
Por Manuel Gutiérrez/ dedicado a Lola donde se encuentre
El lugar es en medio de desierto potosino, cercano a Real de 14. Soledad, piedras, polvo. Vegetación de tierra árida, pobre, filosa y desafiante, tristres mezquites y muchos arbustos hartos de espinas . Un pueblo pequeño, sin gracia, sin arquitectura, con lo viejo asimilado en lo rústico, en lo deteriorado, en el adobe del olvido.
Fin del destino, luego de mucha carretera: San Luis lejos de San Luis. Los viajeros buscaron a Don Venancio, a quién habían contactado por internet para reservarle los cuartos necesarios.
Una instalación vieja como todo en Wadley. Un pueblo que solo se inquieta al paso del tren, que trepida todo el pueblo, que cimbra todo el terreno, que rompe la monotonía y que aleja en forma lastimera, perdiéndose en el interior de la noche o el ardiente día siempre regresando y ausentado su presencia.
Colinas, cañadas pequeñas, hendiduras, subidas, valles largos extenso del desierto los esperaban.
El propósito del viaje era mágico. Buscar, recolectar(consumir) y traer peyote todo en el mismo lugar, un consumo con la búsqueda de una fantasía, de una sensación de la mucha habían oído hablar, pero nada mejor que probarlo por uno mismo.
Habría que ír a lo profundo del desierto, alcanzar las cimas romper la monotonía de yucas y nopales, de arenas, de vientos, de arbustos secos que ruedan sin sentido.
Así emprendieron el viaje, dejando a Wadley a lo lejos, como unas lejanas luciernagas que desaparecieron, al mismo tiempo que el calor que había reinado intensamente. Eran días de otoño, previo al invierno, pero en Wadley, eso esencontrar una noche fría a punto de hielo con un viento inexorable que cala y mete el frío hasta más álla de los huesos, el frío del desierto es implacable como su calor y hermano en lo extremo.
Las cantimploras fueron consumidas con urgencia, el sudor, el polvo y la fatiga fueron cediendo, en tanto las luces de los caminantes los llevaban ya bastante lejos en busca de las raíces antiguas y misteriosas…
Y la noche que comienza temprano en esos días, es más larga, con una luna poderosa que lo iluminaba todo como una luna de ambiente luminoso con ese tono plateado de una plena.
Silencio, y miles, miles de estrellas como pocas veces pueden verlas desde tu jaula urbana, en un cielo transparente, cristalino.
Instalaron casas de campaña. Pero el propósito ya con lámparas era explorar el terreno y buscar plantas de peyote. Poco a poco comenzaron a encontrarlas. Comenzaron a sumar hallazgos, a juntar el preciado pasaporte a la magia de los wixaricas antes les decíamos huicholes.
Alguien del grupo, con algo de aprensión, tuvo la ocurrencia de que el hallazgo no quedara en el campamento. Lo más lejos posible, en una bolsa lo depositaron. Algo intuyeron.
Un frío que crecía, a la par que menos sombras. Hicieron una fogata, una gran fogata. Su calor permitía la caricia del calor, en un frío desalmado. Pero luego causaba incomodidad, sensación desagradable. Entonces, los favorecidos de la fogata giraban para que la espalda congelada se calentara. Como si fueran pollos rostizados a vuelta y vuelta.
Llegó más tarde el momento cumbre de consumirlo. Lo mascaron sin preámbulos, sin discursos, sin invocaciones. Simplemente se acercaron a la magia, sin formalidades, siestá podía atenderlos. Y no falló las dimensiones se alteraron.
Algunos vieron aproximarse estrellas, caer el firmamento, otros comenzaron a ver conexiones geométricas intrincadas, como una estructura invisible que sostiene y comunica a todas las estrellas.
Lola vio ese mundo maravilloso. Luego, agotados, otros con vómito o sensaciones desagradables advertían que eran visitados por demonios, por entes negros de maldad ilimitada. Horrible. El viaje para unos interminable, para otros muy breve, terminó.
Pero había que dormir por fin. El viaje se iba y el sopor seguía.
Pasaron minutos, minutos, muchos minutos, tanto como los que importan cuando caes vencido. Y de pronto, ruidos, luces en la cara, ruidos de cerrojos que se cortaban. Eran los que decían ser ejidatarios, con armas largas, rifles R-15, fantásticos, extraños, en un ambiente tan primitivo Pistolasescuadras negras Colt negras y cromadas, 1911, con cachas de nacar, y dibujos alusivos, puro .45 o 38 Super y muchos cargadores.
Botas vaqueras, cinturones gruesos coronados por medallones más anchos todavía y gruesas chamarras con sombrero hasta media frente.
-Somos ejidatarios, que chingados hacen aquí en nuestra tierra- ¿Será que vinieron a buscar peyote?
La revisión no les tomó mucho tiempo. Un grupo inerme, inofensivo, y dócil. Sin más inspiración infernal, tomaron dinero, como pago del derecho de acampar. No encontraron peyote que negaban con fruición y no apareció.
Como llegaron se fueron. Gracias al Cielo, sin disparar a nadie, sin violentar a nadie, sin cogerse a nadie. Mucho riesgo, miedo que se acrecentó con la percepción de que cerca estuvieron de ver cielo sin peyote.
Nuevamente trataron de descansar, ya era mucho para un viaje mágico.

Acurrucados el fuego disminuía, los coyotes cantaban sus coros cercanos y a la distancia llegaba el lejano sonido del paso del tren que cimbraba sin duda a Wadley, arrullado en su vibración.
Otra vez, un círculo, y una camioneta de la que bajaron presurosos policías. Por lo menos eso dijeron, y nada más. –Vinieron a drogarse, entreguen al peyote, es delito arrancarlo, los vamos consignar- “Los consignaremos, revisen, debe estar por ahí” pero para su fortuna, no lo encontraron y la consigna se convirtió en báscula, para ver que pudiera ser de valor.
“No sabemos cómo es” dijeron con expresión angelical.Eran tan ingenuos, tan genuinos que nadie dudaría de que decían verdad.
La búsqueda no tuvo mucho problema. Torvos, tanto como los “ejidatarios” los hombres de la ley no encontraron nada. Pero sintieron que un poco de dinero, no vendría mal, por parte de ese grupo que no tenía el permiso de la “autorida” y que estaba haciendo algo raro, en medio del desierto a media noche.
Un reloj más atractivo cambió de muñeca, otro reloj se fugó. Celulares inservibles sin señal, también fueron donados a la vigilancia de las fuerzas policiales de sabe dónde, que madrugaron en su celo por la ley y el orden, hasta que olvidado cerro llegaba el celo de la justicia.
“Nos vamos, no vuelvan o mañana si nos los cargamos, cabrones” fue la advertencia final en un tono que quizá era lo más amistoso que podían aparentarlo.
Perplejos, asustados, crudos de la velada mágica, sin recursos, sin madera, con un fuego extinto y un frío reinantesin complejos, la noche siguió pero nadie pudo dormir ya.
Alguien creyó oír muy próximo un “siseo” un canto de cascabel. -Muévanse despacio, busquen con cuidado, puede estar cerca-. Pero nadie vió la peligrosa y ondulante vecina del desierto.
¡Chaz, este es un alacranzote, aguas, aguas….! Fue otro de los hallazgos de la noche del desierto el insecto arácnido huyó presuroso antes de tener un aplastante final, aunque le tenían más miedo que él a los humanos.
Que lentamente moría la noche, entre jirones de nubes altas, y un sol poderoso que asomaba, lo comenzaba a iluminar todo, luego pasaría a atormentar sin piedad como un día más, igual al de hace siglos.
Decidieron regresar antes que los sicarios, -perdón ejidatarios- pensaran en alguna otra insana masacre. O los policías, encontraran otra causa de delito, la ley no descansa.
El regreso fue como no se esperaba. A excepción de unos tenis de menos, porque eran Convers, nuevos y le gustaron a un muchacho policía, que procedió a llevarlos al forense para su análisis científico, en tanto –“Prestálos, a mi hijo…le quedan muy bien” –dijo con alborozo el investigador del crimen de la brigada científica rural que quedaba listo para dominguear.
Los cardos, espinos, y las piedras pasaron su cuenta de ampollas, escoriaciones y cortadas a los pies desnudos de que fueron propietarios de tenis fabulosos. Aún con botas, las ampollas aparecieron.
El regreso, fue sufrido, lento, desvelado, con toses más frecuentes, roncas y profundas por la enfriada y la sensación de resequedad, de calor interno, de falta de agua, de mucha agua…
Pero el regreso tenía una bolsa de tesoro. Una bolsa con peyote, con plantas jóvenes para trasplantarse a macetas, para consumirse, bolitas de magia.
Por fin, Wadley, con sonidos de hambre, de fatiga y otro tren escandaloso que con prisa se perdía en el desierto y sacudía las piedras y aplastaba monedas para recuerdo de la visita.
Luego de una fonda más de intención que de nombre, de un café más de calcetín que de otra cosa, pudieron regresar,luego de comer huevos fritos grasosos, milagrosamente encontrados en estos parajes.
Para usar los fondos que no llevaron al cerro, dado que no se vende el peyote, para seguir porque el deseo era pasar la navidad en el lugar, porque las puertas están abiertas, las posadas se hacen rezando y cantando, con velitas y por quéaunque no te conozcan te invitan a cenar lo que tengan, sin importar la prestancia de la casa, es la fecha y es la costumbre, como si fueras de la familia, es algo raro que rompe con lo que entendemos como navidad moderna, ahí es otra navidad como la de antes “Ora pro nobis” recitan y contestan “Pasen santos peregrinos” y cosas así.
Por fin encontraron al casero, absorto en la computadora platicando con unos franceses –no se sabe cómo dominan tantas lenguas pero siempre terminan en dinero – interesadosvenir al lugar. Terminó y cerró su Lap que abismo de modernidad en ese entorno.
Por fin miró a los viajeros, a los exiliados del paraíso mágico con ojeras y huellas de la magia.
Sudados, agotados, exhaustos, con débiles sonrisas y con unos pies para practicar primeros auxilios con la huella indubitable de la aventura. “En Wadley tenemos un depósito de agua, ahí se pueden bañar, tal vez nadar, a lo mejor les gusta…está fresca (Helada).
Los volvió a mirar, y con un tono de Antonio Aguilar hablando a los rancheros les dijo:
-Por cierto, jóvenes, miren si desean el peyote para que hagan infusiones, lo fumen o lo masquen, todo lo que quieran… De hecho aquí en el pueblo TODOS LO VENDEMOS, yo tengo mucho, no lo vendo caro, pregunten si quieren, no es necesario para eso ír a cerro porque es algo peligroso sobre todo de noche, pero sé que muchos les gusta dormir al aire libre, es bonito el desierto, los extranjeros les encanta el desierto”.
Cuenta el relato que volvieron otras veces, a Wadley, por rústico, original y barato, pero nunca más acamparon en el desierto, y menos de noche y Lola preparó medicamentos de peyote, tuvo un buen viaje al espacio sideral tocó las galaxias con la mano, y vió todo el universo perfectamente interconectado, pero tampoco aceptó volver a viajar a las estrellas, de esa forma, y eso que su viaje había sido mágico y bonito, así me lo relató.
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