Por Amaury Sánchez
En Jalisco, Acción Nacional se pasea por las redes como adolescente recién llegado al gimnasio: selfies con filtro, frases motivacionales y un lema nuevo: #NuevaActitud. Lo dicen como quien presume coche recién lavado… pero con el motor igualito de viejo. Porque si algo tiene el PAN en estos días es que quiere aparentar que ha cambiado sin mover un tornillo de su maquinaria política.
La foto es clara: Movimiento Ciudadano sigue administrando el estado con la naturalidad de quien se cree dueño del estadio; Morena juega de visitante pero mete goles nacionales; y el PAN… bueno, el PAN está en la banca, practicando poses para la cámara y gritando consignas desde la orilla.
Y ojo, no se trata de que no aparezcan. Ahí están: conferencias de prensa con Jorge Romero, reels donde se ven caminando por comunidades, hashtags llenos de promesas etéreas como “defender nuestros valores” o “no permitamos la reforma electoral comunista”. Y uno pensaría que tanta frase contundente viene acompañada de algo concreto: un plan municipal, un proyecto legislativo, una meta clara. Pero no. El menú es puro canapé: se ve bonito, pero no llena.
La ironía es que el PAN fue, en otros tiempos, el partido que hablaba de honestidad, de cercanía, de gobierno limpio. Hoy, en cambio, parece haberse mudado a un departamento chiquito en la colonia del “ya ni modo” y del “hay que aparentar que estamos vivos”. Porque, señores, una actitud no se estrena en redes sociales, se estrena en la calle, con resultados que la gente pueda palpar… o por lo menos verificar.
El mensaje contra “la reforma comunista” es un ejemplo de lo desconectados que están. La base dura aplaude, claro: se infla el pecho y se siente en batalla contra un fantasma rojo. Pero el ciudadano promedio, el que batalla para pagar la luz o para que no le roben el celular, escucha eso y piensa: “¿Y a mí qué?”. En política, como en la medicina, no sirve de nada recetar un remedio para un mal que el paciente ni siquiera siente que tiene.
Lo que está matando al PAN no es que lo ataquen sus rivales, sino que ha olvidado cómo defenderse con algo más que adjetivos. La gente ya no se traga los “no permitamos” ni los “vamos a defender” si no van acompañados de un “esto ya hicimos” o “este es el resultado de nuestra gestión”. Y mientras MC inaugura parques y Morena reparte programas, el PAN postea fotos de sus regidores en reuniones y cree que eso basta.
A nivel nacional, la jugada de cambiar a Marko Cortés por Jorge Romero es como cambiarle el conductor a un tren que va directo al barranco… sin frenar. No es que Romero no tenga capacidades; es que la vía ya está trazada y las estaciones están vacías. La percepción pública de continuidad es tan fuerte que ni el hashtag más moderno puede taparla.
Y aquí viene la comparación incómoda: el PRD y el PRI ya vivieron esta película. Primero la pérdida de base social, luego la desconexión con las causas ciudadanas, después la dependencia de alianzas para sobrevivir, y finalmente el rincón en la boleta donde pocos los marcan. El PAN todavía tiene registro, dinero y militancia para resistir un rato más. Pero si sigue con esta “nueva actitud” de vieja política, su futuro no es de grandeza recuperada, sino de membresía en ese club de partidos que sobreviven de nostalgia.
La receta para evitarlo no es secreta:
Menos selfie, más calle.
Menos discursos de miedo, más propuestas medibles.
Menos fotos con jóvenes y más empleos para jóvenes.
Menos guerra a reformas que pocos entienden, más guerra a la inseguridad que todos padecen.
Y sobre todo, menos maquillar la fachada y más arreglar el sótano.
Porque en política, como en la vida, uno puede engañar al espejo… pero no a los vecinos. Y los vecinos —llámese votantes— ya se dieron cuenta que debajo de la “nueva actitud” del PAN sigue el mismo libreto de siempre. Un libreto que, por cierto, ya vieron, ya leyeron y ya no les interesa volver a pagar por ver.
Así que si el PAN quiere recuperar algo de lo que fue, tendrá que bajarse del escenario virtual y ponerse a trabajar donde la política de verdad cuenta: en el barrio, en la colonia, en la comunidad. Porque si siguen creyendo que el futuro se gana a fuerza de hashtags, la historia no los recordará como el partido de la alternancia… sino como el partido que se tomó la última selfie antes de quedar irrelevante.
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