La opinión de Laura Gutiérrez Franco
En la narrativa de este gobierno populista, la ciencia, la lógica y la comprensión lectora son, claramente, conceptos sobrevalorados. Así lo vino a ratificar la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con los resultados de la prueba PISA —esa evaluación internacional que se aplica cada tres años a estudiantes de 15 años para medir qué tan preparados están para el mundo real, aunque aquí la propaganda oficial prefiera la fantasía.
La prueba, cuyos últimos resultados validaron el severo retroceso acumulado en el sistema público, dejó a México en la penumbra educativa. De los 81 países evaluados, nuestra nación se ubicó en el lugar 51 en matemáticas, el 51 en lectura y el 53 en ciencia, quedando muy por debajo del promedio de la OCDE y registrando su peor caída en dos décadas. Para ponerlo en perspectiva con nuestro propio pasado: caímos estrepitosamente en comparación con la evaluación previa, donde al menos se mantenía la ilusión de la mediocridad; hoy retrocedimos a niveles no vistos desde el año 2002 en habilidades numéricas. Dos décadas de “avance” borradas de un plumazo.
Pero no nos confundamos: estar en el sótano del aprendizaje no es un fracaso, es una estrategia. ¿Para qué quiere un adolescente entender un problema algebraico o interpretar un texto complejo si puede memorizar consignas? La educación pública está mal no por falta de presupuesto, sino porque se decidió sustituir la calidad pedagógica por el adoctrinamiento de asamblea, la improvisación en los libros de texto gratuitos y la aberrante política de pasar a todo el mundo de año por decreto, no vaya a ser que el rigor traume a las futuras generaciones.
La verdadera joya de este modelo la inmortalizó aquel célebre ideólogo de la burocracia pedagógica, Marx Arriaga Navarro —extitular de Materiales Educativos de la SEP a quien terminaron haciendo a un lado cuando el desastre fue demasiado evidente—, cuando proclamó sin la menor vergüenza que enseñar matemáticas, lectura o formar en competencias para el mercado laboral era una perversión neoliberal diseñada únicamente para “crear obreros para la industria” y “capitalistas funcionales”. Bajo esa brillante lógica, saber leer bien o multiplicar es un acto de sumisión al imperio; mientras que la ignorancia analítica es, por lo visto, el verdadero camino hacia la emancipación social.
El problema de declarar la guerra a las matemáticas y a la comprensión lectora es que la realidad no se evaporó por decreto. Mientras en los discursos oficiales se sataniza el mérito académico, las empresas que buscan instalarse en el país mediante el nearshoring se topan con una pared infranqueable: una fuerza laboral joven que difícilmente puede interpretar un manual técnico o realizar cálculos básicos de taller. La retórica de Arriaga prometió liberar a los jóvenes del “yugo empresarial”, pero en la práctica los condenó a la trampa de la baja productividad, los sueldos de miseria y la dependencia absoluta de las transferencias gubernamentales.
Al final del día, el daño provocado a toda una generación no lo pagarán los burócratas que diseñaron esta catástrofe desde sus despachos con clima artificial. Lo pagarán los millones de jóvenes que saldrán a un mercado global altamente exigente armados únicamente con folletos ideológicos y sin las herramientas mínimas para pensar por sí mismos. Los resultados de la prueba PISA no son una casualidad, son el éxito rotundo de un plan deliberado: entre menos entienda el ciudadano lo que lee y menos sepa calcular sus propias cuentas, más fácil resulta venderle que la mediocridad educativa es una victoria soberana.
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