la maquinaria del Olvido como política, otro fundamento de Kundera.
El comunismo convierte a Praga en una ciudad sin cafés, sin judíos, sin cultura valiosa y difundida, porque se convierte en una cultura oficial, en un arte oficial, en un programa oficial.
A cambio quiso llenar a Praga de desfiles, de estandartes, de consignas. Toda la huella de este fenómeno descrito por Hannah Arendt, Ayn Rand y Simone Weil convierte las ciudades en una huella monolítica, pero inhumana; si eres observador, la descubres desde Berlín, Budapest y Praga.
Kundera define el antijudaísmo europeo como una automutilación, al margen de la consigna que lo justifique. La lucha de clases no alcanza, ni la pureza racial, pero es la lucha del Estado contra una presencia real e histórica; incluso puede ser motor de la invasión a Ucrania actual.
Para Kundera, lo peor de este mecanismo es la etiqueta, que borra a la persona para señalarla. Esto es algo que ninguna sociedad puede permitirse. Cuando el Estado te clasifica, te anula; sea lista o no lista, el efecto es ese.
SOLO SE VIVE UNA VEZ
Kundera supo de Solo se vive dos veces de James Bond, pero definió que la vida es un borrador que se va escribiendo, sin comparaciones, sin ensayos. La vida es una vez, por eso es leve y en ocasiones cómica. Como una partitura musical que se va llenando sobre la marcha. La vida te va enseñando, si aprendes.
Kundera pudo ser un escritor aclamado por el mundo comunista, pero se negó toda su vida a firmar manifiestos o a simular que no sabía de los Gulags y otros horrores.
Pero Kundera se defendió de los sistemas que exigen fe, fueran religiosos o políticos. A los 17 años era un poeta; en 1953 escribió El hombre es mi jardín; en el 57, El último mayo, sobre Julius Fučík; en el 67 aparece su primera obra mayor, La broma.
Kundera creía en la esperanza comunista como el futuro. Incluso hace poemas estalinistas que después odió y prohibió. En 1950, a los 21 años, es expulsado del partido, lo que genera La broma. En una fiesta hizo una broma irónica sobre el partido, lo denunciaron, y lo demás lo narra en cómo destruyen a su personaje en La broma.
En 1956, con la muerte de Stalin y el revisionismo de sus crímenes decretado por Nikita Jrushchov, vuelve al partido. Ahora es profesor y ya tiene fama de escritor, pero en esos años apoya a Alexander Dubček y lucha en la Primavera de Praga, que termina a tiros y bajo las orugas de los tanques soviéticos en 1968, año de revoluciones de todos sabores. Muere el rostro humano del socialismo en Praga.
Kundera es señalado en las listas como enemigo del pueblo; lo expulsan por segunda vez, ahora para siempre.
Su caída: el partido pedía seriedad total, solemnidad como la del Diablo. Kundera veía todo, advertía el chiste, hacía reír; en el socialismo eso era traición.
El partido era un nuevo culto y todo lo hizo político. Kundera explicaba que el amor, que el perro, o el sexo, o una buena risa, valen más que una revolución.
Kundera no podía cantar la canción oficial del partido a toda hora. No era canto, era forma de vida. Kundera quiere algo diferente, aunque no afín. La síntesis de todo esto: el partido exigía creyentes; Kundera prefería escribir y ser novelista, y para escribir se vive de dudar, y el novelista regresa con Cervantes: es la gran duda, la gran búsqueda, la gran salida última de Don Quijote.
La mentira es la manera de sojuzgar que tiene un sistema. Por ello existen las mañaneras, los discursos de Fidel, las concentraciones de Múnich; si dices que algo es falso, tú eres el malo, has roto el kitsch, la trampa de apariencia de una mentira para un sistema de sojuzgamiento.
Es curioso, pero estos dos artículos, por pura suerte, encontraron similitudes entre un exorcista real, famoso, el Padre Amorth, y la lucha contra la manifestación demoníaca. De alguna manera, el gnóstico checo termina tácitamente admitiendo en su obra y en su análisis que el tal Dios existe, como existe de la alegría una forma real, como la tristeza.
Esta la prefiere el demonio en el mundo moderno porque abre puertas falsas, huidas totales, dispersión, disipación en el ruido, el engaño, en el mundo de la imagen o de la mentira en todas sus formas. El Diablo hace kitsch y te vende el paraíso que tú quieres.
Pero Kundera vuelve a enseñar a pensar, a buscar la pesadez de la realidad, y Dios es pesado, como parte de la realidad.
No era su finalidad hacer conversión, pero la apertura creada es similar a la que abre el Quijote: sin ser un libro religioso, es al final un encuentro con los valores de la caballería, del mundo medieval, de un mundo superior que encuentra en un flácido loco, un gordo pragmático, un Rocinante, un burro, la misma búsqueda de Kundera: el ideal.
Luego de La broma de 1967 y El libro de los amores ridículos en 1968 (libro de cuentos), viene una esencial: La vida está en otra parte, obra mayor (en Hispanoamérica tenemos a
Mario Vargas Llosa con El paraíso en la otra esquina, diferentes, pero en la idea de fondo, iguales).
En 1972 hace comedia negra, La despedida, y hay que recordar que en Praga se vive en grande la comedia negra, de la deriva a la novela negra, de temas oscuros, de temas sombríos, no de colores africanos.
Vea teatro negro en Praga. Es kafkiano, kunderiano; era un contraste total, simbolista, con letreros en español, complejo, angustiante y embriagante tanto como el vino abundante (no de clase superior) que me dieron y una cena pantagruélica.
La compañía de teatro hacía de todo, hasta combates medievales; del escenario pasaban a servir, y un amigo doctor jesuita me dijo alguna vez: «No hay mujeres más bellas en Europa que las checas».
Era clérigo, pero tenía ojos y buen gusto. Mirarlas de cerca en un lugar repleto de velas, oscuro, cálido, intemporal, alucinante; por eso comprendo Praga como un cosmos: quitarle algo se nota.
En 1979 viene otra obra clave: El libro de la risa y del olvido; antes, en 1976, El vals de la despedida; en el 81, La ignorancia (no, perdón, esa es tardía).
En su ciclo francés, radicado en Francia, escribe: en 1984, la obra inmortal y más famosa, La insoportable levedad del ser; nadie puede pasarla ni decirse completo sin leerla.
Ya en francés: 1990, La inmortalidad; en el 2000, La ignorancia, sobre el regreso a Chequia, ya libre, europea y democrática; 2014, La fiesta de la insignificancia, su última novela.
Tuvo tres ensayos: 1986, El arte de la novela, tal vez el más importante; en 1993, Los testamentos traicionados, y en 2005, El telón. Creo que lo comprendo; cuando lo descubres, es como una epifanía.
Algunos dicen que lo mejor es La levedad, con su filosofía; La broma explica la dictadura y el modo checo, y El arte de la novela, para comprender lo que quería hacer.
Les dejo esta frase: «Cuando el corazón habla, es de buena educación que la razón diga que está mintiendo». El corazón hace kitsch.
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