Por Laura Gutiérrez Franco
En la alta esfera de los negocios en México existe una máxima no escrita: las convicciones ideológicas van y vienen con cada sexenio, pero las relaciones institucionales se cultivan siempre con el mismo esmero, sin importar las siglas que ocupen Palacio Nacional.
Un ejemplo representativo de esta pragmática visión es la trayectoria de Juan Domingo Beckmann Legorreta, continuador del legado empresarial que su padre, Juan Francisco Beckmann Vidal, consolidó en Casa Cuervo. Tras décadas de escalafón corporativo hasta convertirse en CEO y proyectar la emblemática marca tequilera a escala global, el grupo ha mantenido un perfil caracterizado por la defensa puntual de sus intereses comerciales; una postura que quedó clara cuando la firma no dudó en levantar la voz e interponer denuncias ante los cobros prediales fijados en su momento por la administración del exalcalde de Tequila, Diego Rivera.
Sin embargo, el alcance de la actividad empresarial de los grandes capitales suele ir más allá de sus giros tradicionales. Durante la administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador, concretamente el 17 de julio de 2020, se formalizó con domicilio en la Ciudad de México la constitución de la firma JDBL y Compañía, S.A. de C.V., registrada por un plazo de 99 años.
En esta sociedad, Juan Domingo Beckmann Legorreta posee la titularidad del paquete accionario mayoritario —con 99 mil 999 acciones que le otorgan el mando absoluto como la figura que manda en la firma—, mientras que la participación minoritaria, con una sola acción, corresponde a su socio Mauricio Garduño González Elizondo, un perfil enfocado en tecnología e inversiones con trayectoria en firmas como SixSigma Networks.
Lo verdaderamente llamativo es el objeto social registrado en las actas constitutivas de esta nueva compañía: la firma no se dedica a la elaboración de bebidas ni al comercio tradicional, sino que está expresamente autorizada para realizar todo tipo de inversiones en la administración, gestión y construcción de puertos y su infraestructura, así como en el suministro de combustibles y lubricantes marítimos (actividad conocida en el sector como bunkering).
Aunque formalmente opera como un vehículo de inversión corporativo de alto nivel —por lo que no requiere de una abultada nómina ni genera empleos masivos como los que crea una planta tequilera—, el sector hacia el que enfoca sus estatutos es de altísima regulación federal e insustituible peso logístico.
En este marco de incursiones en nuevos rubros, llamó la atención la reciente coincidencia de ambos inversionistas en una cena privada en un reconocido y exclusivo restaurante de la colonia Condesa con Andrés López Beltrán, “Andy”. Un encuentro reservado que bien podría ser malinterpretado o generar profundas suspicacias en los Estados Unidos, donde la trayectoria de la diplomacia informal de ciertos personajes no pasa desapercibida, especialmente considerando que “Andy” no cuenta con visa para ingresar a dicho país.
El velo sobre lo acordado en esa sobremesa —que apuntaba a ser un estricto secreto empresarial— terminó por romperse de la forma más insospechada: por las filtraciones del personal de servicio y meseros que atienden directamente las órdenes e instrucciones que emanan de Palacio Nacional. Entre copa y copa de un tequila exclusivo cotizado en unos 14 mil pesos —gentileza que por supuesto no salió del bolsillo del invitado, quien parece habituado a que todo le resulte gratuito por derecho de cuna—, el alcohol relajó la discreción y salieron a la luz las pláticas más íntimas e inconfesables del proyecto, ésas que jamás se pronuncian ante las cámaras ni en los discursos públicos.
Esta capacidad para abrir rutas en sectores donde la regulación aduanera y portuaria lo es todo sugiere que, más allá del tequila y los agaves, siempre hay espacio para diversificar el portafolio en el momento justo. Cuando la experiencia en cabildeo se combina con la oportunidad de alinearse a los tiempos políticos, las mesas reservadas en La Condesa suelen convertirse en el escenario ideal para que los grandes proyectos encuentren su cauce sin hacer demasiado ruido.
A final de cuentas, la diplomacia corporativa en el país no es un arte nuevo. A lo largo de los sexenios —ya fuera con el PRI, el PAN o bajo el cobijo de la nueva transformación—, los hombres de negocios han sabido adaptarse al color en turno, demostrando que mientras en el debate público se discute la austeridad, en las actas notariales y en las cenas privadas se construyen las alianzas que verdaderamente perduran.
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