Por Laura Gutiérrez Franco
Las imágenes que año con año saturan las crónicas de sociedad en revistas como Quién, ¡Hola! o Forbes, y las tendencias en redes sociales no son solo una exhibición de etiqueta, gastronomía de alta gama y apellidos de renombre. Las graduaciones de colegios emblemáticos como el Irlandés, el Cumbres o el Bosques, y de universidades como la Anáhuac, la Ibero, el Tecnológico de Monterrey, la Panamericana, el ITESO o la Universidad Autónoma de Guadalajara, constituyen una radiografía sociológica del recambio en las cúpulas del poder económico nacional.
Detrás del festejo hay una realidad estructural evidente, sazonada con un espectáculo de distinción donde el glamour y el poder van de la mano. Los descendientes de las grandes familias empresarias de México no ingresan a las aulas universitarias a “matarse” por conseguir una carta de recomendación o a formarse en la fila de los reclutadores. Mientras la clase trabajadora ve la educación superior como la vía indispensable para acceder a un puesto remunerado, para los herederos del capital la universidad cumple una función radicalmente distinta: ellos no estudian para buscar empleo, estudian para asumir la titularidad del mando, ejercer como patrones y garantizar la continuidad del patrimonio familiar.
El aula como “Tinder” corporativo y mesa de negociaciones
Entender la trayectoria académica de las élites exige descifrar sus verdaderas prioridades estratégicas, las cuales raras veces se quedan en los libros de texto. En primer lugar destaca la construcción del capital social y el romance de clase. Quienes comparten la banca universitaria no solo terminan siendo amigos de fiesta: son los futuros socios comerciales, los coinversionistas en desarrollos inmobiliarios y, con frecuencia, los cónyuges de por vida.
Las aulas de la Ibero, la Anáhuac o el Tec operan como un “Tinder corporativo” de la alta sociedad. Las grandes alianzas matrimoniales del empresariado mexicano suelen tejerse entre pasillos universitarios, donde el romance y la consolidación patrimonial se fusionan a la perfección. Es el caso emblemático de Carlos Slim Domit —quien tras su paso por la Anáhuac en la carrera de Administración terminó sellando su alianza con María Elena Torruco en una boda donde lució un vestido firmado por Oscar de la Renta— o el matrimonio entre Johanna Slim Domit y Arturo Elías Ayub, consolidando uno de los binomios empresariales más mediáticos del país. La tradición continúa con la tercera generación, donde los cruces entre el entorno académico y los eventos de gala reúnen a clanes como los Hajj Slim, los Baillères o los Servitje.
En segundo lugar está la preparación para la gobernanza corporativa. El heredero estudia para comprender la arquitectura financiera, interpretar auditorías y manejar esquemas de Family Office. Necesita el título —acompañado del infaltable posgrado en Boston, Londres o Stanford— no para pedir trabajo, sino para validar su autoridad ante inversionistas que exigen algo más que el mero apellido.
Y, por supuesto, está el emprendimiento de alto impacto. Cuando los graduados deciden asociarse entre compañeros de banca, no es para enviar currículums a plataformas de empleo, sino para lanzar fintechs, marcas de lujo o fondos de capital privado impulsados por sus propios padres o por las redes de Family Office familiares.
Diseñadores, alta relojería y banquetes de miles de dólares
En este ecosistema, las carreras elegidas no responden al azar: Administración, Finanzas, Economía, Derecho Corporativo y Desarrollo Inmobiliario dominan la lista. Pero donde el fenómeno alcanza su esplendor mediático es en los ritos de paso. Las graduaciones son verdaderos despliegues de estatus y poder.
En la pista y los salones VIP no hay prendas improvisadas. Ellas lucen vestidos de alta costura firmados por Carolina Herrera, Oscar de la Renta, Elie Saab o diseñadores mexicanos como Benito Santos, acompañados por joyería de Cartier (la infaltable pulsera Love) y clutches de Bottega Veneta. Ellos visten cortes a la medida (bespoke) de casas como Ermenegildo Zegna o Tom Ford, luciendo en la muñeca el tradicional regalo de graduación familiar: un Rolex Submariner, un Audemars Piguet Royal Oak o un Patek Philippe que simboliza su ingreso oficial al ecosistema adulto de las grandes ligas.
En banquetes firmados por las banqueteras más exclusivas del país, las botellas de champán Dom Pérignon o vinos de cosechas de autor corren en mesas donde una sola cuenta puede superar el sueldo anual de un profesionista promedio. Mientras en la pista los jóvenes celebran el fin de los exámenes entre DJs internacionales, en los reservados adyacentes los padres y tíos aprovechan para amarrar la compra de un terreno en la Riviera Maya, afianzar un fideicomiso inmobiliario en Zapopan o apalancar la fusión de dos firmas.
A través de estos festejos se confirma cómo la educación privada de alto costo en México no opera como un elevador social tradicional, sino como el gran catalizador que prepara a las nuevas generaciones para tomar las riendas del país. Un entorno donde se estudia para mandar, se viste con firmas internacionales, se festeja con las etiquetas más exclusivas y se sale de la carrera con el título en una mano, la dirección de la empresa en la otra y el socio —o la pareja— firmado para toda la vida.
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